
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Neo Carmona
Aquí no hay coincidencias, solo realidades
Como enano miserable no es un error del sistema: es su subproducto más tóxico. En esta condición se hizo a sí mismo con el entusiasmo con el que se cultiva cada día. Es un ser humano que hizo de la vileza un método y de la traición una carrera. Donde otros desarrollan carácter, él desarrolló mañas. Donde otros aprendieron límites, él aprendió atajos y ningún límite, nada de escrúpulos.
Su vida entera es una estafa emocional. Usa a su familia como escudo, coartada o chantaje, según convenga. Los exhibe cuando necesita legitimarse y los esconde cuando estorban. Para él, los vínculos no se honran: se rentabilizan. Así, un día te podría llevar a su finca con tu familia. Otro, te llevaría al cine con su esposa y juntos te darán una charla motivacional de los pros y contras de irte o no a vivir a NY. Y otro tanto, iría sin mayores sonrojos con una de sus hijas hasta tu barrio a buscar a tu hijo, casi para adopción. Recuerden que dije que no tiene límites en cuanto a perverso.
Patético hasta el tuétano, bajo de estatura física y microscópico de espíritu, este engendro moral carece de una sola convicción que no esté subordinada a su sed de poder. Su ética es desechable; su palabra, biodegradable. Cambia de principios como de camisa, con la diferencia de que la camisa se lava.
No tiene amigos. Nunca los tuvo. Ni uno solo que pueda llamarlo a medianoche sin pedir nada a cambio. No hay compañeros de infancia, ni recuerdos compartidos, ni risas genuinas. Su biografía está llena de nombres que ya no lo reconocen. La gente huye incluso de su pasado.
Proveniente de la pobreza rural extrema, jamás dignificó sus orígenes. Muy por el contrario, por humildes los reniega, los convirtió en excusa para ser prepotente. No superó la miseria: la refinó. En el lugar donde nació no dejó nostalgia, sino alivio cuando se fue. Y ninguna casa que visitar.
Es un impostor con complejo de redentor, un arribista que confunde traición con inteligencia política y conspiración con visión estratégica. Capaz de socavar a su propio líder, de atentar contra su integridad familiar, de cuestionar su carácter ante otros cuando no logra que este actúe en contra de su equipo y amigos. No le tiembla el pulso, ni la lengua, para enlodar a la familia de quien lo impulsó, de morder la mano que le dio de comer y lo acogió como gente y luego posar como si fuera un faro moral. El cinismo es su idioma materno.
Su odio es íntimo y constante. Acomplejado hasta lo patológico —incluso en lo más elemental de su hombría— detesta a cualquiera que no pueda controlar, manipular o empequeñecer. No tolera la grandeza ajena porque evidencia su pequeñez.
Cobarde estructural, jamás confronta. Opera en la sombra, susurra intrigas, fabrica rumores y luego se esconde detrás de discursos grandilocuentes. Se proclama valiente desde la retaguardia. Un pusilánime con megáfono.
Así es el miserable: un error humano con ambición desbordada, un vacío con cargo, un resentido con micrófono, condenado a la soledad incluso cuando manda. Nadie le respeta.
Porque el poder no lo engrandece.
Solo lo desnuda.
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