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Por Becker Márquez Bautista
Me llama poderosamente la atención observar cómo individuos con un doble discurso y una doble agenda nadan en el mar de la ignorancia sin pulmones y con la nariz tapada. Es el caso específico del legislador que en su momento sometió el proyecto de ley para cercenar y prohibir las candidaturas independientes; hoy, de manera insólita y contradictoria, ese mismo personaje promueve una supuesta candidatura presidencial de Santiago Matías (Alofoke) a través del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).
Para que nos hagamos una idea clara de lo que puede pasar en la República Dominicana y sus nefastas consecuencias futuras, debemos analizar el profundo cansancio de la población respecto a los líderes tradicionales y sus organizaciones políticas. No es un secreto para nadie que, en cada encuesta seria que se realiza al electorado dominicano, la opción «Ninguno» suele ser la más votada. Por eso, este no es el único artículo que hemos dedicado a este tema ni al comportamiento de los supuestos líderes; he sostenido con firmeza que se hace urgente realizar una profilaxis profunda y exigir una mayor formación política, tanto a los simpatizantes como a quienes dirigen las organizaciones partidarias en el país y en el exterior.
Actualmente, la sociedad dominicana está harta de la partidocracia común. Basta con observar fenómenos internacionales recientes como el ocurrido en Colombia, donde un outsider logró capitalizar el descontento y alzarse con el poder; en nuestra media isla puede pasar exactamente lo mismo si seguimos jugando con fuego.
El proceso electoral del 2028 se vislumbra sumamente complejo. Se estima que entre el 50% y el 55% del electorado no asistirá a las urnas, lo que se traduce en un desencanto y una abstención proyectada mucho mayor que la del proceso electoral del 2024. Como demócrata que soy, no me opongo a que el joven Alofoke sea candidato presidencial; si reúne los requisitos que estipula la ley, perfecto. Ahora bien, es imperativo entender que Alofoke no es un accidente aislado, sino una hechura directa de la propia descomposición de nuestra sociedad y de la irresponsabilidad de liderazgos enquistados tanto en el gobierno como en los partidos tradicionales mayoritarios del país.
El peligro real radica en que, históricamente, los partidos mayoritarios debilitaron la democracia al secuestrar el sistema electoral y bloquear con trabas extremas las candidaturas independientes legítimas. Al cerrarle el paso al liderazgo comunitario, profesional, técnico e intelectual que se negaba a arrodillarse ante los caciques de las estructuras partidarias, terminaron pavimentando el camino para que el voto de castigo de la población se refugie en el populismo mediático o en el mero espectáculo, donde la fama algorítmica sustituye a las propuestas de Estado.

Dicho esto, es imposible no sentir una profunda decepción con los miembros de la Junta Central Electoral (JCE) y, evidentemente, con el liderazgo político. El órgano de comicios se prestó descaradamente al juego de las cúpulas partidistas para ponerle un freno institucional a las candidaturas independientes, actuando a sabiendas de la histórica sentencia TC/0788/24 emitida por el Tribunal Constitucional y validando acciones que violan flagrantemente nuestra Carta Magna.
No tiene nada de democrático pretender acorralar al ciudadano y obligarlo a pertenecer de forma mandatoria a un partido político para poder ejercer su derecho constitucional a ser elegido. Lo más sensato, maduro y responsable por parte de las organizaciones partidarias no es torcer la ley para mantener el monopolio del poder, sino hacer una profunda introspección, revisar qué tan mal están haciendo las cosas y corregir el rumbo de una vez por todas si es que de verdad quieren atraer de manera orgánica a la población votante.
Si el árbitro electoral se arrodilla ante el caudillismo interno de los partidos y las leyes cierran las vías democráticas al ciudadano honorable, el sistema colapsa por su propio peso. Al castrar la posibilidad de un relevo político independiente, el sistema de partidos dominicano ha creado su propio monstruo: un escenario donde la Presidencia de la República ya no se debate en el terreno de las ideas, sino en el terreno de los likes, los views y la degradación del debate público. El día que despertemos con el espectáculo gobernando la nación, los culpables no serán los outsiders, sino los partidos tradicionales que le cerraron las puertas a la sensatez.






