
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Muy jocoso resulta escuchar a la gente en el Metro de Santo Domingo quejarse de que algunos ciudadanos dejan los asientos “muy calientes”. Para muchos, esto representa una incomodidad: sentarse implica esperar a que el calor ajeno se disipe, como si incluso eso fuera motivo de molestia.
Pero en medio de esa escena cotidiana surge una pregunta más profunda: ¿por qué el vivo siempre está caliente y el muerto siempre frío?
La respuesta va más allá de lo físico. El vivo está caliente porque tiene sangre corriendo, porque respira, porque siente, porque carga preocupaciones, luchas, estrés, deseos, envidia, amor, odio,vida. El calor es señal de que aún hay movimiento, de que hay presencia, de que hay historia en construcción.
El muerto, en cambio, está frío porque ya no siente, porque ya no lucha, porque ya no le afecta nada. El frío no es solo ausencia de temperatura, es ausencia de vida, de propósito, de reacción.
Y entonces vale la pena preguntarse: ¿de qué nos quejamos realmente?
¿Del calor del otro o de lo que ese calor representa?
Quizás nos incomoda porque nos recuerda que todos estamos en constante fricción, viviendo, ocupando espacios, dejando huellas, incluso sin darnos cuenta. Nos molesta el calor del asiento, pero no reflexionamos sobre el frío de muchas conciencias.
Porque hay vivos que caminan, respiran y ocupan asientos, pero están fríos por dentro.
Y hay otros que, con todo y su calor, todavía sienten, piensan y cuestionan.
Al final, el problema no es el asiento caliente.
El verdadero problema es cuando el ser humano, estando vivo, decide enfriarse por dentro.






