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Por Becker Márquez Bautista
En los últimos días se ha instalado en el imaginario de una parte de la sociedad dominicana una maquinaria de propaganda basada en la idea de que Gonzalo Castillo Terrero (El Penco) ya es el candidato presidencial inminente del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Sin embargo, esta publicidad está siendo orquestada estratégicamente por sectores políticos contrarios al PLD, contando con la complicidad de algunos «caballos de Troya» que operan a lo interno de esa organización.
El objetivo de esta narrativa es muy claro: intentar disminuir a un verdadero coloso, a un armador nato y a uno de los estrategas con más victorias electorales en la historia reciente de la República Dominicana, como lo es Francisco Javier García. Para los sectores adversos al PLD, resulta políticamente mucho más fácil derrotar a Gonzalo Castillo que enfrentarse a la maquinaria estratégica de García. Por eso se han encargado de sembrar en el imaginario colectivo esta campaña prefabricada, la cual, dicho sea de paso, obedece a una percepción errada y con una dirección totalmente equivocada.
El espejismo a lo interno del oficialismo
Esta misma táctica de manipulación de la realidad intentan aplicarla con una figura presidencial dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM). La percepción que han querido vender es que este candidato arrasará en la convención de esa organización y que prácticamente ya tiene la candidatura en el bolsillo.
Se trata de un error garrafal que traerá severas consecuencias, tarde o temprano. Si bien es cierto que, en las encuestas proyectadas hacia afuera del partido, esta figura goza de una muy buena aceptación popular, no es menos cierto que a lo interno de las bases y las estructuras del PRM se enfrenta a un rechazo profundo y silencioso. Creer que la popularidad externa aplasta automáticamente la voluntad de las bases es no entender la naturaleza del ajedrez partidario.
El dilema verde: Legado vs. Relevo
Por el lado de la Fuerza del Pueblo (FP), el panorama no tiene misterios: todos sabemos quién será su candidato. No hay que martirizarse mucho para entender que el expresidente Leonel Fernández encabezará la boleta. Su mayor activo es una innegable experiencia de Estado; gobernó el país en tres ocasiones y no existe una sola provincia que no se haya beneficiado, de alguna forma, de las obras de sus gestiones.
No obstante, enfrenta dos problemas críticos. El primero es generacional: hay una vasta porción de la sociedad joven que ya no conecta con su discurso y que, por el contrario, ve con mucha más simpatía a su hijo, el actual senador del Distrito Nacional, Omar Fernández. El segundo problema, y quizás el más corrosivo a lo interno de su partido, es el triunfalismo desmedido: la actitud de estar repartiendo los cargos públicos del Estado sin haber ganado aún el proceso electoral del 2028.
El ego opositor y la amenaza del Estado
Todo este escenario nos lleva al punto más crítico y peligroso de nuestra actualidad política: la percepción equivocada y el ego desmedido de la oposición. Mientras la dirigencia del PLD y la Fuerza del Pueblo sigan embriagadas de soberbia, jugando a medir fuerzas individuales y creyendo que pueden retornar al poder por separado, están cavando su propia fosa política.
Ese ego ciego y la falta de desprendimiento hacen que una alianza sincera y total entre ellos parezca, hoy por hoy, un escenario imposible. Lo que estas cúpulas no terminan de asimilar es la magnitud de su adversario: se enfrentan a un gobierno del PRM que ya demostró no tener escrúpulos a la hora de usar el poder, y que está plenamente dispuesto a abrir las arcas y volver a comprar las elecciones en el 2028 si eso les garantiza retener el control absoluto del Estado. Dividida y ahogada en su propio orgullo, la oposición no es más que una presa fácil para el peso aplastante del oficialismo.
Los dueños de la llave y de la «ñoña» del 2028
En medio de este panorama, muchos están fabricando victorias imaginarias en sus cabezas; al parecer, no han podido desbloquear su corteza prefrontal para entender una realidad ineludible: la llave del Palacio Nacional y la del baúl donde reposa la banda presidencial del 2028 la tienen dos gigantes de la política dominicana. En ellos recae la decisión estratégica de quién gobernará el país. Estos son los expresidentes Danilo Medina Sánchez e Hipólito Mejía Domínguez.
En el caso de Danilo Medina, se ha presentado un fenómeno político totalmente atípico en el país. El mismo pueblo que lo sacó del poder en las urnas, hoy parece mirar hacia atrás con cierta nostalgia, al punto de que muchos sectores le piden perdón. Con el paso de los días, ese mismo pueblo le está devolviendo el capital político y otorgándole todo el poder para ser el gran elector que decida quién se pone «la ñoña».
La encrucijada ciudadana
Ante esta cruda realidad, surge la gran interrogante final. Con el altísimo nivel de incertidumbre electoral que respiramos hoy, sumado al evidente desapego y la decepción de los ciudadanos hacia los partidos políticos tradicionales y sus líderes… ¿Qué vamos a hacer como sociedad? ¿En quién podemos depositar verdaderamente el voto y la confianza para dirigir el destino de la nación?
La respuesta requerirá mucho más que campañas vacías; exigirá un despertar cívico que ponga fin a las ilusiones de la percepción y nos obligue a enfrentar la dura realidad.








