
El actual presidente de EE UU regresó a principios del 2025 con una agenda doméstica y exterior de las más agresivas de la historia reciente
Washington despide 2025 con una escena reconocible y, a la vez, nueva: Donald Trump ha vuelto a convertir la Casa Blanca en el centro de una tormenta política permanente, pero esta vez con más oficio, más cuadros y menos complejos. El 20 de enero, cuando juró el cargo, prometió rapidez y contundencia. Once meses después, incluso sus detractores admiten que cumplió lo primero; lo segundo sigue abierto a interpretación. La pregunta que ordena el balance no es si ha gobernado, sino cómo: empujando el poder presidencial hasta el límite y tensando economía, alianzas y el clima interno que anticipa las legislativas de 2026
Su regreso no fue una segunda parte nostálgica, sino una ofensiva política con manual. La administración llegó con una agenda doméstica y exterior de las más agresivas de la historia reciente, y con una disposición inusual a explorar «resquicios» legales en normas y tradiciones que durante siglos habían funcionado como frenos informales. Esto en referencia a su estrategia de gobernar en el filo: avanzar, litigar, perder a veces y, aun así, capitalizar el choque como prueba de que «lo intentaron».
El momento que cristalizó esa filosofía llegó el 26 de agosto, durante una reunión de gabinete de más de tres horas. Trump, ante cámaras, soltó una frase que ningún presidente suele pronunciar en voz alta: «Tengo derecho a hacer cualquier cosa que quiera. Soy el presidente de EE UU». Fue munición para demócratas y juristas que lo acusan de comportarse como un «wannabe king», pero también un mensaje interno: en Trump 2.0 la prioridad no es el consenso, sino la demostración de mando.
En el Capitolio, el Partido Republicano actuó menos como contrapeso que como palanca. La gran victoria legislativa del año fue la One Big, Beautiful Bill Act, firmada el 4 de julio. La Casa Blanca la presentó como el paquete que «lo tiene todo»: prolonga recortes fiscales y activa deducciones emblemáticas de campaña, como «no tax on tips» y «no tax on overtime», con impacto ya en el año fiscal 2025. Para Trump, era el trofeo perfecto: convertir un eslogan en ley y amarrar a su partido a un programa económico de sello propio. Pero la economía –la razón principal por la que muchos votantes le devolvieron el poder– terminó siendo también su talón de Aquiles. La inflación y el costo de vida siguieron pesando y, hacia el cierre del año, el desgaste se nota en los termómetros públicos. Una encuesta AP-NORC de diciembre sitúa su aprobación general en 36% y marca un desplome en su manejo de la economía hasta 31%, el punto más bajo del periodo, además de una caída en inmigración (de 49% en marzo a 38% en diciembre, según ese mismo seguimiento). El dato tiene lectura política inmediata: los dos temas que lo impulsaron de vuelta –economía e inmigración– son precisamente los que se le están volviendo vulnerabilidades. En paralelo, el promedio de «RealClearPolitics» lo deja alrededor del 44% de aprobación a estas alturas, una cifra que, sin ser catastrófica, entra en la zona incómoda para un presidente que afronta «midterms» en un año. La «ley de hierro» electoral estadounidense –que suele castigar al partido en el poder en las legislativas– empieza a colarse en los cálculos de ambos bandos.
Si hay una palabra que define la política económica de Trump en 2025 es «tarifas». El proteccionismo volvió como herramienta multiuso: presión comercial, gesto nacionalista y palanca diplomática. En diciembre, por ejemplo, Trump reactivó la amenaza arancelaria contra México en una disputa vinculada al agua del Río Grande, mostrando cómo el arancel ya no es solo política industrial: es un botón rojo para forzar negociaciones en casi cualquier dossier. Economistas y analistas fiscales advierten de que ese impulso, de sostenerse, tiende a trasladarse a precios y a tensionar cadenas de suministro, justo donde el ciudadano percibe el golpe con mayor claridad.
La política exterior también cambió de tono –y de prioridades – con efectos directos en Europa. En los últimos meses, las capitales europeas han oscilado entre la cautela y la alarma ante un Washington que combina exigencias «transaccionales» (más gasto militar, menos regulación europea a empresas estadounidenses, menos margen para «desalineamientos») con un discurso ideológico que erosiona la confianza. El «Financial Times» ha descrito, por ejemplo, cómo el estilo confrontacional de Trump abre grietas dentro de la propia UE: algunos líderes apuestan por negociar directamente con la Casa Blanca, otros por mantener una respuesta coordinada. Esa reorientación quedó formalizada con la publicación, el 4 de diciembre, de la «National Security Strategy 2025». El documento –que la Casa Blanca presentó como guía de «prioridades»– insiste en el hemisferio occidental, la inmigración y el comercio, y reduce el énfasis explícito en la»competencia de grandes potencias» que había dominado las estrategias previas. Para observadores, el cambio no es solo semántico: sugiere una política exterior más abierta a «esferas de influencia» y menos comprometida con el lenguaje clásico del «orden internacional basado en reglas», una idea que Europa ve como una señal de distanciamiento estratégico.
La inmigración, en casa, fue motor constante. Trump apostó por una narrativa de control –deportaciones, presión a países vecinos, despliegue federal–, pero el método empieza a pasar factura. La misma medición AP-NORC detecta que su aprobación en inmigración cae diez puntos desde marzo. Hay una paradoja: la «seguridad fronteriza» sigue siendo su mejor terreno, pero la percepción de mano dura «sin matices» puede estar empujando a parte del electorado a separar «control» de «crueldad» y a castigar el exceso. A ese clima de confrontación se sumaron episodios que reforzaron la sensación de un Ejecutivo dispuesto a estirar sus prerrogativas. En el frente internacional y de cooperación, la Casa Blanca dio luz verde a una ofensiva liderada desde fuera del gobierno por Elon Musk –convertido en aliado estratégico informal– para desmantelar y vaciar de funciones a USAID, bajo el argumento de combatir el «desperdicio global» y replegar recursos hacia prioridades domésticas, lo que encendió alarmas en el Congreso y entre socios históricos de Washington.
En el plano interno, Trump autorizó el despliegue de la Guardia Nacional en varios Estados ante protestas vinculadas a inmigración y orden público, chocando abiertamente con gobernadores demócratas que denunciaron una federalización forzada de la seguridad. Al mismo tiempo, el aumento sostenido de deportaciones ejecutadas por ICE –presentado por la Casa Blanca como prueba de eficacia– intensificó la fricción con ciudades santuario y reavivó debates legales sobre debido proceso. En conjunto, estos movimientos consolidaron la imagen de un Trump 2.0 más centralizador, menos dispuesto a negociar con actores subnacionales y convencido de que el conflicto abierto es, en sí mismo, una herramienta de gobierno. Por si fuera poco, el trumpismo también ha mostrado fisuras internas y señales de fatiga en los sectores MAGA: críticas por el foco en política exterior, por cercanías con las élites económicas y por respuestas consideradas frívolas ante el costo de vida. No es una rebelión, pero sí una advertencia: si el «America First» no se traduce en alivio cotidiano, ni siquiera la lealtad emocional garantiza silencio.
Así, 2025 cierra con un Donald Trump que presume de energía y velocidad, y con un país que acumula cansancio. Su entorno insiste en que el año 2026 traerá dividendos visibles del «Big, Beautiful Bill» y de la agenda industrial. Sus adversarios ven un presidente que ha normalizado la política como choque poniendo a prueba las costuras de su sistema.
Fuente: La Razón







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