
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Iscánder Santana
Zürich, Suiza
Mientras Washington y Tel Aviv presumen de «derechos humanos», una guerra de agresión se extiende por el Medio Oriente bajo el manto de la moral pero dirigida por la geopolítica. Lo que comenzó como una retórica sobre la represión interna en Irán terminó convirtiéndose en una ofensiva militar coordinada que ha dejado miles de muertos, destrucción de infraestructura crítica y una escalada que nadie sabe dónde terminará.
Desde el principio se afirmó que la motivación principal era la brutalidad del gobierno iraní contra sus propios ciudadanos: detenciones masivas, juicios sumarísimos, censura digital y represión de protestas. Esa narrativa ayudó a situar a Irán como un «régimen cruel» y a ocultar, en el imaginario occidental, el hecho de que el verdadero motor de la guerra es estratégico: el programa nuclear, la red de alianzas regionales y el temor a un Estado que no se somete a la dictadura del dólar ni de la OTAN.
Pero si se habla de derechos humanos, no basta con mirar hacia el Este. En Estados Unidos, la represión estructural contra personas migrantes, la violencia policial sobre comunidades afrodescendientes y el hostigamiento permanente a la prensa independiente son realidades bien documentadas. Señalar eso no es negar la violencia interna en Irán ni defender su sistema político: es exigir coherencia. Una potencia que bombardea ciudades y destruye fábricas de agua potable no puede erigirse en juez global de la moralidad.
Lo que ocurre ahora es aún más revelador. Donald Trump, que oscila entre amenazas maximalistas y giros diplomáticos de última hora, lanzó ultimátums de tono apocalíptico para luego retroceder en varias ocasiones, alimentando la impresión de que su estilo es más de teatro que de estrategia sostenida. El apodo «TACO» —Trump Always Chickens Out— no es solo una broma: es la descripción más precisa de una política exterior que confunde la confrontación verbal con la determinación real.
En esa misma lógica se inscribe el reciente «acuerdo de tregua». EE. UU. e Irán fijan un alto el fuego de dos semanas y la reapertura del Estrecho de Ormuz, pero el plan de diez puntos iraní —que exige el fin de los ataques no solo sobre Irán, sino también sobre sus aliados, incluido el Líbano— permanece ignorado en la práctica. Mientras se suscribe un documento teórico, Israel continúa bombardeando el Líbano de forma casi diaria, expandiendo la ofensiva bajo Netanyahu sin que la Casa Blanca imponga sanciones ni plantee condicionantes sustantivos.
Eso deja claro que no se trata de una salida política, sino de una pausa táctica dentro de la misma estrategia de contención y disuasión por la violencia. Irán, en cambio, utiliza la tregua como plataforma diplomática: denuncia la violación del punto décimo del plan, reclama el cese de las hostilidades contra sus aliados y reafirma que la lucha es por la soberanía, no por la guerra santa.
En el fondo, la guerra contra Irán revela un patrón ya antiguo: la violación de los derechos humanos como coartada para disimular objetivos de poder, control energético y dominación geoestratégica. La diferencia hoy es que el mundo asiste a una guerra convencional contra un Estado con capacidad nuclear que ha desarrollado alianzas regionales propias, lo que reduce considerablemente la posibilidad de una victoria rápida para Washington e Israel.
Para el sur global, el caso iraní no es solo una cuestión de distancia, sino de ejemplo. Muestra qué puede ocurrirle a un país que intenta desarrollarse en sus propios términos, en articulación con China, Rusia y otros actores que no obedecen el guion de la hegemonía estadounidense. La respuesta, siempre en nombre de la «democracia» y de los «derechos humanos», es bombardeo, bloqueo y amenaza constante.
En República Dominicana, país que históricamente ha sufrido la coerción externa en carne propia, esa experiencia debería leerse con especial atención: no como curiosidad mediática, sino como advertencia sobre la lógica de la guerra preventiva, el uso de la moral como máscara del poder y la fragilidad de los acuerdos que se cobran siempre con la sangre de otros pueblos.







