
Las actuales autoridades se debaten entre los posicionamientos más inflexibles del ‘búnker’ y la necesidad de lograr un alivio en las sanciones estadounidenses
Aunque no son pocas las amenazas que tendrá que afrontar a medio plazo para garantizar la estabilidad en el orden doméstico y a pesar del castigo militar y en infraestructuras sufrido durante los dos meses de contienda, el régimen iraní acaricia la victoria, la de su supervivencia, convencido de que Trump desea salir cuanto antes de la región y venderá caro el acuerdo final.
Este lunes, tras días de optimismo en las distintas cancillerías de la región, incluidas las de EE UU y el propio Irán, el Gobierno de la República Islámica desmentía que el flamante memorando de entendimiento que que ultiman las dos partes sea cuestión de horas, y repetía, una vez más, que «en esta etapa no se está discutiendo» sobre su programa nuclear, una línea roja que la Administración Trump está a punto de diluir.
«Es cierto que hemos alcanzado una conclusión sobre gran parte de los asuntos bajo discusión, pero nadie puede decir que la firma sea inminente», afirmaba el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei, al dejar constancia de que los avances en las negociaciones entre Washington y Teherán «son el resultado de múltiples semanas de conversaciones a través de la mediación de Pakistán». La negociación es en Irán, sobre todo, la batalla entre las distintas facciones del régimen en un momento de profundos cambios tras eliminación del anterior líder supremo y de la cúpula militar en los últimos meses (la cadena de golpes aliados había comenzado hace casi un año, en la conocida como guerra de los 12 días).
Nuevo equilibrio interno
«Si se alcanza un acuerdo, podría interpretarse como una señal de que la República Islámica avanza hacia un nuevo equilibrio de poder interno. Los sectores partidarios de la negociación estarían consolidando su posición en una lógica de apertura y concesión orientada a afianzar su poder dentro de Irán», estima a LA RAZÓN el analista político Daniel Bashandeh.
«En ese contexto, podría hablarse de una mayor coordinación entre los nuevos interlocutores y la Guardia Revolucionaria, en un proceso dirigido a reforzar su influencia y consolidar posiciones en el interior del país», estima el politólogo hispano-iraní, quien considera, en cambio, que, «si no se alcanza un acuerdo, ello sugiere que las distintas facciones y la Guardia Revolucionaria continúan compitiendo por el poder, sin que emerja un actor claramente dominante capaz de imponer una dirección política distinta a la lógica de confrontación».
Este fin de semana, Pezeshkian, el presidente iraní, un teórico reformista, avisaba de que el acuerdo final con EE UU tenía que pasar por el cedazo del actual jefe del Estado, el ayatolá Mojtaba Jamenei. Este lunes, un portavoz del Ministerio de Sanidad salía al paso para asegurar que el esquivo y misterioso hijo de Ali Jamenei -al que no se le ha visto en público desde su nombramiento- apenas había sufrido heridas leves tras ser alcanzado en un bombardeo israelí.
Así las cosas, con la Guardia Revolucionaria como última autoridad en las actuales circunstancias, la República Islámica se debate entre la necesidad de lograr con el acuerdo con Washington un alivio inmediato de sanciones y el fin del bloqueo estadounidense a los puertos que evite acrecentar el malestar social -el deterioro de la situación económica empujó a decenas de miles de personas a las calles iraníes en enero- y la de, simultáneamente, mostrar la mayor fortaleza e inflexibilidad posibles ante EE UU e Israel y su propia sociedad.
En este sentido, para el analista iraní Ehsan Rahimi, «un acuerdo con Estados Unidos podría aliviar parcialmente las sanciones, reducir la presión militar regional y ofrecer cierto respiro económico a la República Islámica en un contexto de desgaste interno». «Sin embargo, también implicaría riesgos para el sistema político iraní. Durante décadas, parte de la legitimidad ideológica del régimen se ha construido sobre la confrontación con Washington, por lo que un pacto podría ser percibido por sectores radicales como una concesión estratégica», asegura Rahimi.
«Además, si el acuerdo no produce mejoras económicas visibles, las expectativas sociales podrían transformarse rápidamente en una nueva fuente de presión y descontento contra las autoridades iraníes», concluye a LA RAZÓN el investigador vinculado a la Universidad de Alicante.
Entretanto, mientras aseguraba no tener tampoco prisa en cerrar los últimos flecos del acuerdo, Trump sorprendía al vincular el eventual memorando de entendimiento con Irán con la adhesión de seis países de mayoría musulmana –Arabia Saudí, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania– a los Acuerdos de Abraham. No es la primera vez que el mandatario estadounidense relaciona las negociaciones con Teherán con el acuerdo que en septiembre de 2020 suscribieron Emiratos y Bahréin con el Estado de Israel y los propios EE UU, y al que se sumaría posteriormente Marruecos, aunque hasta ahora ninguno de los países supuestamente aludidos se ha referido en público a tal posibilidad.
Según el inquilino de la Casa Blanca, le habría pedido a los líderes de los citados Estados que «después de todo el trabajo hecho por EE UU para tratar de completar este puzzle tan complejo, debería ser obligatorio que todos estos países, como mínimo, simultáneamente, firmaran los Acuerdos de Abraham».
Fuente: La Razón







