
Palestina tiene que enfrentar un fuerte enemigo interno que continúa socavando su proceso de unidad: la enraizada guerra entre sus dos principales partidos o fuerzas políticas, Hamas y Al-Fatah.
El primero con el control de la Franja de Gaza y el segundo con el dominio sobre Jerusalén, enfrentan un proceso de tensa discordia, arreciada tras el fallecimiento del líder supremo de Al Fatah, Yasser Arafat en 2004 y la victoria electoral de su sucesor Mahmud Abas al año siguiente.
Desde ese momento y hasta la fecha, numerosos sucesos han colocado en un vaivén de oscilaciones la relación entre ambos partidos, la cual ha tenido puntos álgidos que han traído consigo luchas internas convertidas en una Guerra Civil.
Con varios acuerdos de por medio, los más significativos en el 2007, en el 2011 y el del 2014, que estableció la formación de un gobierno bajo el mando de Abas, pero con un gabinete integrado por miembros de ambos bandos, lo cierto es que las diferencias más profundas, enmarcadas sobre todo en temas políticos, siguen sin resolverse, cual volcán dormido que pudiera estallar en cualquier momento.
Las raíces de la discordia resultan aparentemente simples: Hamas se niega a reconocer la existencia de un Estado de Israel por ser un «asentamiento ilegal», pero acepta reducir la creación de Palestina a las fronteras que había en 1967 y que incluyen Jerusalén Este, la Franja de Gaza y Cisjordania; y por su parte, Al Fatah quiere construir una Palestina libre con esas mismas fronteras, reconocidas por la comunidad internacional, mas no se niegan a ver en Israel un estado vecino.
Pero esa “simple diferencia” mueve, además de todas las discordias internas, la postura de la comunidad internacional hacia el pueblo palestino y su soberanía, influida esencialmente por las propias maneras de proceder de cada uno de los líderes de dichas organizaciones.
Un ejemplo: cuando de un lado Al-Fatah ha practicado un “terrorismo más selectivo”, dirigido a atacar solo a los israelíes, lamentablemente sin diferenciar entre civiles y militares, como la Masacre de Munic en 1972, donde fallecieron 11 atletas del equipo olímpico sionista, por el otro, Hamas ha cometido barbaries como la Matanza de Fiumicino en 1985, que causó la muerte en territorio italiano de ciudadanos europeos, bajo la “excusa” del apoyo del Viejo Continente a Tel Aviv.
Entonces en cierto sentido resulta creíble y entendible que la comunidad internacional (dígase Europa principalmente) se pregunte ¿Por qué me exiges que te apoye si tus soldados vienen a mi tierra y matan a mi gente? ¿Cómo quieres que yo declare que lo que hacen con tu pueblo es una barbarie si tú atacas a los míos en mi suelo, a miles de kilómetros de distancia de ti?
Y en medio de ese endemoniado caos de diferencias políticas, el pueblo palestino, doliente que lleva generaciones luchando ante fuerzas israelís, continúa sin una solución real a décadas de conflicto, ya sea por la injerencia de los intereses extranjeros o por la tozudez de líderes que aún no han aprendido a dejar de lado sus discrepancias por el bien supremo de su pueblo, ese que paradójicamente defienden.
Fuente Razones de Cuba







