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Por Eduardo Cornejo De Acosta
Crucial momento el que vive la política norteamericana. Es que vive un momento donde impera una casta de dirigentes y autoridades muy devaluados. La forma en que se maneja Donald Trump es la muestra más escandalosa, pero esa mediocridad se da a todo nivel.
Ya en su momento, poco antes de morir, Henry Kissinger, personaje siniestro, pero muy inteligente, se quejaba de ello.
Ronald Reagan, por ejemplo, se jactaba de su desapego por las lecturas, por los libros.
Con Trump ocurre que su estridencia crea muchos conflictos, incluso con socios y aliados nacionales e internacionales.
Su falta de buenos modales, el alarde que hace de ello, como atropella a todo el que se le cruce, resulta insoportable.
Su desconsideración es irritante.
Sus ínfulas de todopoderoso causan rechazo.
Pero eso en política, como en el plano personal, eso termina pagándose, a veces en donde menos se piensa.
Su tan cacareado resucitación de la Doctrina Monroe, o Donroe, como la llaman sus aduladores, no es infalible.
Eso de que “América para los americanos”, o sea ellos, no es así.
Esa visión, en la que intentan sumar a Groenlandia también, parece que se le estaría empañando.
El desdén, la humillación a representantes de Estados, de otros países, se termina pagando.
Hace unos días, durante un paseo en una planta automotriz, donde un trabajador le recordó sus vínculos con la pedofilia, Donald Trump manifestó su desdén hacia el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), afirmando que su país no necesita el acuerdo, al que calificó de «irrelevante».
Sostuvo que dicho pacto comercial carece de una «ventaja real» para la economía estadounidense, enfatizó que, a diferencia de Estados Unidos, Canadá sí desea y necesita mantener vigente este acuerdo en vigor desde el 1 de julio de 2020.
«El problema es que no necesitamos su producto”, dijo.
Previamente, Trump alardeaba que anexaría a su vecino del norte como otro Estado de su país; los amedrentaba con nuevos y arbitrarios aranceles.
En medio de tanto barullo, el 16 de enero China y Canadá, cuyos mandatarios se habían reunido en Pekín, emitieron un comunicado conjunto en el que se comprometen a fortalecer los intercambios en todos los niveles y a avanzar en resultados concretos en diversas áreas.
Resaltan el compromiso macroeconómico, el revitalizar el Diálogo Estratégico Económico y Financiero de Alto Nivel China-Canadá, buscando reforzar las relaciones económicas.
Se firmó una Hoja de Ruta de Cooperación Económica y Comercial China-Canadá, a fin de expandir el comercio bilateral y consolidar la inversión recíproca.
Ambos mandatarios acordaron apoyar los intercambios y la cooperación en energía limpia, así como estrechar la colaboración en fuentes convencionales, incluyendo la explotación de recursos de petróleo y gas.
En el ámbito financiero, China y Canadá dieron la bienvenida al establecimiento de un grupo de trabajo que busca intensificar el compromiso bilateral en este sector.
Ambos reafirmaron su compromiso con el multilateralismo, apoyando el papel central de la ONU en los asuntos internacionales, la protección y mejora del sistema multilateral de comercio basado en las normas de la OMC, así como el mantenimiento de la estabilidad y fluidez de las cadenas industriales y de suministro globales.
Lo más importante, y que alertó a varios personajes en Washington y alrededores, porque fue un hecho concreto con efectos inmediatos, Canadá decidió reducir los aranceles sobre hasta 49.000 vehículos eléctricos chinos del 100 % al 6,1 %
En esa línea, China reducirá sus impuestos a los productos agrícolas canadienses del 85 % al 15 %. Autoridades de la República Popular de China afirmaron que eso contribuirá a crear un entorno más justo, estable, con Ottawa.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, afirmó que el documento «no solo profundizará nuestros lazos bilaterales en beneficio de nuestros pueblos sino que también, a nuestro juicio, ayudará a mejorar el sistema multilateral, un sistema que en los últimos años ha estado bajo una gran presión».
Lo trascendente es que Carney, que llegó al cargo hace diez meses, busca recomponer las relaciones con China mientras busca estrechar lazos con países distintos de Estados Unidos debido a la creciente tensión con la Administración Trump en Washington.
«Estamos preparados para construir una nueva asociación que se apoye en lo mejor de nuestro pasado y responda a los retos de hoy. Duplicaremos el comercio con países distintos de Estados Unidos en los próximos diez años. Eso significa que somos conscientes de que el entorno económico mundial ha cambiado de forma profunda y que Canadá debe diversificar sus socios comerciales», resaltó la ministra de Exteriores de Canadá, Anita Anand.
La reacción en Washington no se hizo esperar,
Steve Bannon, ex-Asesor de Trump, declaró a DailyMail que “Canadá será la próxima Ucrania”.
Trump, que andaba concentrado en sus amenazas contra Groenlandia en Davos, también lanzó amenazas.
Pura arrogancia, bandolerismo político.
Con firmeza, el 21 de enero, en el Foro de Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, afirmó que «el orden internacional tal y como lo conocíamos ha muerto».
Cuestionó que Trump fuera imponiendo aranceles sin sentido, atacando a aliados históricos como Canadá, y tomando decisiones unilaterales que solo benefician a su ego. El mundo ha dicho basta, acotó.
Carney dijo que Canadá no va a quedarse de brazos cruzados. Habla de responder con fuerza, de proteger sus intereses nacionales, y de que otros países están tomando nota de lo que está pasando.
El líder canadiense afirma que Estados Unidos ya no es el líder indiscutible que era, que Trump ha acelerado su caída. Carney habla de «dura realidad» y del fin de una «agradable fricción».
En otras palabras: se acabó el juego diplomático suave. Ahora vienen las consecuencias reales de las políticas desastrosas de Trump. Y Canadá, junto a otros países, está preparado para defenderse.
Dijo que las potencias medias deben unirse para no quedar expuestas a medidas coercitivas de actores dominantes.
«Los grandes poderes han empezado a emplear la integración económica como un arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar» aseveró.
Insistió en que el multilateralismo y la cooperación internacional, respaldados por instituciones como Naciones Unidas, la Organización Mundial de Comercio y la Conferencia de Partes, han perdido fuerza, y que las potencias intermedias quizá deban acostumbrarse a actuar por su cuenta con mayor frecuencia.
En ese contexto, advirtió que «un país que no puede alimentarse, abastecerse ni defenderse tiene pocas opciones… Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte».
«Si no estás en la mesa, estás en el menú…
Las potencias intermedias deben unirse, porque si no estás en la mesa, estás en el menú», recalcó.
Carney también expresó su apoyo a Groenlandia y Dinamarca, asegurando que solo ellos tienen derecho a decidir el futuro de la isla.
Donald Trump no esperaba eso. Por eso la reacción agresiva de sus adláteres.
¿Quiere controlar Groenlandia pero se les cuela China en Canadá?
La presencia China, a quien sus tanques pensantes, la misma doctrina “Donroe”, ven como el enemigo, los perturba.
Claro, China no les instalará una base militar, pero en el terreno económico y diplomático lo afectará. Sobre todo, y eso es lo que más perturba a un hegemón, le hace ver que sus vecinos se pueden concretar acuerdos beneficiosos sin tener a Wahington como eje, que existe el margen para la independencia.
Y no son sólo palabras, como vimos líneas, ya hay acuerdos concretos.
Ya hay quienes hablan de una posible incursión militar estadounidense en suelo canadiense. Ya hablan de como Canadá debía enfrentar, asimétricamente, a su belicoso vecino.
Ojo, Canadá es miembros del G 7, es miembro de la OTAN, igual que Dinamarca.
Sin embargo, los trumpistas defienden que su líder imponga su visión del mundo, inclusive su Consejo de Paz, que pretende ir sustituyendo, poco a poco, a la agonizante ONU. Hablan de que urge un nuevo orden que el mandatario norteamericano pretende tutelar.
Otros hablan de que ya se consolida un mundo tripolar con China, Rusia y Estados Unidos como líderes. En el que cada uno tenga sus respectivas zonas de influencia sin que los otros interfieran.
Si esto es así, ¿cómo se entiende la situación con China en Canadá?
Estos tiempos convulsos no están para analizarlos con determinismos propios de la Guerra Fría.
Los países deben velar por sus intereses, algo que los líderes europeos no tuvieron en cuenta, ellos aceptaron pasivamente el papel de comparsas de Washington y hoy lo están pagando.






