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Por Oscar Guedes
El bloque de países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), ampliado recientemente con nuevos miembros, aunque no constituye un imperio unificado por razones más que obvias, ni conforma una alianza militar que se contraponga a la hegemonía militar de la OTAN, sí representa al núcleo de potencias ascendentes que cuestionan los pilares fundamentales del orden internacional.
- La centralidad del dólar y del sistema financiero dominado por EE. UU.
- La arquitectura institucional heredada de los acuerdos de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial).
- La primacía normativa de Occidente en comercio, seguridad y gobernanza global.
China actúa como motor principal del BRICS, Rusia como actor disruptivo, e India y Brasil como poderes en ascenso que buscan mayor autonomía estratégica. Ninguno intenta destruir el sistema internacional, sino reescribir sus reglas en función de una correlación de poder distinta que le aporte equilibrio a sus intereses.

REPLIEGUE HEMISFÉRICO
Tal como ocurrió con la Gran Bretaña y distinto de los procesos de decadencia que vivieron otros imperios de la historia, Estados Unidos no está colapsando. Sin embargo, sí muestra signos de desgaste económico y tecnológico y altos niveles de conflictividad interna, al tiempo que realiza lo que podríamos llamar “un repliegue estratégico”.
La nueva doctrina de seguridad hemisférica presentada por Donald Trump prioriza claramente el control del “patio trasero” (América Latina y el Caribe) sobre la proyección global irrestricta.
Este repliegue no es aislacionista, se trata de una concentración del poder en la zona vital de influencia, un patrón histórico común en imperios bajo presión que lleva a Estados Unidos a reforzar su presencia militar y el tutelaje político en Centroamérica y el Caribe como su Mare Nostrum contemporáneo, y a querer convertir a América del Norte (Canadá y Groenlandia) en parte integral de su territorio “amurallado”.
BRASIL: POTENCIA REGIONAL
Brasil continúa su proceso de ascenso como el actor más ambiguo del continente, ya que es miembro de los BRICS, pero depende del comercio con Estados Unidos y la Unión Europea. En un escenario de ruptura del orden global, Brasil podría:
- Reforzar su autonomía estratégica.
- Convertirse en bisagra entre el mundo occidental y el bloque revisionista.
- Aprovechar el repliegue estadounidense para ampliar su liderazgo regional.
Esa ambición choca con la realidad de que EEUU no parece dispuesto a ceder su influencia en Sudamérica, especialmente considerando los recursos naturales estratégicos (petróleo, litio, cobre, coltán, etc.) que alberga el subcontinente, y el potencial de negocio en infraestructura y venta de armas.

CANADÁ BUSCA SALIDA
Canadá ocupa una posición singular porque es parte integral del bloque occidental y depende profundamente de su relación comercial y de seguridad con Estados Unidos, pero también enfrenta las consecuencias directas del repliegue estadounidense que le obliga a asumir mayor responsabilidad en su seguridad nacional y a diversificar sus relaciones económicas, de ahí su reciente acuerdo comercial con China.
Porque Canadá corre el riesgo de quedar atrapado en las disputas comerciales y estratégicas entre bloques e intenta no ser un actor periférico en el continente que EE.UU. aspira a controlar de punta a punta obviando el peso geopolítico y la independencia de Ottawa.
EL CARIBE
El mar Caribe es un archipiélago de diversidad geopolítica, en él conviven el colonial Puerto Rico y la rebelde y castigada Cuba, con una República Dominicana en constante crecimiento económico pero inmersa en la zona de influencia estadounidense.
También sobreviven los territorios de ultramar de potencias medias europeas, Francia, Países Bajos y Reino Unido, islas que adquieren un valor geopolítico renovado y que viven a merced de un nuevo impulso de Washington por controlar todos los territorios cercanos a sus fronteras y costas.
Y no es poca cosa, porque islas como Aruba, Bonaire y Curazao (Países Bajos) son muy cercanas a la Venezuela que la administración Trump dice controlar y desde las cuales podría aspirar a establecer nodos logísticos, militares y de control marítimo.
Lo mismo aplica para Islas Caimán, y Turcos y Caicos, posesiones de Reino Unido muy cercanas a Cuba que podrían ser militar y logísticamente importantes para una posible acción directa sobre la Antilla Mayor.
Las posesiones de Francia en el Caribe, Guadalupe, Martinica y San Martin, se encuentran en el arco oriental de las Antillas Menores, al norte de Trinidad y Tobago, desde donde se puede ejercer control de seguridad sobre las rutas comerciales del área y que podrían ser, en el nuevo escenario global que intenta construir la Casa Blanca, nuevos puntos de fricción entre los intereses estadounidenses y europeos, como está ocurriendo con Groenlandia.
¿TRANSICIÓN O RUPTURA?
A diferencia del fin de la Guerra Fría (1991), el momento actual carece de un vencedor claro y de un marco institucional capaz de absorber el cambio, de hecho, el ascenso de los BRICS no cuenta con un nuevo consenso global, y el repliegue estadounidense no sólo debilita su rol tradicional de garante del sistema, sino que va acompañado de su desconocimiento y boicot al sistema de las Naciones Unidas (ONU).
Por tanto, el escenario apunta más a una ruptura prolongada que traería fragmentación del comercio y las finanzas a nivel global, y una división de la seguridad internacional por regiones de influencia que generaría una competencia abierta entre bloques y elevaría el valor estratégico de las zonas de interés vital.
De ahí que la tensión actual entre el hegemón global en repliegue (EEUU) con las potencias emergentes (BRICS) y el bloque intermedio en medio de las contradicciones (Europa+Canadá) haga temer un escenario de confrontación más abierto y directo, como ya sucedió en 1914.

Y aunque los arsenales nucleares ayudan a contener el riesgo bélico por su potencial catastrófico, la competencia por la acumulación de poder atómico continúa, Corea del Norte e Israel, por ejemplo, confían su seguridad y supervivencia al poder de sus arsenales nucleares más allá de su dependencia de China y Estados Unidos, respectivamente, y en ese proceso de fragmentación de la seguridad global que se avizora, Israel aspira a ser la fuerza dominante de su subregión, el Medio Oriente, por encima de un Irán que aún no ha logrado arrebatarle esa posibilidad, pese a ser el candidato natural e histórico a ese puesto.







