De Roma a Bruselas: dos milenios separan estas instituciones pero el mismo patrón de dependencia las conecta. Imagen generada con IA
Por Oscar Guedez
Los libros nos han enseñado que, a lo largo de la historia, los imperios en su fase de declive repiten varios patrones, la mayoría de ellos no puede evitar esos procesos, por ejemplo, aquellos que ya no pueden sostener sus fronteras por sus propios medios y pagan a sus vecinos para que no los amenacen, los que entregan recursos estratégicos a cambio de seguridad prestada, o los que asumen los costos económicos de guerras que otros deciden, por mencionar algunos de esos patrones.
El Imperio Romano tardío, (siglos III y V d.C.) pagaba a los visigodos, a los hunos y los ostrogodos que defendieran sus fronteras. El Imperio Bizantino pagaba a los búlgaros, los árabes (abasíes y omeyas), y a los persas para que no los atacaran, y a Venecia para que protegiera sus rutas comerciales.
Y así, el Egipto de los Faraones tardío (siglos VII-IV a.C.), el Imperio Mogol tardío (siglos XVII-XVIII), el Imperio Chino bajo las dinastías Song y Ming tardías (siglos X-XVII), todos repitieron el mismo patrón: pagar a sus vecinos, rivales o aliados por “protección”.
Más recientemente, el Imperio Otomano, conocido en su larga decadencia como “El hombre enfermo de Europa”, firmó capitulaciones que comenzaron como generosidad y terminaron como servidumbre.
Y es eso lo que preocupa del momento actual de la Unión Europea, porque no estoy haciendo una comparación retórica ni exagerada, por el contrario, intento señalar un problema que empieza a hacerse estructural y alarmante, especialmente porque la UE no está cerca de iniciar un periodo de decadencia.
EL PATRÓN QUE LA HISTORIA REPITE
Antes de entrar a analizar a la Unión Europea de hoy, conviene detenerse en el pasado, porque se trata de un patrón que ha destruido imperios en cuatro continentes a lo largo de varios siglos de historia.
El politólogo A.F.K. Organski formuló en su libro World Politics de 1958 su teoría de la transición de poder, según la cual los conflictos más peligrosos y las crisis sistémicas más profundas no ocurren cuando una potencia es claramente dominante, sino cuando otra potencia en ascenso se acerca a su nivel y el dominante comienza a perder su capacidad relativa de organizar el sistema a su favor.
Según Organski, en esa fase de transición el hegemón suele enfrentar la tentación de comprar tiempo mediante concesiones antes que invertir en recuperar capacidad real, lo que desnuda su nueva posición, la de potencia en decadencia forzada a negociar desde una posición de debilidad, y lo que parece una solución táctica se convierte en una dependencia estructural.
Graham Allison, profesor de Harvard, actualizó ese concepto con su noción de la trampa de Tucídides, esa de la que tanto se ha hablado en los últimos años y meses y que se refiere a la posibilidad de conflicto cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a la dominante.
Sin embargo, aquí quiero analizar lo que sucede con los actores secundarios, las potencias medias, en este caso un bloque regional, que queda atrapado entre la potencia dominante en declive y la emergente.
La historia revela que esos actores tienden a hacer exactamente lo que Europa hace hoy: pagar a ambos lados para mantener su posición, vaciándose peligrosamente en el proceso.
ROMA Y LOS FOEDERATI
El Imperio Romano tardío, a partir del siglo III, dejó progresivamente de poder defender sus fronteras con legiones propias y comenzó a incorporar a los pueblos “bárbaros” como foederati: aliados militares que recibían tierras dentro del territorio imperial, pagos anuales en oro y reconocimiento político a cambio de proteger las fronteras del Imperio.
Los visigodos, los ostrogodos, los hunos bajo Aecio, los burgundios, todos pasaron por ese sistema en el que Roma les pagaba para que defendieran las fronteras. El resultado parece predecible en retrospectiva, pero fue inesperado para quienes lo vivieron, porque los foederati aprendieron que su valor dependía de la percepción de amenaza externa que sentía Roma.
Es decir, que cuanto más débil parecía el Imperio, más podían exigir ellos por defenderlo. El tributo no compró seguridad sino dependencia creciente y chantaje.
¿El resultado? en el 410 Alarico y sus visigodos saquearon Roma; en 455 fueron los vándalos (pueblo germánico liderado por su brillante y calculador rey Genserico); y en 476 la estocada final a manos de Odoacro, líder de los foederati que depuso al último emperador occidental romano, Rómulo Augústulo.
El Imperio no cayó a manos de enemigos externos que cruzaron las fronteras, sino que fue disuelto por los aliados a los que había pagado por años para defenderlas.
El historiador Edward Gibbon identificó en su monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano el mecanismo central: Roma no perdió su capacidad militar de golpe, la fue delegando gradualmente en actores externos cuya lealtad era transaccional antes que estructural. Cuando el dinero escaseó, la lealtad desapareció.
BIZANCIO Y VENECIA
El Imperio Bizantino es el caso más sofisticado y el más cercano al europeo contemporáneo en términos de mecanismo. Durante los casi seis siglos que transcurrieron tras de la caída de Roma occidental, Bizancio sobrevivió mediante una combinación extraordinaria de diplomacia, inteligencia y pagos estratégicos a sus vecinos.
Pagaba a los búlgaros para que no atacaran desde el norte. Pagaba a los árabes para que mantuvieran treguas en el este. Pagaba a los cruzados para que desviaran su violencia hacia otros objetivos, con resultados desastrosos cuando la Cuarta Cruzada saqueó Constantinopla en 1204 en lugar de Jerusalén.
Pero sobre todo, pagaba a Venecia.
Las concesiones comerciales a la República de Venecia comenzaron en 1082, cuando el emperador bizantino Alejo I Comneno otorgó a los mercaderes venecianos el derecho a comerciar en todo el Imperio sin pagar impuestos aduaneros, en agradecimiento por la ayuda naval veneciana contra los normandos.
Era una concesión generosa desde una posición de relativa fortaleza. Pero a lo largo de los siglos siguientes, los venecianos fueron ampliando esos privilegios mediante presión diplomática y chantaje, al punto de que los mercaderes venecianos pagaban menos impuestos en Constantinopla que los propios ciudadanos bizantinos.
Aquello fue una doble hemorragia pues las arcas imperiales se vaciaban mientras la riqueza comercial del Mediterráneo se desplazaba hacia Venecia.
Por eso, cuando los otomanos sitiaron Constantinopla en 1453, el Imperio tenía menos de 50.000 habitantes dentro de sus murallas, dependía de mercenarios genoveses para su defensa y carecía de una flota naval propia, llevaba siglos comprando su supervivencia a costa de su soberanía económica, y al final perdió ambas.
CHINA Y LA PAZ COMPRADA
La dinastía Song en China desarrolló entre los siglos X y XIII uno de los sistemas de tributo más elaborados y mejor documentados de la historia. Incapaz de recuperar militarmente los territorios del norte, ocupados por el Imperio Jin, el Emperador Song optó por reconocerles como sus iguales a través del Tratado de Shaoxing de 1141.
Aquel tratado puso fin al sinocentrismo del Imperio, llevó a la ejecución del general Yue Fei, el más brillante de la corte Song (traicionado por su propio gobierno), y estableció que la dinastía Song pagaría anualmente 250.000 taeles de plata y 250.000 rollos de seda al Imperio Jin a cambio de paz.
Es decir, la China Song renunció a la lógica del Imperio para adoptar la lógica del Estado tributario: un actor que compra su seguridad en lugar de producirla. Los pagos eran enormes y representaban una fracción significativa de los ingresos fiscales imperiales, pero la corte Song los justificaba argumentando que eran más baratos que la guerra.
El costo político de largo plazo fue total. Se institucionalizó la percepción de debilidad tanto interna como externamente. Y cuando los mongoles de Kublai Khan lanzaron su ofensiva final contra la dinastía Song en la segunda mitad del siglo XIII, no encontraron un Imperio dispuesto a pelear y resistir sino uno que prefería pagar para no tener que hacerlo.
La dinastía Song fue conquistada en 1279 y la paz comprada duró menos de siglo y medio.
LOS MOGOLES Y LA EAST INDIA COMPANY
El Imperio Mogol en India ofrece el paralelo más revelador para entender la relación contemporánea entre Europa y Estados Unidos en materia energética y de defensa.
Los emperadores mogoles comenzaron otorgando concesiones comerciales a los europeos, primero a los portugueses y a los británicos después, desde una posición de fuerza. La Compañía Británica de las Indias Orientales recibió su primer consentimiento formal para comerciar en la India continental en 1612, un permiso de comercio que le daba acceso a los puertos mogoles a cambio de reconocimiento y tributos simbólicos. El Imperio Mogol era entonces una de las economías más grandes del mundo, con un PIB estimado que representaba entre el 20 y el 25% del producto mundial, superando incluso a toda Europa occidental junta.
Pero a lo largo del siglo XVII, mientras el Imperio Mogol se fragmentaba en conflictos sucesorios y revueltas regionales, la East India Company fue ampliando sus concesiones, construyendo fuertes, reclutando ejércitos privados y estableciendo alianzas con los poderes regionales que desafiaban al emperador y lo que había comenzado como un privilegio comercial concedido desde la fuerza se convirtió, concesión a concesión, en el andamiaje de la dominación colonial.
Para 1757, cuando Robert Clive derrotó al Nawab de Bengala en la batalla de Plassey, la East India Company era ya el poder real de facto en el noreste de India, y el emperador mogol en Delhi era una figura decorativa que reinaba sin gobernar.
El teórico poscolonial Ranajit Guha identificó en ese proceso el mecanismo que llamó dominación sin hegemonía: el poder colonial ejercía control efectivo sin necesitar el consenso de los dominados, precisamente porque había vaciado las instituciones locales de capacidad real mediante concesiones aparentemente voluntarias.
EGIPTO Y LOS MERCENARIOS
Otro caso emblemático, aunque menos conocido, es el del Egipto faraónico tardío. A partir del siglo VII a.C., los faraones de la dinastía Saíta recurrieron sistemáticamente a mercenarios griegos (oplitas jonios y carios), para reforzar sus ejércitos frente a las amenazas asirias, persas y libias.
El faraón Amasis llegó a concentrar a esos mercenarios en la ciudad de Naucratis, una concesión territorial en el delta del Nilo donde los griegos tenían sus propios templos, mercados y tribunales, exentos de la ley egipcia. Era, en todos los sentidos relevantes, una capitulación que cedía soberanía territorial a cambio de seguridad militar.
Pero cuando Cambises de Persia invadió Egipto en 525 a.C., parte de los mercenarios griegos que habían defendido Egipto durante décadas se pasaron al bando persa, atraídos por las mejores condiciones que les ofrecían y por la percepción de que Persia era la potencia ascendente.
Al final, Egipto cayó en parte porque su seguridad dependía de aliados cuya lealtad era transaccional antes que estructural, demostrando que la seguridad comprada dura exactamente lo que dura el dinero.
EL HOMBRE ENFERMO DE EUROPA
El caso que da nombre al patrón y que mejor describe la situación europea contemporánea es el del Imperio Otomano en su fase de declive. El zar Nicolás I acuñó la expresión en 1853 en una conversación con el embajador británico: el Imperio Otomano era el hombre enfermo de Europa, un enfermo cuya herencia todos querían pero cuya muerte nadie sabía exactamente cómo gestionar.
Las Capitulaciones Otomanas nacieron, como todas las concesiones de los imperios en declive, como un gesto de generosidad desde una posición de fuerza. Suleimán el Magnífico firmó las primeras capitulaciones modernas con Francia tan pronto como 1535, otorgando a los mercaderes franceses privilegios comerciales y jurisdiccionales en territorio otomano, incluyendo exención de impuestos y derecho a ser juzgados por sus propios cónsules en lugar de la ley otomana.
Era una concesión que el Imperio podía permitirse porque era suficientemente poderoso para hacerla sin riesgo.
Pero el tiempo lo cambia todo, y a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, mientras el poder del Imperio disminuía y el de las potencias europeas crecía, esas concesiones se convirtieron en instrumentos de presión sistemática.
El Imperio Otomano a finales del siglo XIX había perdido casi toda su soberanía real y estaba muy endeudado con sus homólogos europeos. Las potencias europeas usaban las capitulaciones para imponer condiciones políticas, para “proteger” a las minorías cristianas como pretexto de intervención, para extraer recursos y para mantener al Imperio en una dependencia que garantizaba su supervivencia formal mientras vaciaba su sustancia.
La Administration de la Dette Publique Ottomane, establecida en 1881, fue la expresión más desnuda de esa dependencia: una institución controlada por acreedores europeos administraba directamente los ingresos fiscales otomanos para garantizar el pago de la deuda.
Es decir, el Imperio tenía sultán, ejército y bandera, pero no tenía soberanía fiscal, ni de casi nada.
LO QUE EUROPA PAGA HOY
Con ese telón histórico y teórico de fondo, podemos analizar la situación europea contemporánea con más claridad. Porque Europa no está en declive irreversible como Roma o Bizancio en sus fases finales, pero está replicando sus mecanismos con una fidelidad que debería alarmar a sus ciudadanos y a sus líderes políticos.
En 2016, la Unión Europea firmó un acuerdo con Turquía por el que Ankara se compromete a retener en su territorio a los refugiados sirios. Fueron las imágenes de aquella crisis, entre ellas las de la periodista húngara Petra László haciendo una zancadilla a un hombre que corría con un niño en brazos, las que forzaron la respuesta europea.
El precio de esa crisis fue de 6.000 millones de euros, según el propio Consejo Europeo, con más de 9.500 millones movilizados en total desde 2015 para gestión de refugiados y fronteras en Turquía.
El presidente de Turquía, Recep Tayip Erdogan convirtió ese acuerdo en el instrumento de presión más eficaz de su política exterior y en 2020 otra vez presionó la frontera griega durante semanas para que Bruselas cediera en otros asuntos. El mismo mecanismo de los foederati romanos: Europa paga a quien quiere que defienda su frontera, y ese actor aprende que su valor crece cuando crece la amenaza.
Con Marruecos el patrón es idéntico. La UE entrega más de 500 millones de euros para el periodo 2021-2027 para control fronterizo, según confirmó en 2023 la entonces comisaria de Política Interior, Ylva Johansson, ante el Parlamento Europeo. El resultado: las entradas a Ceuta se multiplicaron por más de cinco entre 2021 y 2025, pasando de 753 a 3.523 personas. El gendarme cobra por cuidar la puerta y decide cuándo abrirla, según su conveniencia. Exactamente como los mercenarios griegos de Amasis.
Otro tributo es el energético. Antes de la invasión rusa de Ucrania en 2022, Europa recibía el 40% del gas que consumía a precios estables y competitivos, y a través de gasoductos.
La decisión de sancionar a Rusia y sustituir su gas por el gas natural licuado (GNL) estadounidense fue geopolíticamente justificada, pero tiene un costo económico que nadie negoció con los ciudadanos europeos, que son los que al final pagan la factura.
La Unión Europea ha cambiado su dependencia del gas barato ruso por una vulnerabilidad económica frente al GNL estadounidense, pues el mercado de referencia TTF marcó precios superiores a 180 euros por MWh durante varias semanas entre julio y septiembre de 2022, frente a los 20-30 euros previos a la guerra.
Y aunque los precios han bajado desde entonces, el GNL estadounidense sigue costando a Europa aproximadamente un 23% más que el gas ruso y el de Qatar, según análisis del Instituto para la Economía de la Energía y el Análisis Financiero (IEEFA) de abril de 2025.
EE.UU. cuadruplicó sus exportaciones de gas a Europa entre 2021 y 2024 y hoy domina el mercado que antes era ruso. Es la concesión mogola en versión energía: lo que comenzó como una decisión de emergencia geopolítica es ya una dependencia estructural difícil de revertir.
El tercer tributo es militar. Durante décadas, Europa construyó su modelo de bienestar sobre la base de un gasto militar moderado, garantizado por el paraguas de seguridad estadounidense y un equilibrio geopolítico admirable aún en tiempos de la Guerra Fría.
Ese modelo está siendo desmantelado por la presión directa de Washington que insiste en que sus aliados de la OTAN aumenten el gasto militar para “compartir la responsabilidad”, como si alinearse con las posturas de Washington en todas sus iniciativas y posturas globales no fuese suficiente.
De hecho, el gasto en defensa de los Estados miembros de la UE alcanzará los 454.000 millones de euros en 2026, un crecimiento del 75,3% respecto a 2021, según el Consejo Europeo. Y ese crecimiento no ha terminado: en la Cumbre de La Haya de junio de 2025, los líderes de la OTAN acordaron un nuevo objetivo del 5% del PIB en gasto de defensa para 2035.
Si Europa cumple ese objetivo, el gasto militar superaría el billón de euros anuales, desplazando irremediablemente el gasto en mitigar las causas y efectos del cambio climático, el gasto en los sistemas sanitarios y en educación, pilares que definen el modelo europeo de sociedad.
Y lo que es más grave aún para Europa es que buena parte de ese dinero será destinado a comprar armamento estadounidense. Es el tributo más sofisticado porque la UE terminará pagando por su seguridad a quien le exige que pague más.
El cuarto tributo es geopolítico y es el más costoso en términos de autonomía estratégica. Europa está asumiendo buena parte de los costos económicos de los conflictos que otros han decidido sin consultarle.
El cierre del estrecho de Ormuz por el conflicto entre EE.UU. e Israel contra Irán sacudió los mercados energéticos europeos antes de que ningún gobierno del bloque pudiera responder. Europa no eligió esa guerra, de hecho intentó activamente evitarla preservando el acuerdo nuclear iraní contra la voluntad de Washington, y sin embargo paga sus consecuencias.
Es la posición del actor secundario que Allison no desarrolló en la trampa de Tucídides, el que queda atrapado entre las dos potencias en pugna y absorbe los costos de una rivalidad que no controla y en la que no puede intervenir.
Keohane y Nye demostraron que, en toda relación de interdependencia, el actor menos dependiente tiene más poder, y en el caso del Viejo Continente, Europa cree negociar en igualdad con EE.UU. y con sus vecinos mediterráneos, pero en cada una de esas relaciones es el actor más dependiente y, por tanto, el más débil.
LA SUMA QUE NADIE QUIERE CALCULAR
Si se suman todos los tributos, el cuadro es demoledor. Más de 9.500 millones de euros a Turquía para gestión de fronteras. 500 millones a Marruecos para el mismo fin y es muy probable que ese monto crezca.
Un sobreprecio del 23% en toda la factura energética respecto al gas que antes compraba más barato. Un incremento del gasto militar del 75% en cinco años con perspectiva de duplicarlo hacia 2035. Y los costos poco claros pero reales de guerras en las que Europa es espectador.
El Imperio Song pagó durante 138 años antes de ser conquistado. Bizancio mantuvo su sistema de concesiones durante siglos antes de caer en 1453. El Imperio Otomano sobrevivió como hombre enfermo durante casi un siglo antes de disolverse después de la Primera Guerra Mundial. Todos compraron tiempo. Ninguno compró futuro.
LA DIFERENCIA QUE TODO LO CAMBIA
Hay una diferencia fundamental entre Europa y todos esos imperios que hace que esta comparación no sea un epitafio sino una advertencia.
Roma no tenía alternativa en el siglo V, su capacidad militar y fiscal había menguado de manera irreversible y probablemente habría caído antes si no “compraba” ese tiempo extra.
Bizancio no tenía alternativa en el siglo XV, había perdido territorio, población y recursos durante siglos y era cuestión de tiempo para que cayera a manos de cualquier otro poder de su época.
La China de los Song no tenía alternativa frente a los ejércitos mongoles. Y el Imperio Otomano no tenía alternativa frente a la superioridad industrial europea del siglo XIX y su declive militar plasmado en Lepanto y otros tantos conflictos.
Pero la Europa en 2026 sigue siendo la tercera economía más grande del mundo, tiene capacidad industrial, tecnológica y demográfica suficiente para actuar de otra manera. Su moneda común, el euro, es moneda de reserva global y una alternativa real al dólar estadounidense.
La UE tiene una base científica e industrial que ninguno de los imperios en declive de la historia poseía cuando comenzaron a pagar sus tributos, tiene, en teoría, las instituciones necesarias para coordinar una respuesta colectiva y la propia Unión Europea es el bloque regional más ejemplar de la historia moderna por su capacidad de cooperación y coordinación financiera y demográfica.
Lo que le falta no es poder sino voluntad política de ejercer como bloque. Lo que produce sus tributos no es debilidad estructural sino fragmentación política deliberada o tolerada, y la necesidad de conservar las formas, de actuar con mesura y de manera civilizada para no escandalizar a su público interno.
Porque Europa se ha presentado históricamente como referente de valores humanos y democráticos universales, pero hoy enfrenta la contradicción de aplicar esos valores de manera selectiva: sanciona a Rusia con rigor y mira hacia otro lado o se vuelve tolerante ante otros conflictos. Esa doble vara debilita su autoridad moral precisamente cuando más la necesita para negociar desde una posición de principios.
Tal vez sea hora de que Europa comience a “ensuciarse las manos”: gestionar sus fronteras con la dureza que sus órganos de gobernanza hayan determinado, no importa si a nosotros nos gustan o no, son sus decisiones; trabajar en asumir su propia defensa de acuerdo a amenazas reales; y asumir posturas comerciales más alineadas con sus propios intereses económicos.
Después de todo, es cada vez más evidente que negociar bilateralmente el suministro energético, priorizar la relación particular de sus miembros con Washington por encima de la posición común del bloque, o fracturar sus posturas ante las crisis migratorias instrumentalizadas, es reproducir, voluntariamente, el patrón de los imperios que pagaron hasta que no pudieron más.
La teoría de Organski predice que los sistemas hegemónicos en transición producen inestabilidad. Lo que no predice es cuánto tiempo tarda un actor secundario en entender que su supervivencia depende de actuar con coherencia estratégica.
La Unión Europea está a tiempo de evitar convertirse en la reencarnación del hombre enfermo de Europa, tiene un PIB suficiente para no necesitar pagarle tributos a nadie, y puede evitar entrar en un declive inevitable pero elegido.
La decisión está en manos del liderazgo europeo, aún hay tiempo de evitar la caída del bloque que los latinoamericanos vemos con admiración y hasta un poco de envidia, aprendamos de la historia.







