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Por Iscánder Santana | Zúrich, Suiza
Hace unos meses, mientras revisaba los titulares que llegaban desde Washington, no pude evitar una extraña sensación de déjà vu histórico. No era el nombre de Donald Trump lo que me venía a la mente, sino otro, mucho más antiguo: Calígula, el tercer emperador de Roma.
La comparación, que en un principio me pareció un recurso retórico propio de las redes sociales, ha ido ganando cuerpo entre analistas de peso. Columnistas del Financial Times, académicos de Harvard y politólogos de diversas latitudes han comenzado a trazar paralelismos entre el actual presidente estadounidense y el emperador romano. La pregunta ya no es si la analogía es pertinente, sino hasta dónde alcanza.
El regreso de la política del espectáculo
Cuando Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, muchos imaginaron que los cuatro años fuera del poder le habrían dejado alguna lección de moderación. Nada más lejos de la realidad. Las primeras semanas de su segundo mandato no fueron de transición, sino de embestida: órdenes ejecutivas que desmantelaban agencias enteras, indultos masivos a condenados por el asalto al Capitolio, un gabinete compuesto por multimillonarios sin experiencia de gobierno.
Pero es en los meses posteriores, especialmente a lo largo de 2026, donde la analogía con Calígula ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una lente explicativa de una realidad que, de otro modo, resultaría incomprensible.
El historiador romano Suetonio nos legó el retrato de un emperador que confundió el poder con la licencia absoluta. Calígula se presentaba ante sus súbditos como un dios viviente, vació las arcas del imperio en fastos personales y humilló sistemáticamente al Senado hasta convertirlo en un ornamento. Hoy vemos a un presidente que adorna los espacios oficiales con motivos dorados, ordena cambiar el nombre de monumentos nacionales para inmortalizar su legado, se compara con figuras mesiánicas y trata al Congreso como un obstáculo molesto antes que como un poder constitucional.
Más allá de la personalidad: el verdadero peligro
Sin embargo, aquí quisiera introducir un matiz esencial. Centrarnos únicamente en las similitudes de carácter entre Trump y Calígula sería quedarnos en la superficie del problema. Un hombre con inclinaciones autoritarias que llega al poder no es una novedad histórica: ha ocurrido antes y volverá a ocurrir. Lo que sí constituye una novedad sin precedentes es que ese hombre tenga ahora a su disposición el poderío militar, tecnológico y nuclear más formidable que haya existido jamás.
Calígula, por cruel y excéntrico que fuera, gobernaba un imperio sin misiles intercontinentales, sin drones de vigilancia masiva, sin un arsenal capaz de aniquilar la vida en el planeta varias veces y en varias formas. La diferencia entre aquel poder y este no es de grado, sino de especie.
Lo que estamos presenciando en 2026 es precisamente esa combinación explosiva. La operación militar en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro no fue consultada al Congreso. Los ataques coordinados con Israel contra objetivos iraníes se ejecutaron con una opacidad que desafía cualquier protocolo anterior. Las amenazas de anexar Groenlandia —territorio soberano de un aliado de la OTAN— han dejado perplejos incluso a los gobiernos europeos más acostumbrados a absorber las provocaciones de Washington.
La institucionalidad bajo asedio
Un aspecto que me preocupa de manera particular es el ataque sistemático a las instituciones. Durante décadas, los países de América Latina hemos sufrido las consecuencias de líderes que se creían por encima de la ley: hemos visto cómo se capturan fiscalías independientes, cómo se persigue a la oposición bajo cargos fabricados, cómo el aparato del Estado se convierte en instrumento de venganza personal.
Hoy, en Estados Unidos, asistimos a un proceso análogo. El intento de utilizar el Departamento de Justicia para procesar a seis congresistas demócratas acusados de «sedición» por oponerse a la agenda presidencial no es un escándalo menor ni una excentricidad aislada. Es la utilización deliberada del aparato represivo del Estado contra adversarios políticos. Es, en términos precisos, la criminalización de la oposición.
El factor latinoamericano
Para los lectores dominicanos, este escenario no debería resultar ajeno. Nuestra historia está llena de capítulos donde la concentración del poder condujo a crisis institucionales de las que tardamos generaciones en recuperarnos. La diferencia —y esta diferencia importa— es que, en nuestro caso, esos procesos ocurrían en países pequeños, con economías frágiles y proyección internacional limitada. Ahora, el país más poderoso del mundo está transitando un camino que nosotros conocemos demasiado bien.
¿Quién controla a Estados Unidos cuando su presidente decide lanzar una operación militar sin consultar al Congreso? ¿Qué mecanismo internacional existe para frenar la anexión del territorio de un Estado aliado? Las preguntas no son retóricas: son las preguntas que los cancilleres del mundo se están haciendo sin encontrar respuesta.
El espectáculo como método de gobierno
Hay otro elemento perturbador que merece atención: la conversión de la política en espectáculo permanente. Cada orden ejecutiva, cada declaración incendiaria, cada amenaza territorial está diseñada para generar titulares, para dominar el ciclo de noticias y agotar la capacidad de reacción ciudadana. Las consecuencias reales quedan relegadas; lo que importa es la escena.
Esta estrategia tiene un efecto paralizante sobre la oposición y la sociedad civil. Cuando cada día trae un nuevo escándalo de magnitud comparable al anterior, es imposible sostener la atención y la energía necesarias para resistir en todos los frentes a la vez. El caos no es un efecto secundario del estilo de gobierno: es su método.
Una reflexión final
No escribo estas líneas con ingenuidad. El poder tiene una tendencia natural a concentrarse, y la historia democrática es, en buena medida, la historia de los esfuerzos por contenerlo. Pero lo que estamos viendo en Estados Unidos trasciende las tensiones ordinarias de la vida democrática.
La comparación con Calígula no es perfecta, como no lo es ninguna analogía histórica. Pero la esencia del problema es la misma: un líder que se cree por encima de las leyes y las instituciones, que confunde su voluntad con el interés nacional, que convierte el poder en un atributo personal antes que en una función pública. La diferencia es que ahora ese líder tiene acceso a instrumentos de destrucción que Calígula ni siquiera podía imaginar en sus delirios más grandiosos.
En República Dominicana, donde hemos aprendido a un costo altísimo lo que significa vivir bajo el autoritarismo, deberíamos ser especialmente sensibles a estas señales. La defensa de las instituciones, de la separación de poderes, del Estado de derecho, no es un lujo teórico reservado a las democracias consolidadas. Es la única garantía de que la política siga siendo un instrumento al servicio de los ciudadanos y no al servicio de quien la ejerce.
Queda por ver si la democracia estadounidense tiene la fortaleza suficiente para resistir esta prueba. Porque si la democracia más poderosa del planeta puede caer en manos de un nuevo Calígula, entonces ningún sistema está realmente a salvo.







