
Por Glovis Reyes Aglon
En las relaciones humanas, la sensibilidad, la empatía y la solidaridad son valores indispensables. Nos permiten comprender el dolor ajeno, acompañar a quien atraviesa una dificultad y ofrecer ayuda cuando alguien realmente la necesita. Sin embargo, existe una conducta que merece ser observada con atención: utilizar la posición de víctima como una estrategia deliberada para despertar compasión, evitar responsabilidades o conseguir que los demás cedan ante determinadas pretensiones.
Victimizarse no significa necesariamente mentir sobre un sufrimiento. Una persona puede haber sido realmente herida, traicionada, injustamente tratada o perjudicada y, aun así, utilizar posteriormente ese sufrimiento como instrumento para controlar una situación. El problema aparece cuando el dolor deja de ser una experiencia que necesita ser comprendida y se convierte en una herramienta para obtener ventajas.
Cuando la víctima se convierte en estrategia
Hay personas que, ante un conflicto, en lugar de reconocer su participación en los hechos, construyen un relato en el que siempre ocupan el lugar de la víctima y los demás aparecen como responsables. De esta manera consiguen despertar sentimientos de culpa, compasión o temor en quienes las rodean.
La estrategia puede ser muy sutil. Puede manifestarse mediante frases como: “Después de todo lo que he sufrido, ¿cómo puedes hacerme esto?”, “Nadie me comprende”, “Siempre termino siendo la persona perjudicada” o “Si realmente me quisieras, harías lo que te estoy pidiendo”.
En estos casos, la sensibilidad de los demás puede convertirse en el punto débil que permite conseguir un objetivo. Quien escucha siente compasión y, para evitar aumentar el supuesto sufrimiento de la otra persona, termina cediendo. Así, la emoción sustituye al diálogo y la culpa ocupa el lugar de la responsabilidad.
La manipulación emocional detrás de la victimización
La manipulación emocional no siempre ocurre mediante amenazas o agresiones evidentes. En ocasiones adopta una apariencia mucho más vulnerable. La persona manipuladora puede presentarse como frágil, incomprendida o permanentemente perjudicada.
Esto puede generar una dinámica peligrosa: cada vez que surge un conflicto, la discusión deja de centrarse en lo ocurrido y pasa a centrarse en quién está sufriendo más. De esta manera, la persona que cuestiona una conducta termina sintiéndose culpable por haberlo hecho.
El resultado es que quien se victimiza logra cambiar el foco de atención. Ya no se analiza su responsabilidad, sino que los demás se preocupan por consolarla. Y cuando la compasión se utiliza para impedir que una persona sea cuestionada, deja de ser un acto de solidaridad y puede convertirse en una forma de control.
Sensibilizar no significa dejarse manipular
Ser sensibles ante el dolor de los demás no significa aceptar todo lo que hagan. La empatía tampoco exige renunciar a nuestros límites.
Podemos comprender el sufrimiento de una persona y, al mismo tiempo, señalar que ha cometido un error. Podemos reconocer que alguien ha sido lastimado y, simultáneamente, pedirle que asuma su responsabilidad. Podemos escuchar a alguien que se siente víctima sin aceptar automáticamente su versión de los acontecimientos.
Esta distinción es fundamental: comprender no significa justificar; escuchar no significa obedecer; sentir empatía no significa renunciar al criterio propio.
El peligro de convertir siempre a los demás en culpables
Cuando una persona se acostumbra a ocupar permanentemente el papel de víctima, puede llegar a desarrollar una percepción distorsionada de sus relaciones. Cada límite que los demás establecen puede interpretarlo como rechazo. Cada crítica puede convertirse en una agresión. Cada desacuerdo puede ser presentado como una nueva prueba de que “todos están en su contra”.
El problema es que esta dinámica termina afectando las relaciones. Familiares, amigos, parejas o compañeros pueden comenzar a sentirse emocionalmente agotados, porque cualquier intento de establecer límites desencadena una nueva escena de sufrimiento, reproches o culpabilización.
En consecuencia, quienes rodean a la persona pueden terminar cediendo no porque estén convencidos, sino simplemente para evitar conflictos. Y cuando alguien consigue sistemáticamente lo que quiere mediante la culpa o la compasión, la victimización se transforma en una estrategia eficaz para “salirse con la suya”.
No debemos confundir vulnerabilidad con manipulación
Es importante, sin embargo, evitar otro extremo. No toda persona que cuenta sus dificultades está manipulando. Hay quienes realmente necesitan ser escuchados, acompañados y comprendidos. Hay personas que han sufrido injusticias y tienen derecho a expresar su dolor.
La clave está en observar el patrón.
Una persona vulnerable puede buscar apoyo, pero también puede aceptar que los demás tengan una perspectiva diferente. Una persona que utiliza la victimización como estrategia suele convertir repetidamente su sufrimiento en una herramienta para obtener concesiones, evitar consecuencias o silenciar cualquier cuestionamiento.
Por eso, más que preguntarnos únicamente “¿quién es la víctima?”, deberíamos preguntarnos también: ¿qué está ocurriendo realmente?, ¿qué responsabilidad tiene cada persona?, ¿se están respetando los límites?, ¿hay espacio para escuchar todas las versiones?
Aprender a poner límites
Frente a la victimización manipuladora, una de las respuestas más saludables es establecer límites claros. No se trata de responder con crueldad ni de ignorar el sufrimiento ajeno, sino de evitar que la compasión sea utilizada para controlar nuestras decisiones.
Podemos decir: “Entiendo que estés dolido, pero eso no cambia mi posición”. También podemos expresar: “Lamento que te sientas así, pero necesitamos hablar de tu responsabilidad en lo ocurrido”.
Estas respuestas permiten mantener la empatía sin entregar nuestra voluntad.
Una sociedad sensible, pero también consciente
La sensibilidad es una virtud cuando nos hace más humanos. Pero una sociedad verdaderamente empática debe aprender también a distinguir entre el sufrimiento genuino y el uso estratégico del sufrimiento.
Ayudar no significa permitir abusos. Perdonar no significa olvidar los límites. Comprender no significa aceptar cualquier comportamiento. Y sentir compasión no significa conceder a alguien el derecho de manipular nuestras emociones.
La verdadera empatía no consiste en darle siempre la razón a quien dice sufrir. Consiste en escuchar, comprender, analizar y actuar con justicia.
Porque cuando la victimización se convierte en una herramienta para conseguir privilegios, evitar responsabilidades o hacer que los demás cedan, la compasión deja de ser un puente entre las personas y puede convertirse, paradójicamente, en un instrumento de manipulación.
La sensibilidad nos hace humanos; el discernimiento nos permite no ser utilizados.





