
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autorMarcell SÁNCHEZ
Es irónico e hipócrita, decir que el PLD y/o FUPU, robó más que el PRM dominicano, ese es el argumento de la defensa de personeros del gobierno actual, no compro esa excusa, todos en el 2020 y 2024 en R. Dominicana votamos por gente que no iban a robar, y ya hoy las denuncias y sometimientos dicen que se robó igual, que las administraciones pasadas.
“Otros gobiernos robaron más, fueron 20 años, el robo de gente del PRM, fue MÍNIMO, en 6 años, somos mejores que ellos” me dijo alguien, y me caí de la risa.
El robo al erario no es un crimen común. No se ejecuta en la oscuridad de un callejón, ni con pistolas amenazantes, ni con prisas de ladrón amateur. Se comete a plena luz del día, entre alfombras rojas y discursos grandilocuentes, con la lentitud calculada de quien sabe que el sistema le protegerá.
Es un delito de cuello blanco, de sonrisas diplomáticas y trajes italianos, donde las víctimas son millones, pero los culpables rara vez ven las rejas de una cárcel, se enferman.
Este es el relato del mayor de los crímenes: Aquel que no solo vacía las arcas del Estado, sino que destruye el futuro de generaciones enteras. Un crimen que se mide no solo en ceros perdidos en cuentas offshore, sino en escuelas que nunca se construyeron, en medicinas que nunca llegaron a los hospitales, en puentes que colapsaron antes de tiempo.
El robo al erario es un arte perverso que se perfecciona con los años. Tiene múltiples caras, todas igualmente devastadoras:
La sobrefacturación, ese juego macabro donde un ladrillo vale oro y un vial de medicina alcanza precios de joyería fina. Es el saqueo disfrazado de compra pública, donde los números se inflan como globos hasta reventar, dejando en el aire el polvo de los billetes que nunca se usaron para lo prometido.
El desvío de recursos, ese acto de prestidigitación donde el dinero destinado a comedores infantiles termina financiando yates en el Mediterráneo, el Caribe, o cualquier otro destino extra paradisíaco. Es magia negra de la peor especie: la que convierte el sudor de los contribuyentes en mansiones en Miami, mientras en los pueblos la gente bebe agua contaminada.
Las privatizaciones amañadas, esa ceremonia donde lo público se vende por monedas a amigos del poder. Aerolíneas, minas, bancos, recursos naturales—todo pasa a manos privadas en negocios tan opacos que ni la luz logra penetrarlos. Y cuando la empresa quiebra, el Estado rescata las pérdidas con más dinero público. Un círculo perfecto de expolio.
Los números del saqueo son tan grandes que pierden sentido.
¿Qué significa que la corrupción cueste $3.6 billones de pesos anuales? ¿Cómo entender que en RD equivalga al 5% del PIB—más que todo el presupuesto educativo?
Pero el dinero no desaparece solo cambia de manos. Viaja a paraísos fiscales, se esconde en trust en las Islas Caimán, Panamá, se lava en propiedades de lujo en Nueva York, Miami o Madrid. Mientras, en los pueblos, los maestros dan clase bajo árboles porque las aulas prometidas nunca llegaron.
Lo más indignante no es el robo, sino que casi nunca hay consecuencias. En Rep. Dominicana solo el 1% de los casos de corrupción terminan en sentencia. Los motivos son tan obvios como deprimentes:
1. Jueces comprados o intimidados que archivan casos con excusas técnicas.
2. Leyes hechas a la medida para proteger a la clase política, como la infame Ley CRITERIO de OPORTUNIDAD Y dicen: «devolví, así que no hare cárcel»
3. Una sociedad cansada que ha normalizado el «roba, pero hace obras», como si el saqueo fuera un impuesto adicional.
Es la gran paradoja: el ladrón de una tienda va a la cárcel, pero el que roba millones desde un despacho público recibe aplausos y hasta se postula para otro cargo.
Los Cómplices Necesarios: los ricos, es la 2da parte.






