
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Resulta casi jocoso escuchar a las personas clasificar los sectores como “buenos” o “malos”, como si las calles tuvieran moral y las casas conciencia. Pero ¿qué es, en realidad, un barrio malo?
Los barrios no nacen malos. No traen la maldad en el cemento ni en los callejones. Malo no es el lugar; malas son las acciones que allí se repiten, las decisiones que se normalizan, las ausencias que el sistema deja pudrir.
Un barrio se va deteriorando cuando la pobreza deja de ser circunstancial y se convierte en herencia; cuando la violencia se vuelve rutina y el abandono del Estado se disfraza de costumbre. Es ahí donde algunos lo llaman “malo”, no porque lo sea, sino porque refleja lo que nadie quiso corregir.
En esos barrios también hay madres que madrugan, jóvenes que sueñan, ancianos que resisten y niños que aún creen. Pero el ruido de la delincuencia suele opacar las historias dignas, y entonces se juzga al todo por las acciones de unos pocos.
Llamar “barrio malo” a un sector es más cómodo que admitir la responsabilidad colectiva. Es más fácil señalar que invertir, estigmatizar que educar, condenar que rescatar.
Un barrio no es malo; malo es el abandono, mala es la indiferencia y miserable es permitir que la pobreza consuma lo que aún puede salvarse.
Yo no escribo para suavizar verdades. Escribo para incomodar, para despertar, para recordar que donde muchos ven ruinas, aún hay humanidad luchando por no desaparecer.







