
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
El ser humano vive con la falsa creencia de que las palabras se las lleva el viento. Las dice, las lanza, las dispara, y continúa su camino como si no dejaran rastro. Pero se equivoca.
Las palabras tienen memoria.
Se alojan en el corazón de quien las recibe. Se convierten en heridas cuando destruyen, en cicatrices cuando marcan y en fortalezas cuando construyen. No desaparecen, permanecen. Viven en el recuerdo, en la emoción y muchas veces, en el dolor.
Hay palabras que levantan a quien estaba en el suelo, pero también hay palabras que empujan a quien estaba de pie.
El problema es que muchos hablan desde el impulso y no desde la conciencia. Hablan desde el ego, desde la rabia, desde la envidia o desde la frustración, sin entender que cada palabra que pronuncian está definiendo quiénes son.
Porque la palabra no solo revela lo que se piensa, revela lo que se es.
Cuántas veces alguien ha intentado volver, pero sus propias palabras le cerraron el camino. Cuántas veces alguien ha querido reparar un daño, pero ya era tarde, porque lo dicho había echado raíces.
Las palabras no se pueden recoger. No se pueden borrar. No se pueden desmentir en el corazón de quien las sintió.
Por eso hay silencios que salvan relaciones, y palabras que las entierran.
Quien humilla con palabras, tarde o temprano será recordado por esa humillación. Quien destruye con palabras, vivirá con el peso de haberlo hecho. Y quien construye con ellas, tendrá el privilegio de vivir en la gratitud de otros.
La gente podrá olvidar lo que hiciste, pero jamás olvidará lo que le hiciste sentir.
Las palabras tienen memoria…
y usted tendrá que vivir en ella.







