
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Becker Márquez Bautista
Cada día me sorprendo más y permanezco en un asombro constante. Recuerdo que, en épocas pasadas, como en el año 2000 con la ascensión al poder del PRD y en el 2020 con la del PRM, conocí a ciertos vividores de la política que, antes de entrar al tren gubernamental, se proclamaban supuestamente amigos y hermanos de uno. Sin embargo, bastó que rozaran el poder para que la amnesia selectiva borrara cualquier lazo del pasado. Sencillamente, la historia se repite y no se aprende.
Si bien es cierto que todo ser humano tiene el derecho legítimo de superarse, no es menos cierto que dicha superación no puede realizarse a expensas de los recursos del Estado. Jamás la política debe ser utilizada como un instrumento para llegar al gobierno con el único fin de desfalcarlo y vilipendiarlo, convirtiendo el patrimonio público en un botín personal.
Es verdad que los verdaderos líderes inspiran, guían y sirven de referentes ante un conglomerado. Ahora bien, lo que un líder político jamás debe hacer es creerse un dios que levita, ni construir a su alrededor un círculo de palmeros y lambiscones cuya fidelidad está condicionada únicamente por las migajas de poder que reciben; especímenes que actúan como si fuesen próceres o perínclitos varones, cuando en realidad solo habitan en la periferia de la adulación.
Resulta penoso observar la proliferación de estos supuestos líderes con pies de barro, gigantes de mentira construidos sobre bases frágiles de pura vanidad. Estos personajes se dedican a alimentar el fanatismo de pequeños grupitos de súbditos, quienes, carentes de criterio propio y dignidad, se arrodillan ante el caudillo de turno a cambio de prebendas. Son liderazgos vacíos que no arrastran ideales, sino estómagos agradecidos; estructuras piramidales donde el jefe nutre su ego con aplausos comprados y los subordinados engordan sus bolsillos con el dinero del pueblo.
Desde nuestra trinchera en Visión, Cambio y Valores, hacemos un llamado enérgico al despertar de nuestros hermanos y hermanas de la diáspora, así como de la sociedad en general. Sostenemos firmemente que la política debe volver a sus raíces éticas: el servicio, la honestidad y la integridad. Una sociedad madura no necesita mesías de cartón ni dioses de barro que requieran de un séquito para sentirse importantes.
La República Dominicana y nuestra diáspora merecen líderes terrenales, cultos, transparentes y, sobre todo, humanos; gerentes públicos que entiendan que el poder es transitorio y que el único veredicto implacable lo dicta la historia. Es hora de romper el espejo de la vanidad política y comenzar a gobernar de cara a las necesidades de la gente, no de espaldas a ellas.








