
Pekín advierte de que adoptará cuantas medidas resulten precisas para blindar sus intereses legítimos
El régimen de Xi Jinping se mantiene intransigente en Oriente Próximo y no se arruga ante el martillo punitivo de un Donald Trump convencido de poder asfixiar a Teherán por decreto. Frente al ultimátum del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, quien prometió el régimen de represalias secundarias “más severo de la historia” para cortar cualquier auxilio a Irán, la diplomacia china replicó que “se opone tajantemente a las sanciones unilaterales e ilegales que carecen de base en el Derecho Internacional y de la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU”. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Lin Jian, avisó además de que “las acciones militares, sanciones y hostigamiento no resuelven los problemas, solo disparan la tensión y no benefician a nadie”, antes de recalcar que adoptarán cuantas medidas resulten precisas para blindar sus intereses legítimos. Mientras Washington traza líneas rojas, la segunda economía mundial absorbe cerca del 90% del crudo persa y sostiene el pulmón financiero de los ayatolás al margen de los circuitos occidentales.
La Administración Trump juega una partida con cartas marcadas. El líder repubicano busca exhibir músculo ante la cumbre del 24 de septiembre, cuando recibirá a Xi en el Despacho Oval en plena vorágine bélica, pero en su gabinete saben hasta dónde pueden tensar la cuerda. El Tesoro estadounidense ha castigado a refinerías privadas independientes en la provincia de Shandong —como Hengli Petrochemical— y a varias empresas de transporte marítimo radicadas en Hong Kong, pero no se ha atrevido a tocar a l colosos bancarios estatales como el Banco Industrial y Comercial o el Banco de China.
Desconectar a las grandes entidades financieras del régimen asiático del sistema de pagos internacionales desencadenaría un colapso financiero. Pekín lo sabe y negocia desde esa posición de fuerza. Los casi 10.000 millones de dólares en intercambios no petroleros registrados en 2025, sumados a los más de 31.000 millones en hidrocarburos persas que desafían el embargo, representan el peaje que Washington traga para evitar una guerra comercial descontrolada en mitad de una crisis energética.
Ormuz cerrado y el barril bajo control

Con el paso de Ormuz convertido en una ratonera por la que han dejado de transitar gran parte de los 20 millones de barriles diarios habituales, el mercado internacional ha perdido entre un 10 % y un 14 % de su oferta disponible. En los choques de 1973 o 1979, un bocado de apenas la mitad de esa magnitud multiplicó por cuatro las cotizaciones y puso a las economías occidentales de rodillas. Hoy, el barril de crudo de referencia apenas oscila entre los 85 y los 90 dólares, un repunte del 50 % que los parqués financieros han asimilado sin histeria.
La explicación no estriba únicamente en los 400 millones de barriles que la Agencia Internacional de la Energía liberó de urgencia. La auténtica muralla la levantó el arquitecto del ‘sueño chino’ durante dos décadas de acumulación silenciosa. La fábrica del mundo guarda en su subsuelo una reserva estratégica descomunal, suficiente para abastecer sus plantas procesadoras durante más de tres meses sin comprar una sola gota en el exterior.
En cuanto el conflicto disparó las primas de riesgo, Pekín cerró el grifo de las compras por vía marítima —recortándolas en más de tres millones de barriles diarios— y recurrió a sus propios inventarios, secando de golpe la demanda foránea y pinchando la burbuja especulativa en los mercados de futuros. Con más de la mitad de las ventas de vehículos nuevos concentradas en modelos eléctricos y el 60 % del consumo de gas cubierto con yacimientos nacionales de carbón y esquisto, ha asumido el papel de un banco central del petróleo, fijando el suelo y el techo de los precios mundiales.
Barcos fantasma y liquidaciones en yuanes
El engranaje para burlar el cerco estadounidense funciona a pleno rendimiento. Aunque los embarques directos sufrieron turbulencias que redujeron temporalmente el ritmo a 530.000 barriles por jornada, el flujo jamás se interrumpió. Buques cisterna que navegan con los dispositivos de localización apagados realizan transbordos en alta mar en aguas del sudeste asiático, camuflan el origen del cargamento bajo documentación de Malasia o Indonesia y descargan sin trabas en dársenas secundarias chinas, según analistas.
Toda la operativa se liquida en yuanes o mediante compensaciones comerciales directas, dejando al dólar, a la red interbancaria global y a los inspectores de sanciones estadounidenses a ciegas. Para Teherán supone la frontera entre la asfixia total y la supervivencia; para Pekín, crudo con descuentos de guerra que abarata su producción fabril mientras asegura el resto de su consumo con los más de dos millones de barriles diarios que Moscú le suministra a través de la ruta marítima polar.
Entretanto, la pinza entre Pekín y Moscú en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas garantiza a Teherán un escudo frente a cualquier intento de reactivar las sanciones multilaterales previas a 2015. El análisis chino apunta a que el fuego actual proviene de la ruptura unilateral del acuerdo nuclear consumada por Washington y de los ataques preventivos contra territorio iraní.
Sin embargo, el respaldo de Xi contiene cláusulas estrictas. Pekín mantiene con vida la economía persa, pero frena en seco a las facciones más duras del parlamento de Teherán que exigen romper el Tratado de No Proliferación y fabricar cabezas nucleares. Una carrera armamentística atómica en el Golfo desestabilizaría las rutas marítimas vitales para la industria asiática. Al Dragón le basta con prolongar una guerra de desgaste, un barrizal económico y militar que agote las capacidades del Pentágono, debilite la hegemonía del dólar y acelere la construcción de un orden internacional multipolar.
Fuente: La Razón







