
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
El verdadero desconsuelo de un pueblo no siempre se manifiesta en protestas ni en gritos. A veces se instala en silencio, en la resignación cotidiana, en la mirada de una juventud preparada que entiende que su esfuerzo no garantiza oportunidades.
Un país que margina a sus profesionales jóvenes no solo desperdicia talento, también renuncia a su porvenir. Son hombres y mujeres formados con la esperanza de aportar, de servir, de construir, pero que terminan siendo espectadores de un sistema que no les permite avanzar, no por falta de capacidad, sino por falta de espacio.
No es posible que la juventud profesional de un país continúe siendo pisoteada, relegada, condenada a mirar desde la orilla cómo se le cierran las puertas del futuro. Jóvenes preparados, con ideas, con ganas de servir y transformar, a quienes nunca se les da la oportunidad de llegar a una posición donde podrían convertirse en verdadera esperanza para un pueblo cansado.
Resulta desconcertante observar cómo la mala gestión no genera consecuencias reales. Funcionarios que son retirados de un cargo por su ineficiencia reaparecen en otro, como si el error no tuviera peso, como si el daño causado no mereciera reparación. Ese mensaje cala hondo: aquí el mérito no es prioridad y la responsabilidad es opcional.
Gobernar no debería parecer un juego de movimientos calculados sin sensibilidad humana. Cada decisión afecta vidas, apaga ilusiones o las fortalece. Cuando se normaliza el reemplazo sin corrección, se profundiza una herida colectiva que no se ve, pero se siente.
La esperanza no muere de golpe. Se va agotando lentamente, cada vez que el esfuerzo no es reconocido, cada vez que el país parece cerrarle las puertas a quienes podrían sostenerlo mañana. Y ese desgaste silencioso es, quizá, la forma más peligrosa de desconsuelo.
Y cuando la esperanza se cansa, no grita… se apaga.







