
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Todo sigue su curso, aunque muchos prefieran ignorarlo. Es una verdad simple, pero incómoda: el camino no deja de existir porque decidamos no transitarlo, ni los problemas desaparecen porque no nos afecten directamente. La realidad no se detiene a esperar conciencia; avanza, con o sin nosotros.
Vivimos en una sociedad donde, cada vez más, parece normal jugar con el riesgo. Como si la vida fuese reemplazable, como si existieran segundas oportunidades garantizadas para todo. Se construye donde no se debe, se frecuentan lugares peligrosos, se toman decisiones a sabiendas de sus consecuencias. Y aun así, se actúa con ligereza.
El tiempo, indiferente a nuestras decisiones, continúa su marcha. No se detiene ante la imprudencia ni concede pausas para corregir errores. Es el único juez silencioso que no negocia, que no advierte dos veces. Mientras tanto, el ser humano insiste en desafiar lo evidente, en ignorar las señales, en creer que el peligro siempre es para otros.
Decimos que el peligro está en todas partes, que nos acecha a diario. Lo repetimos con facilidad, casi como una excusa. Pero hay una contradicción profunda entre lo que sabemos y lo que hacemos. Si realmente somos conscientes de ese peligro, ¿por qué lo buscamos? ¿Por qué lo normalizamos? ¿Por qué lo convertimos en parte de nuestra rutina?
Tal vez la respuesta esté en una peligrosa combinación de costumbre, negligencia y una falsa sensación de control. Nos acostumbramos a ver el riesgo como algo cotidiano, lo minimizamos, lo ignoramos hasta que deja de ser una posibilidad y se convierte en consecuencia.
No se trata de vivir con miedo, sino con conciencia. De entender que cada decisión tiene un peso, que cada acción construye o destruye, que la vida contrario a lo que muchos parecen creer no es un ensayo.
Todo sigue su curso. La diferencia está en si decidimos avanzar con responsabilidad o convertirnos en víctimas de nuestra propia indiferencia.
Porque al final, la pregunta no es si el peligro existe.
La verdadera pregunta es: ¿por qué insistimos en ir a su encuentro?






