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Por Becker Márquez Bautista
Para mí, la política es el arte de servir y no de servirnos. Es la actividad humana orientada a tomar decisiones colectivas, regular el poder, gestionar conflictos y organizar la convivencia armónica en una sociedad. Desde ella se forjan los aportes que requiere la democracia para que, al ascender al poder, se logre transformar verdaderamente la realidad ciudadana y mejorar la calidad de vida de la gente.
Sin embargo, cuando los actores políticos olvidan este propósito fundamental, caen en el peor de los vicios: el triunfalismo. Este fenómeno no es más que la tendencia a exhibir un optimismo desmedido y una seguridad exagerada frente a las posibilidades de victoria. Implica una actitud de superioridad fundamentada en la sobreestimación de las propias capacidades y, casi siempre, en la subestimación de la inteligencia del electorado.
En el panorama actual de la República Dominicana, esta patología política está consumiendo a las principales organizaciones partidarias. A destiempo y con una desconexión pasmosa de la realidad diaria, observamos a ciertas cúpulas y supuestos líderes actuar como si el país fuera un botín asegurado. Los partidos dominicanos se han enfrascado en una burbuja de espejismos donde ya no debaten ideas ni proyectos de nación para convencer al ciudadano, sino que se dedican al prematuro y vergonzoso reparto de cargos gubernamentales para unas elecciones que aún están a años de distancia.
Este comportamiento respecto a los comicios de 2028 es un insulto a la democracia. Exhiben un exceso de confianza que se manifiesta en la absurda creencia de que ya han ganado y que solo están a la espera de que les entreguen las llaves del Palacio Nacional. Al sentirse tan seguros del triunfo, estos grupos han bajado la guardia, embriagándose de soberbia y alejándose de las verdaderas necesidades de las bases y del pueblo.
Recientemente se filtró un audio en el que uno de los líderes políticos de la oposición se expresaba muy molesto por el triunfalismo que exhibe su militancia y la arrogancia con la que se están repartiendo cargos sin haber ganado. Coincido plenamente con lo que expresó: algunos pequeños pichones de dictadores, que en realidad no le suman nada a esa organización política, se comportan como si ya no necesitaran el apoyo de nadie. Cuando alguien llega a sus filas y se juramenta, solo lo utilizan los primeros tres días para el telediario, le compran un bizcocho y hasta luego.
Lo que la miopía del poder no les deja ver es que esta actitud arrogante los está conduciendo a cometer errores estratégicos irreparables. La historia política es implacable con los soberbios. Si continúan con esta actitud triunfalista y este festín de cargos imaginarios sin haber contado un solo voto, lo único que les espera en el 2028 es una profunda decepción y una derrota aplastante e inesperada. Las elecciones no se ganan en la imaginación de los dirigentes, se ganan en las urnas; y el pueblo dominicano sabe castigar en silencio a quienes dan por sentado su voto antes de habérselo ganado.







