
Por Johan Rosario
En el campo dominicano el día no comienza cuando sale el sol. Comienza un poco antes, cuando el paisaje se pone a cantar.
Desde las palmas reales baja el parloteo incansable de la cigua palmera; en los patios, sabanas y orillas de caminos se responden rolitas, palomas, cigüitas y ruiseñores. No es un pájaro: es una orquesta diminuta anunciando que la vida vuelve a abrir sus ventanas.
Tamboril despierta así, entre hojas todavía mojadas, olor a tierra húmeda, motores que comienzan a rodar y alguna bachata escapándose bajito de una casa.
Pero hay otro oficio que también madruga y que pocas veces recibe el homenaje que merece: el del maestro.
El profesor que llega temprano, abre un libro y, sin saberlo, puede abrir también el destino de un muchacho.
Tuve el privilegio de crecer rodeado de una generación extraordinaria de educadores: Mirta Rodriguez, Venecia Ovalles , Malena y Chave Vega, Germania Pichardo , Yania Comprés, Dominga Fabián, Felipa y Fermín de los Santos; las inolvidables Yolanda de León y Yolanda Vargas; Manuel Capellán, aquel director noble y cariñoso; Mariano y su esposa Milagros.
Después, en secundaria, llegarían mis queridos queridos Manuel Domínguez, Alcides Ventura , Nidia Amézquita, Javier Mejía -formador de generaciones en disciplina y principios-, Luis Padilla, Ramón, eterno profesor de Contabilidad; Fernando Fernández, Lourdes Henríquez, Sonia Rojas, Herminia Collado, Matacaba, Tule Guareño.
Una generación de oro.
Tal vez ellos no alcanzaron a saber cuántas vidas estaban construyendo mientras corregían una libreta, explicaban por tercera vez una lección o llamaban la atención a aquel muchacho inquieto que juraba que ya lo sabía todo.
Los años nos enseñan después que muchas de aquellas reprimendas eran cariño disfrazado de firmeza.
Hoy, cuando vuelvo la mirada hacia aquel Tamboril de aulas sencillas y maestros inmensos, entiendo que también ellos fueron artesanos, aunque no trabajaban hojas de tabaco ni madera ni tierra.
Trabajaban seres humanos.
Y algo de sus manos permanece en nosotros.
Por eso esta mañana, mientras las rolitas conversan en los patios, la cigua palmera alborota las palmas y la lluvia devuelve el verde a nuestros campos, mi memoria regresa agradecida a aquellos maestros que enseñaban con amor, disciplina y una entrega que difícilmente cabía en el salario.
Buenos días, Tamboril querido.
Que canten los pájaros, que despierten los caminos y que nunca olvidemos a quienes, mucho antes de que supiéramos qué haríamos con nuestras vidas, ya estaban ayudándonos a construirlas.







