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Por David R. Lorenzo
El poder es la capacidad de asumir una posición o un cargo de manera legítima o en forma coercitiva, para liderar, tomar decisiones, y gobernar una sociedad, una institución o un grupo, con diferentes intenciones, ya sea por un afán neurológico, para tomar el control político, imponerse a los demás, aumentar el poderío o por un placer patológico.
Es un hoyo negro con demasiada gravedad que atrae a los malos y pervierte a los buenos. También marea hasta los que se creen fuertes. En el caso de los políticos, es un verbo con acción y movimientos. Se da también en cualquier institución, ya sea gremial, social, agrícola, profesional, intelectual o académica.
La atracción les obliga a cambiar de discursos cuando se está en el gobierno y se pasa a la oposición. Y lo grande del caso es que ellos mismo se lo creen. Como los lobos salvajes, cambian el pelo, pero no las mañas. Abajo es donde emplean todas sus habilidades, porque no sólo cambian de discursos, sino de túnicas, de vehículos y hasta de parejas, pero no pueden cambiar sus caras, ni el corazón, ni el pasado.
Se hacen pasar por los mejores defensores de los pobres y los besan y abrazan. Muchos se oponen a la reelección, a los préstamos que endeudan al país y a los aumentos de aranceles, porque entienden que los gobiernos de turnos son ladrones y derrochadores, aunque ellos sean iguales o peores.
Pelean con garras por el poder, sin saber que nada de lo que existe en este mundo, nos pertenece. En la República Dominicana pasamos en poco tiempo, de ser mayormente antirreeleccionistas, a ser enfermos del continuismo. Cuando están en el gobierno exclaman a los gobernantes, como los ingleses ¡Viva el rey!, aunque el que esté arriba, sea el más idiota del planeta.
Por igual, cuando llegan al poder, se creen que hay que tomar todo el poder, que el poder es para aplicarlo y que el poder es para siempre. Tampoco se dan cuenta de los errores que cometen, porque nadie se conoce a sí mismo. Ni Sócrates lo hizo, quien fue que lo propuso, porque si no, se habría librado de morir tomando la Cicuta.
El electorado, principalmente el económicamente pobre, es el peor, vota por los ricos, por los corruptos, por los que endeudan el país, por los que quieren eternizarse en el poder, por los farsantes, por los que tienen mil caras, por los que cambian de narrativas y por los ligados al bajo mundo, porque consumen la manipulación disfrazada de amor, y así de esa manera se auto condenan a un masoquismo perpetuo.
El fruto de la eternización inmoral en el poder, provoca divisiones, golpes de Estado, derrotas electorales, apresamientos, asesinatos y guerras, entre otras cosas. Eso lo hemos visto en algunos países, y en la actualidad en Venezuela, con el ataque militar de los Estados Unidos.
Independientemente de nuestras ideologías, y de que si estemos con el chavismo o con la oposición, es un hecho incuestionable que un teniente coronel del Ejército venezolano, carismático, cargado de sueños revolucionarios y, popular para algunos y dictador para otros, Hugo Chávez ganó un total de cuatro elecciones presidenciales en Venezuela entre 1998 y 2012. Durante su mandato, enfrentó 14 procesos electorales de diversa índole (referéndums, regionales y legislativas), saliendo victorioso en la gran mayoría, pero la oposición rara vez le reconoció alguna victoria, pero, no supo retirarse de la presidencia en su primera oportunidad, sino que se acomodó en el poder.

En el 2012 ganó su segunda reelección y última elección frente a Henrique Capriles, aunque no pudo asumir el nuevo periodo debido a su fallecimiento en marzo de 2013. Si tuviera vivo, quizás todavía fuera presidente de Venezuela.
Pero, el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, continuó por el mismo camino, al ejercer la presidencia durante tres períodos consecutivos. En marzo del 2013 asumió como presidente Encargado, tras el fallecimiento de Hugo Chávez.
El 14 de abril del mismo año resultó electo presidente de la república, asumiendo el cargo formalmente el 19 de abril. Fue reelecto en mayo del 2018, y asumió el 10 de enero del 2019. El 28 de julio del 2024 fue reelecto por segunda vez, hasta el 2031.
Pero, producto de esa práctica, que muchos políticos realizan sin medir consecuencias, este 3 de enero del 2026 los Estados Unidos bombardearon Venezuela, provocando más de 100 muertos y decenas de heridos, destrucción de gran parte del aparato militar y el apresamiento y secuestro de Maduro, y su esposa Cilia Flores, sin que eso, ese hecho no deje de ser una acción imperial condenable, a pesar de que los tontos, idiotas y fanatizados la aplauden y apoyen.
En otros países, como por ejemplo, en Bolivia, Evo Morales fue presidente de ese país por casi 14 años, desde enero de 2006 hasta noviembre de 2019, gobernando en tres periodos presidenciales consecutivos, pero, su ambición ocasionó que se produjera una revuelta popular que terminó su gobierno el 20 de octubre del 2019, de mala manera y perseguido por la justicia.
En la República Dominicana, los presidentes Joaquín Balaguer, Hipólito Mejía, Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader han ejercido con ambición del poder, que en ocasiones han puesto en riesgo el país, y provocado dificultades en sus organizaciones políticas. Con excepción de Balaguer todos eran antirreeleccionistas, pero, ahora se derriten por el poder.
Es que esa detestable práctica de ambicionar el poder más allá de los límites razonables, aunque sea apoyada por una parte de la población que se deja manipular por los discursos vacíos, es inmoral y en muchos casos trae fatídicas consecuencias para sus ejecutores, organizaciones y países que son victimas de sus maquinaciones.
POS DATA: El autor es periodista, abogado de la República Dominicana y director del periódico libertadadeexpresion.net






