
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Santiago Paniagua/Redacción Q/I
Hay momentos en la historia política de una nación en los que el silencio se convierte en complicidad. El más reciente episodio protagonizado por Donald Trump —difundido a través de su propia red social— marca uno de esos puntos de quiebre moral que no pueden ser ignorados. La circulación de un video generado por inteligencia artificial en el que el matrimonio Barack Obama y Michelle Obama es representado como simios no es sátira política ni provocación inocente: es racismo explícito, deshumanización deliberada y propaganda de odio.
No se trata de un desliz aislado ni de un error de terceros. Se trata de una conducta reiterada, coherente con una trayectoria marcada por la burla, la humillación pública y el desprecio hacia comunidades enteras. Trump no solo ha sido señalado repetidamente por comentarios y actitudes racistas; ha hecho del agravio una herramienta política y del insulto un método de liderazgo.
La representación animalizada de dos figuras afroamericanas que encarnan uno de los capítulos más significativos de la historia democrática estadounidense no puede desligarse del legado histórico del racismo. Comparar a personas negras con simios ha sido, durante siglos, uno de los recursos más viles del supremacismo para justificar la esclavitud, la segregación y la violencia. Que este lenguaje reaparezca hoy, amplificado por tecnología y legitimado desde el poder político, es una señal alarmante de retroceso civilizatorio.
Pero el problema va más allá de este acto puntual. Trump ha sido visto, en múltiples ocasiones, burlándose de personas con discapacidades, imitando gestos físicos para provocar risas y aplausos. Ha ridiculizado adversarios políticos, periodistas, jueces y líderes internacionales, no desde el debate de ideas, sino desde la mímica ofensiva, la mentira sistemática y la humillación pública. Esa conducta no es fortaleza; es abuso. No es liderazgo; es autoritarismo emocional.
Para la comunidad latina, estas prácticas no son ajenas. El irrespeto, la estigmatización y el señalamiento constante hacia inmigrantes, líderes comunitarios y figuras políticas que no comparten su ideología han sido pilares de su discurso. Trump ha construido poder enfrentando, dividiendo y degradando, utilizando su plataforma para reforzar prejuicios y alimentar resentimientos.
Lo verdaderamente peligroso no es solo lo que dice o comparte, sino lo que normaliza. Cuando el racismo se convierte en contenido viral desde la cima del poder; cuando la burla a la discapacidad se transforma en espectáculo político; cuando la humillación del adversario sustituye al debate democrático, la democracia misma entra en zona de riesgo.
Este no es un llamado partidista. Es un llamado ético. Condenar estas acciones no es una cuestión de izquierda o derecha, sino de dignidad humana. El odio no puede seguir disfrazándose de estrategia política ni la crueldad de carisma. Estados Unidos —y las comunidades que lo conforman— merecen un liderazgo que eleve, no que degrade; que una, no que humille.
Callar ante el racismo es permitir que avance. Y frente a la deshumanización, la denuncia no es una opción: es una responsabilidad.
Opinion – Racism as a Spectacle of Power: Trump and the Normalization of Hate
Santiago Paniagua/Redaction QI
There are moments in a nation’s political history when silence becomes complicity. The most recent episode involving Donald Trump—circulated through his own social media platform—marks one of those moral breaking points that cannot be ignored. The dissemination of an AI-generated video portraying Barack Obama and Michelle Obama as apes is neither political satire nor harmless provocation: it is explicit racism, deliberate dehumanization, and hate propaganda.
This is not an isolated slip nor the work of anonymous supporters. It is a repeated behavior, consistent with a trajectory defined by mockery, public humiliation, and contempt for entire communities. Trump has not only been repeatedly called out for racist remarks and attitudes; he has made insult a political tool and grievance a method of leadership.
The animalization of two African American figures who represent one of the most significant chapters in U.S. democratic history cannot be separated from the historical legacy of racism. Comparing Black people to apes has, for centuries, been one of the most vile instruments of supremacist ideology used to justify slavery, segregation, and violence. That this imagery resurfaces today—amplified by technology and legitimized from positions of political power—is an alarming sign of civilizational regression.
But the problem extends beyond this single act. Trump has repeatedly been seen mocking people with disabilities, imitating physical gestures to provoke laughter and applause. He has ridiculed political opponents, journalists, judges, and international leaders—not through ideas or policy debate, but through offensive mimicry, systematic falsehoods, and public humiliation. That conduct is not strength; it is abuse. It is not leadership; it is emotional authoritarianism.
For the Latino community, these practices are nothing new. Disrespect, stigmatization, and constant targeting of immigrants, community leaders, and political figures who do not share his ideology have been pillars of his rhetoric. Trump has built power by confronting, dividing, and degrading—using his platform to reinforce prejudice and fuel resentment.
What is truly dangerous is not only what he says or shares, but what he normalizes. When racism becomes viral content from the highest levels of power; when mockery of disability turns into political spectacle; when humiliation of the opponent replaces democratic debate, democracy itself enters a danger zone.
This is not a partisan call. It is an ethical one. Condemning these actions is not a matter of left or right, but of human dignity. Hate cannot continue to be disguised as political strategy, nor cruelty as charisma. The United States—and the communities that make it up—deserve leadership that elevates rather than degrades; that unites rather than humiliates.






