
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Dicen los viejos del pueblo que los ríos también tienen alma. Que sienten, que recuerdan y que, cuando el ser humano los hiere demasiado, terminan hablando a su manera. El Yaque, ese que atraviesa la historia y la geografía del Cibao, pareciera a veces un gigante cansado, un viejo sabio que decidió dormir mientras los hombres olvidan su importancia.
Así luce muchos días: tranquilo, silencioso, casi inmóvil, como si descansara de tantos años de acompañar pueblos, sembradíos y esperanzas. El Yaque dormilón parece mirar desde su cauce cómo la vida corre a su alrededor. Niños jugando cerca de sus orillas, campesinos mirando al cielo esperando lluvia, y ciudades creciendo como si el río fuera solo parte del paisaje.
Pero el Yaque no siempre duerme.
Cuando despierta, lo hace recordándole al ser humano que su espacio no es negociable. Entonces el agua se levanta, se expande y recorre con fuerza lo que alguna vez fue suyo. Las casas que se acercaron demasiado, los muros que pretendieron detenerlo, y la indiferencia de quienes olvidaron respetarlo, quedan frente a la realidad de un río que solo busca su camino.
No es rabia lo que mueve al Yaque cuando crece; es memoria.
Memoria de los árboles que antes lo abrazaban, de las piedras limpias que dibujaban su cauce, de los peces que nadaban sin miedo. Memoria de cuando el ser humano entendía que la naturaleza no se domina, se respeta.
Hoy muchos lo miran y dicen: “el río está dormido”.
Y sí, parece dormido pero en realidad está esperando.
Esperando que aprendamos antes de que tenga que despertar otra vez.
Porque los ríos, aunque callen, siempre terminan hablando. Y cuando hablan con agua, la naturaleza no discute simplemente recuerda quién llegó primero.







