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Por Iscánder Santana
Zúrich, Suiza
El paisaje social de Europa está temblando. Desde los institutos franceses, que se caen a pedazos por falta de recursos, hasta las huelgas escolares en más de un centenar de ciudades alemanas contra el retorno encubierto de la mili, pasando por el hartazgo de una juventud española que no puede pagar un alquiler, los jóvenes europeos han decidido cambiar las aulas por la calle.
Y ahí empieza el cuento. Desde los despachos del poder y los grandes circuitos mediáticos se agita el viejo comodín de la «injerencia externa» o el miedo a una invasión rusa inminente para justificar lo que, de otro modo, no se justifica. Conviene mirar más allá del discurso oficial. Ni estas protestas obedecen a manipulaciones extranjeras, ni existe una amenaza real de invasión rusa a Europa occidental que justifique militarizar el futuro de toda una generación.
Agravios reales, no fantasmas geopolíticos
Atribuir las movilizaciones a una «influencia rusa» es un insulto a la inteligencia de los jóvenes —y una manera muy cómoda de los gobiernos de esquivar su responsabilidad—. Nadie en Berlín, París o Madrid recibe consignas desde Moscú. Lo que recibe, y de sobra, son las consecuencias de decisiones muy concretas tomadas en sus propias capitales.
En Alemania, el rechazo a la nueva ley del servicio militar (Wehrdienstmodernisierungsgesetz), con sus cuestionarios y sus exámenes médicos a los 18 años, nace del temor fundado a ver la vida hipotecada por una escalada belicista. Saben que cada euro del rearme es un euro menos para la educación, la sanidad y la transición ecológica. En Francia, los institutos colapsados, los profesores que faltan y las aulas abarrotadas retratan el desmontaje paulatino del Estado de bienestar. En España, la vivienda imposible y la precariedad laboral cierran la puerta a cualquier proyecto de vida propia.
Una juventud así de ahogada no se niega a ser la infantería de una nueva carrera armamentista por obra de una conspiración. Se niega porque tiene sentido común. Decir lo contrario es una falacia para callar el debate democrático.
La falacia de la «inminencia bélica»
Que Europa esté al borde de una invasión rusa carece de sustento táctico y real. Pero sirve de maravilla —es el paraguas perfecto— para justificar un giro autoritario y militarista en la Unión Europea. Las potencias europeas y la OTAN alimentan un miedo fabricado para transformar sus sociedades en economías de guerra.
Montar centros de evaluación militar masiva, empujar el reclutamiento y reintroducir obligaciones bajo la fachada de la «voluntariedad» no responde a una necesidad defensiva urgente. Responde a una deriva geopolítica que prefiere la confrontación a la diplomacia. Con ello, los gobiernos europeos rompen el pacto social tácito que, tras la Guerra Fría, garantizó décadas de paz y puso el desarrollo civil por encima de los cuarteles.
Una brecha generacional que ya no cierra
Este pulso entre una clase política aferrada a la lógica de bloques y una juventud que se niega a ser instrumento ha abierto un abismo. Son dos realidades incompatibles. Los gobernantes calculan a gran escala y ven los recortes sociales como daños colaterales de la crisis y del rearme. Los estudiantes piden otra cosa: aulas dignas, profesores suficientes, alquileres justos y una paz que haga valer la pena planificar una vida.
Cuando las instituciones responden a esas demandas con desdén o criminalización, quiebran la confianza democrática. El aumento de las solicitudes de objeción de conciencia en Alemania y la contundencia de las marchas anticipan que cualquier intento de forzar el reclutamiento, o de ignorar el malestar, chocará con una resistencia civil ingobernable.
El futuro no se decide en un cuartel
Las protestas estudiantiles no son un fuego pasajero. Son el síntoma de un continente que camina desorientado. Cuando el discurso del «enemigo exterior» se desgaste frente a los problemas de todos los días —la renta, el aula, la nómina—, los gobiernos tendrán cada vez más difícil justificar recortes en nombre de la defensa.
Los jóvenes europeos nos recuerdan algo elemental. El futuro del continente no se decide en los ministerios de defensa, bajo la sombra de guerras lejanas, sino en las aulas, en los barrios y en la dignidad de quienes lo han de habitar. Que se enteren.






