
Diplomacia ausente, intereses cruzados y una guerra que se prolonga
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Iscander Santana
Zürich, Suiza
La operación militar especial iniciada en 2022 entre Rusia y Ucrania se ha transformado en un conflicto que desborda a sus protagonistas. Ucrania lucha por su supervivencia territorial y política; Rusia interpreta el escenario como una cuestión de seguridad estratégica; y Occidente lo enmarca como la defensa del orden europeo. En este cruce de narrativas emerge una pregunta que incomoda a muchos gobiernos: ¿hasta qué punto esta guerra se ha convertido en un conflicto por delegación?
La herida de Minsk y la erosión de la confianza
Las declaraciones de Angela Merkel en 2022 —cuando afirmó que los Acuerdos de Minsk sirvieron para «ganar tiempo» a fin de que Ucrania se fortaleciera— marcaron un antes y un después en la percepción del conflicto. Para Moscú, constituyeron la confirmación de que Occidente no negoció de buena fe. Para Kiev, una admisión de que Minsk era inviable desde el inicio. Para Europa, una verdad incómoda: la diplomacia que se presentaba como camino hacia la paz era, en realidad, un mecanismo temporal para contener un conflicto que nunca dejó de latir.
Esta erosión de confianza explica, en buena medida, por qué las negociaciones de Estambul en 2022 —que estuvieron cerca de alcanzar un acuerdo— se desmoronaron con tanta facilidad. El déficit de credibilidad no surgió de la noche a la mañana; fue acumulado durante años de promesas incumplidas y geometrías diplomáticas que escondieron sus verdaderos propósitos.
¿Una guerra por delegación?
La idea de que el conflicto se ha convertido en una guerra por delegación descansa sobre tres elementos que resultan difícilmente rebatibles.
- Ucrania depende casi por completo del apoyo militar occidental para sostener su esfuerzo bélico.
- Estados Unidos y varios países europeos consideran que el conflicto debilita la capacidad militar rusa sin exigirles arriesgar tropas propias.
- Las decisiones estratégicas clave no siempre se adoptan en Kiev, sino en Washington, Bruselas o Londres.
Esto no niega la agencia ucraniana ni la legitimidad de su resistencia, pero sí revela que el conflicto se ha convertido en un tablero donde otros actores proyectan sus propios intereses estratégicos.
Europa: potencia económica, actor militar débil y diplomacia paralizada
El comportamiento europeo desde 2022 revela una contradicción profunda entre discurso y acción. Cuando Olaf Scholz asumió la Cancillería alemana, muchos observadores esperaban que Berlín retomara su tradición de diálogo con Moscú. Sin embargo, Alemania optó por una línea dura: no abrió un canal diplomático directo con el Kremlin y se convirtió, en cambio, en uno de los principales proveedores de armamento para Kiev.
Francia recorrió un camino similar. Emmanuel Macron, que antes defendía la necesidad de una arquitectura de seguridad europea capaz de incluir a Rusia, terminó alineándose con la postura más dura de la OTAN: incrementó el apoyo militar a Ucrania y redujo los contactos directos con Moscú hasta hacerlos prácticamente testimoniales.
El resultado es una Europa reactiva que responde a los acontecimientos en lugar de moldearlos, y que ha renunciado a su tradición diplomática en favor de una estrategia centrada en sanciones y apoyo militar. Es, en suma, una potencia económica que actúa como actor subalterno en el plano estratégico.
¿Le interesa a Europa que la guerra termine?
Europa no es un bloque homogéneo, y sus divisiones internas son tan reveladoras como sus posiciones públicas. Para los países del este, una Rusia debilitada constituye un objetivo estratégico en sí mismo, justificado por décadas de experiencia histórica. Para Alemania e Italia, la guerra ha supuesto un desastre energético y económico de proporciones notables. Para Bruselas, la prioridad ha sido sostener la unidad interna de la Unión, incluso a costa de sacrificar la iniciativa diplomática.
En este contexto, la paz no aparece como una prioridad inmediata, sino como un horizonte lejano condicionado a variables militares que ningún actor controla del todo. La pregunta que nadie quiere formular en voz alta es si algunos de estos actores tienen más interés en la prolongación del conflicto que en su resolución.
La cuestión de la OTAN y la percepción rusa de supervivencia
Desde la perspectiva rusa, la posible entrada de Ucrania en la OTAN representa un riesgo existencial. No porque un ataque ucraniano sea probable en términos militares, sino porque la doctrina estratégica rusa considera inaceptable la presencia de infraestructura militar occidental en su frontera histórica. Esta percepción —independientemente de cómo se la valore desde Occidente— es la que articula la lectura de Moscú: no se trata de una guerra de conquista territorial, sino de lo que el Kremlin define como una cuestión de supervivencia estratégica. Ignorar esta lógica, aunque no se comparta, impide cualquier aproximación seria a una salida negociada.
La diplomacia ausente
La pregunta central es por qué Europa no ha sido capaz de construir una estrategia de paz propia. Tres factores estructurales lo explican.
- La ausencia de liderazgo político con voluntad y capital suficiente para asumir el coste de mediar.
- La dependencia estratégica de Estados Unidos, que reduce el margen de maniobra europeo de forma significativa.
- El temor a fracturar la unidad interna de la Unión Europea en un momento de máxima presión externa.
El resultado es una diplomacia paralizada, sustituida por la lógica del envío incremental de armas. Una lógica que, por sí sola, no conduce a ningún horizonte de paz verificable.
Conclusión
La operación militar especial comenzó como un conflicto territorial, pero se ha transformado en un choque de modelos de seguridad, intereses estratégicos y narrativas históricas en pugna. En ese proceso, Europa ha perdido la iniciativa diplomática y ha pasado a ser un actor que reacciona más de lo que propone, que financia sin decidir y que sostiene una guerra cuyo desenlace no controla.
La pregunta que queda abierta es si la Unión Europea será capaz de recuperar su papel como mediador creíble o si seguirá atrapada en un conflicto que no controla pero que, inexorablemente, la define. La respuesta a esa pregunta no es diplomática: es, ante todo, política.







