
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Salir a la calle a pie en este país no es transitar: es sobrevivir.
El peatón no existe. No importa. No cuenta. Es un estorbo para una sociedad que decidió rendirse ante el desorden, la imprudencia y la indiferencia.
Las aceras, que deberían ser espacios sagrados para caminar, han sido secuestradas. Vehículos privados, motores, instituciones públicas y negocios formales e informales, las han convertido en parqueos, almacenes y extensiones de su comodidad. ¿Y el que anda a pie? Que se lance a la calle, que se arriesgue, que vea cómo resuelve.
Porque aquí la vida del peatón vale menos que la comodidad de un conductor.
Y mientras tanto, ¿dónde está la autoridad? A plena vista, pero ausente. Agentes llamados a organizar el tránsito que muchas veces prefieren la sombra antes que el deber, que observan el caos como si no les correspondiera intervenir. Una presencia que no protege, que no corrige, que no impone respeto.
Lo más indignante es que ni siquiera las instituciones públicas dan el ejemplo. Sus vehículos ocupan espacios peatonales sin pudor, dejando claro que la ley es solo un discurso, no una práctica.
Aquí no hay orden. No hay consecuencias. No hay voluntad.
El peatón no tiene derechos, porque quienes deben garantizarlos han decidido ignorarlos. Y cuando una sociedad normaliza que el más vulnerable tenga que arriesgar la vida para desplazarse, ya no estamos hablando de desorganización, estamos hablando de fracaso.
Un fracaso colectivo.
Porque el día que una vida se pierda y seguirá pasando no será un accidente. Será el resultado de la indiferencia, de la irresponsabilidad y de un sistema que hace tiempo dejó de cumplir su función.
Y entonces vendrán los lamentos, los discursos y las promesas, las mismas que nunca caminan por donde el a pie sí tiene que pasar.






