
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Becker Márquez Bautista
Superar la pobreza y escapar de las garras de la miseria es, sin lugar a dudas, uno de los mayores triunfos a los que puede aspirar un ser humano. Requiere sudor, lágrimas, noches de insomnio y una resiliencia inquebrantable. Sin embargo, en medio de esta legítima y noble búsqueda de progreso, existe un fenómeno psicológico y social tan triste como recurrente: la amnesia del éxito. Es el momento exacto en el que el individuo, al cambiar de estrato económico, «pierde su nación»; olvida su esencia, sus raíces y a los suyos, convirtiendo su antigua humildad en una máscara de arrogancia y prepotencia.
¿Por qué tantas personas olvidan de dónde vienen cuando alcanzan la cima? La respuesta suele esconderse en un mecanismo de defensa mal canalizado. Para muchos, el pasado de carencias representa un trauma, una época de vulnerabilidad que desean borrar a toda costa. Al obtener poder o dinero, intentan sepultar ese recuerdo construyendo un muro de soberbia. Creen, equivocadamente, que el estatus económico les otorga un estatus de superioridad humana.
Al «perder su nación», pierden también la empatía. Comienzan a mirar por encima del hombro a quienes aún libran la misma batalla que ellos pelearon ayer. Olvidan la mano que los levantó cuando tropezaron, el vecino que compartió su pan en los días de hambre y la solidaridad de aquellos tiempos difíciles. Se embriagan de un triunfalismo personalista, convencidos de que su nueva realidad los vuelve intocables.
Lo que la miopía de la prepotencia no les permite ver es una de las leyes más inquebrantables del universo: la vida es cíclica. Es como una ruleta que nunca deja de girar; a veces te premia en la cúspide y otras te arroja al fondo sin previo aviso.
Más exacto aún, la vida funciona como un ascensor. Los que hoy suben embriagados de orgullo, ignorando a los demás, olvidan que eventualmente tendrán que bajar. Y la tragedia de los soberbios es que, en su descenso, se encontrarán exactamente con las mismas personas a las que pisotearon e ignoraron en su camino hacia arriba. Cuando la riqueza efímera se esfuma, el arrogante cae al vacío sin una red de apoyo, porque en su época de abundancia se encargó de destruir todos los puentes del afecto y la lealtad.
Al final, muchos de estos individuos terminan regresando a su punto de partida, pero esta vez con una carga mucho más pesada: la soledad y el remordimiento. La miseria económica puede ser superada con trabajo, pero la miseria espiritual que deja la arrogancia es mucho más difícil de curar.
Cuando sientas que estás subiendo, trata de no pisotear a nadie. No intentes llegar a la cima dejando cadáveres; al final, esos errores te convertirán en un cementerio de odios y rencores. A quien no le puedas brindar una ayuda, simplemente no le hagas un daño, porque la maldad es una carretera de doble vía que va y viene. Recuerda siempre que nadie se ha ido de esta tierra sin pagar por los daños que hace.
El verdadero éxito no consiste únicamente en salir de la pobreza material, sino en mantener intacta la riqueza del alma. Aquel que prospera sin olvidar su origen, que utiliza su nueva posición para elevar a otros en lugar de aplastarlos, es quien realmente ha triunfado en la vida. Porque el dinero puede comprar comodidades, pero jamás podrá comprar la dignidad y el respeto que solo se ganan desde la humildad.








