
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Iscánder Santana
Zúrich, Suiza
Hay una línea roja en la historia que solo se ha cruzado una vez. En agosto de 1945, Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Desde entonces, ninguna potencia nuclear ha vuelto a usar un arma así en un conflicto. Esa pausa de más de ochenta años no es casualidad. Es un tabú levantado sobre el horror, la vergüenza y el miedo y como todo tabú, se sostiene mientras nadie lo rompa.
Por eso inquieta que, en plena coyuntura electoral estadounidense, haya circulado la especulación de un posible ataque nuclear táctico contra Irán. La Casa Blanca lo desmintió y el propio presidente dijo no tener prisa por tomar esa decisión. Aun así, que la idea flote en el debate público ya dice algo de nuestro tiempo. Lo que ayer era impensable hoy se discute en voz alta, aunque sea para negarlo.
Si el escenario se materializara
Supongamos, solo como ejercicio, que ocurriera. ¿Qué pasaría con el tabú? La respuesta más honesta es que se agrietaría. No se vendría abajo de un día para otro, pero perdería fuerza. Durante décadas la regla ha sido simple — quien use un arma nuclear se convierte en paria. Si la rompe justo el país que ya la rompió en 1945, el mensaje al resto del mundo sería devastador. Ya no diría «esto es intolerable». Diría «esto es posible».
Ahí entra lo más delicado. Otras potencias observarían. Rusia ha insinuado cambios en su doctrina nuclear, aunque sus propios funcionarios aseguran que solo contemplarían ese paso ante armas de destrucción masiva en Ucrania. Pakistán ya sostiene una doctrina de disuasión de espectro completo y no necesita coartada externa para mantenerla. India defiende su «no primer uso» y difícilmente lo soltaría por imitación. Ninguno reaccionaría en cadena ni de forma automática, porque cada uno carga con sus propios frenos. Pero todos verían el precedente, y todos lo guardarían en su arsenal retórico.
La erosión, no el estallido
El verdadero peligro no está en la reacción instantánea sino en el desgaste lento. La frontera entre armas «tácticas» y «estratégicas» ya es borrosa, y un uso real la volvería casi irrelevante. Corea del Norte, Pakistán y otros actores se sentirían menos estigmatizados, menos señalados, menos solos. La barrera psicológica que ha contenido lo incontenible durante ocho décadas se haría más fina.
Nadie sabe con certeza qué vendría después. Pero algo sí sabemos. El tabú nuclear no es una ley física es una decisión colectiva de no repetir el horror. Y las decisiones colectivas, cuando se justifican con suficiencia, pueden deshacerse. Quizá por eso la especulación, aunque sea falsa, merece algo más que un encogimiento de hombros. Merece una pregunta incómoda. ¿Cuánto de ese tabú depende de que Estados Unidos, el único país que lo rompió, siga sin romperlo otra vez?
La respuesta, hoy, es mucho. Demasiado. Y eso basta para tomarse en serio cualquier rumor que insinúe lo contrario.







