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Por Iscánder Santana
Zúrich, Suiza
La historia no se repite exactamente, pero suele usar las mismas metáforas cuando los gobernantes pierden el contacto con la realidad. A finales del siglo XVIII, la Francia prerrevolucionaria se ahogaba entre la inflación, la escasez de alimentos básicos y una presión fiscal insostenible sobre las clases populares, mientras las élites habitaban la burbuja de Versalles. De aquella época trascendió la célebre máxima atribuida a María Antonieta sobre el pueblo hambriento: «Si no tienen pan, que coman pasteles». Reflejara o no sus palabras exactas, retrataba la falla tectónica entre la élite gobernante y las necesidades vitales de la ciudadanía.
Más de dos siglos después, los símbolos vuelven a cruzarse con una contundencia casi poética. Hace apenas unas semanas, mientras París volvía a cubrirse de humo por las protestas desatadas por el malestar estudiantil en aulas sin calefacción y el descontento social desbordado, las cámaras captaron al presidente Emmanuel Macron asistiendo relajadamente a un concierto. La imagen, al margen del libre derecho al ocio de cualquier mandatario, condensó el mismo síntoma de época —el palacio celebra mientras la calle arde—.
Frente a esta marea de movilizaciones que recorre el continente —con huelgas y marchas masivas, desde las acampadas por el precio de la vivienda en España e Italia hasta las protestas de unas 175.000 personas en quince ciudades alemanas contra los ajustes sociales en la otrora locomotora económica de Europa—, ciertos opinadores de trinchera, como un referente argentino de la derecha radical y otros analistas de ese mismo espectro, han preferido acudir al atajo interpretativo de asegurar que en las calles solo hay «extranjeros», agitadores externos o grupúsculos de la extrema izquierda.
Sin embargo, esta narrativa no solo es simplista; es profundamente ciega ante los datos.
Pretender que la agitación europea es un invento ideológico es ignorar las cifras frías que desangran el bolsillo de millones de familias. Hoy en la Unión Europea, alimentos esenciales como el pan, la leche o los huevos se han encarecido un 25% de media desde la crisis de 2022. Un 9% de la población no puede permitirse mantener su hogar a una temperatura adecuada durante el invierno, y en la última década los precios de la vivienda subieron más del 60% mientras los salarios permanecían prácticamente estancados. En capitales europeas como Lisboa, Madrid o Milán, un trabajador joven debe destinar entre el 50% y el 70% de sus ingresos a pagar una habitación.
No estamos presenciando un estallido sectario, sino la rabia acumulada de una clase media y de una juventud que ven cómo el contrato social se desmorona. Ciertamente, las protestas actuales no son fenómenos del todo «espontáneos»; existen colectivos articulados, sindicatos en huelga y canales digitales donde la generación Z se coordina en tiempo real. Pero que una protesta tenga organización no anula la legitimidad de su motivo. Tener un teléfono inteligente o acudir a una convocatoria nacida en redes no es la causa del malestar; la causa es no poder llegar a fin de mes ni proyectar un futuro digno.
En 1789, la sordera del poder ante una población exhausta desembocó en el colapso del Antiguo Régimen. La gran enseñanza de la historia no es la apología de la violencia, sino la advertencia sobre el peligro inminente de gobernar de espaldas a las necesidades materiales de la gente.
Si las élites continentales insisten en tildar cada reclamo de «vandalismo» o «extremismo» mientras imponen recortes, cometerán el mismo error de cálculo que la corte de Versalles, el de asumir que el estruendo de las calles es un ruido pasajero, hasta que la realidad derriba las puertas del palacio.







