
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Becker Márquez Bautista
Siempre lo he dicho y lo sostengo con firmeza: las sociedades solo se construyen y se solidifican verdaderamente cuando existen ciudadanos guiados por la ética, cuando prevalece el respeto mutuo entre las autoridades y el pueblo, cuando se cumplen las leyes sin el odioso privilegio de clases y, sobre todo, cuando defendemos a la familia como el pilar innegociable de nuestra nación.
En mi caminar político y social, he visto cómo los valores éticos son utilizados por muchos como simples adornos para discursos vacíos en campañas electorales. Pero para mí, los valores no son un eslogan; son los principios esenciales que guían nuestras decisiones. No se imponen por decreto; se eligen conscientemente a través del esfuerzo diario. Son el oxígeno vital para vivir en una sociedad justa y nuestro principal manual de resistencia moral frente a un sistema que a menudo premia la trampa.
En un mundo donde la desinformación, la polarización y la apatía parecen ganar terreno a pasos agigantados, tener una visión clara y fomentar los valores éticos ya no es una opción, es una urgencia de primer orden.
El mérito y la educación: El verdadero motor del cambio
Una de las principales influencias en la formación del carácter es el entorno en el que crecemos. En sociedades donde se premia el mérito, el respeto y la solidaridad, es mucho más probable que los ciudadanos actúen con integridad.
En este proceso, la educación tiene un papel protagónico. Es en las aulas y, fundamentalmente, en los hogares, donde debemos enseñar que el éxito verdadero no se logra pisoteando a otros. Las escuelas y demás instituciones tienen el deber ineludible de fomentar esta formación desde una edad temprana, pero necesitan el respaldo de un Estado que predique con el ejemplo, no con la simulación.
El golpe de la mala politiquería a la familia
La familia es el espacio social primario, la primera gran escuela donde se siembran el respeto, la responsabilidad, la integridad y la honestidad. Sin embargo, hoy somos testigos de un profundo y acelerado deterioro social. Se ha normalizado la cultura del «dinero fácil», la estafa y la pérdida del respeto hacia el prójimo.
Seamos claros: esta decadencia moral no nace de la nada. Es el reflejo directo de una mala administración pública que ha fallado rotundamente en su deber de proteger el núcleo de la sociedad.
Cuando tenemos un gobierno ineficiente, que actúa como un «chiringuito» de grupos de poder y privilegia el clientelismo, el impacto negativo golpea sin piedad la mesa de los hogares dominicanos. La pésima gestión económica y el altísimo costo de la vida obligan a los padres a trabajar jornadas extenuantes, dejando a nuestros niños y jóvenes en una preocupante orfandad dentro de sus propias casas, expuestos a los vicios de las calles.
A esto se suma el nefasto ejemplo de líderes políticos y funcionarios irresponsables que, en lugar de modelar la honestidad y cumplir lo pactado, exhiben el nepotismo repartiéndose los cargos entre familiares y allegados como si el Estado fuera un botín personal. Una mala administración no solo quiebra la economía de una nación; fractura y destruye a las familias desde sus cimientos.
Nuestro compromiso innegociable
No habrá progreso real ni sostenible si no volvemos a nuestra esencia. Rescatar nuestro país exige valentía para enfrentar a quienes nos han metido en este abismo. Las políticas públicas deben volver a centrarse en fortalecer a la familia, garantizando que quienes dirijan el Estado lo hagan bajo el más estricto rigor ético y democrático.
Solo guiados por una visión clara, voluntad de cambio y valores inquebrantables, construiremos la República Dominicana que nuestra gente merece. El compromiso es ahora.








