
Tropas eritreas avanzan por Tigray y chocan con el ejército etíope en la escalada más grave entre ambos países desde 2016, mientras Addis Abeba vuelve a poner el foco en su ansiada salida al mar Rojo
Los temores se han cumplido: el ejército de Eritrea ha entrado como actor directo en la guerra civil de Etiopía. Nuevas columnas de soldados eritreos cruzaron la frontera el miércoles por el paso de Zalambessa y avanzaron hacia el interior de la región etíope hasta Adigrat, según el monitor de conflictos ACLED y diversos testigos citados por AFP y la BBC. El Gobierno de Etiopía también ha denunciado la incursión y exige la retirada inmediata de las tropas eritreas. Desde Asmara niegan las acusaciones.
Aunque Addis Abeba no se ha limitado a protestar. En la noche del miércoles al jueves, drones del ejército federal etíope bombardearon las posiciones eritreas en torno a Adigrat y destruyeron varios vehículos y depósitos de munición, según informó ACLED. Este es el choque directo más grave entre los dos ejércitos desde los combates de Tsorona, en 2016, y llega una semana después de que ambos países rompieran relaciones diplomáticas por las tensiones que llevan meses acumulándose a un lado y otro de la frontera.
La presencia eritrea en Tigray, sin embargo, no es nueva. Sus tropas nunca abandonaron las zonas fronterizas que ocuparon durante la guerra de 2020 a 2022, cuando combatieron junto al ejército federal contra el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF). Eritrea no firmó el acuerdo de paz de Pretoria que puso fin a aquel conflicto y ha ignorado desde entonces todas las peticiones etíopes para que se retire. En febrero, el ministro de Exteriores etíope llegó a acusar por carta a Asmara de «agresión abierta» por ocupar territorio etíope. Lo que cambia ahora, y aquí yace la gravedad de los hechos, es que esos soldados ya no se limitan a ocupar unas zonas que tomaron en una guerra previa del lado del gobierno etíope; avanzan, disparan, toman parte en los combates.
Las motivaciones de ambos bandos
Esta es la primera guerra abierta entre dos Estados africanos en más de un cuarto de siglo. La última guerra de este tipo terminó en diciembre del 2000 y ocurrió, precisamente, entre Etiopía y Eritrea. Cada bando persigue un objetivo claro. Eritrea quiere crear un colchón de seguridad dentro de Tigray para que la guerra no llegue a su territorio, apoyando al TPLF (antiguos enemigos, ahora aliados) y a otros grupos armados contrarios al gobierno etíope. Y Etiopía, que lleva años reclamando una salida directa al mar Rojo a costa de su vecino, tiene ahora la excusa perfecta para cruzar la frontera y obtener el acceso que perdió con la independencia de Eritrea en 1993.
La entrada eritrea en la guerra responde al giro que ha dado el conflicto en las últimas dos semanas. El 23 de septiembre, el TPLF lanzó una ofensiva junto a otros seis grupos armados para derrocar al primer ministro etíope, Abiy Ahmed. En los primeros días, los rebeldes tomaron los aeropuertos de Mekele, Aksum y Shire y avanzaron por la vecina región de Afar. Pero el ejército federal y sus milicias aliadas han contraatacado con fuerza. En pocos días recuperaron diversas localidades de Afar (como Erebti y Abala), y el aeropuerto de Mekele, así y como la mayor parte del entramado urbano de la capital tigrania.
Los rebeldes tienen mucho en su contra. Mientras que el ejército federal se ha modernizado en los últimos años, especialmente mediante la adquisición de drones de fabricación turca, china e israelí, los rebeldes deben contentarse con drones FPV. Donde el encarecimiento de combustible desde el inicio de la guerra de Irán afecta a la movilidad de ambos bandos, desde el gobierno federal tienen mayores recursos para hacer frente al gasto y los rebeldes deben apoyarse cada vez más en la infantería. Es una lucha desigual. O lo era.
Por ello, con los tigrinos en retroceso por la evidente desigualdad de recursos, Asmara ha decidido frenar a las tropas federales en suelo etíope antes de que alcancen su frontera. El mayor temor que tienen ahora los eritreos, visto el fracaso de sus aliados, es que el ejército etíope rebase la frontera y que la lucha se traslade a su territorio; les resulta esencial mantener una zona colchón en el norte de Tigray. A fin de cuentas, Eritrea mantiene una economía de guerra desde su independencia y su doctrina siempre ha pasado por ganar profundidad estratégica fuera de sus fronteras.
No deja de ser paradójico que, durante la guerra de Tigray ocurrida de 2020 a 2022, los soldados eritreos fueron los responsables de algunas de las peores atrocidades del conflicto contra la población tigrania, incluyendo la matanza de cientos de civiles en la histórica ciudad de Aksum. Y hoy combaten como aliados de quienes entonces eran sus enemigos.
La excusa de Addis Abeba
Para Abiy Ahmed, la entrada abierta de Eritrea en la guerra es una oportunidad. Etiopía depende hoy del puerto de Yibuti para casi todo su comercio exterior, lo que deja en una posición vulnerable a un país con 130 millones de personas y propenso a hambrunas y conflictos civiles. Quien controla la carretera que conecta Yibuti con Addis Abeba, casi que controla todo el país. Es por eso por lo que el primer ministro etíope calificó en octubre de 2023 el acceso al mar Rojo como una cuestión «existencial» para su país, y desde entonces no ha dejado de señalar el puerto eritreo de Assab como objetivo más factible.
Sumado a la permanencia de tropas eritreas en Tigray tras la paz de Pretoria, su retórica agresiva ha colaborado en el empeoramiento de las relaciones entre ambos países. En los últimos días, el mandamás etíope (que ganó el Nobel de la Paz en 2019) incluso ha llegado a afirmar que permitir la independencia de Eritrea fue un error.
Etiopía llevaba desde febrero concentrando tropas en el norte y el enfrentamiento parecía evidente, pero, hasta ahora, cruzar la frontera eritrea habría supuesto una agresión difícil de justificar ante la comunidad internacional. Con el ejército eritreo combatiendo dentro de Tigray, Addis Abeba puede presentar cualquier avance como una acción nacida de la legítima defensa.
De hecho, el ministro de Información eritreo, Yemane Gebremeskel, acusa a Etiopía de buscar un pretexto para invadir Eritrea y hacerse con una salida al mar. Su versión de los hechos es que no hay tropas eritreas combatiendo en la zona y que la narrativa que lo sostiene es falsa; es una pena que ninguno de los observadores independientes que hay sobre el terreno apoye su versión de los hechos.
Un conflicto que trasciende fronteras
Lo que ha comenzado sobrepasa la guerra civil, incluso la guerra entre dos Estados. Los implicados van más allá de Eritrea y de Etiopía. Qatar y Emiratos Árabes Unidos respaldan al Gobierno de Abiy. Eritrea mantiene su alianza con Egipto, enfrentado a Addis Abeba por la Gran Presa del Renacimiento en el Nilo Azul. El ejército sudanés del general Abdelfatah al Burhan acusa a Etiopía de dar cobijo a las Fuerzas de Apoyo Rápido, la milicia con la que lleva tres años en guerra, y apoya igualmente a Eritrea.
Las alianzas son firmes. El pasado domingo, los presidentes de Egipto, Eritrea y Somalia, junto al jefe del ejército sudanés, Abdelfatah al Burhan, firmaron en la ciudad egipcia de El Alamein una declaración conjunta que apunta directamente a Addis Abeba (aunque sin nombrarla). El texto establece que el control del mar Rojo debe quedar en manos de los países ribereños, y Egipto y Sudán advirtieron además contra las «medidas unilaterales» que perjudiquen a los países situados aguas abajo del Nilo, en referencia a la Gran Presa del Renacimiento construida por los etíopes. En la víspera de este encuentro, Al Sisi había expresado a Isaias el apoyo «pleno» de Egipto a la soberanía y la integridad territorial de Eritrea. Cuatro días después, las tropas eritreas cruzaban la frontera.
Ninguno de los dos gobiernos ha declarado la guerra de forma oficial, aunque esta es una práctica poco común en la actualidad. Rusia y Ucrania tampoco lo han hecho. No hace falta que se haga cuando el ejército eritreo ya combate en Etiopía y Etiopía ya ha bombardeado a soldados eritreos, añadido a que ambos países han roto relaciones. Asmara quiere su colchón; Addis Abeba ansía su salida al mar. Los dos objetivos pasan por el mismo nombre, Tigray, cuyo territorio sirve por segunda vez en lo que llevamos de década como escenario de una guerra que promete nuevos horrores para su población civil.
FUENTE: La Razón Razón







