
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Iscánder Santana
Zúrich, Suiza
Entre el relato bíblico, la política expansionista y las tensiones con Irán y el Líbano, la región enfrenta una idea que trasciende la retórica.
Hablar de un «Gran Israel» exige separar símbolos de poder, porque no es lo mismo la tradición religiosa que el Estado moderno, ni la geografía reconocida por el derecho internacional. La confusión entre esos planos no es inocente: sirve para presentar una expansión territorial como si fuera una simple continuidad histórica. En realidad, el concepto funciona hoy como una idea política maximalista, impulsada sobre todo por sectores de la derecha israelí y por corrientes colonizadoras.
El Israel bíblico pertenece al relato religioso y a la noción de «tierra prometida», una frontera simbólica reinterpretada durante siglos. El Israel político es el Estado fundado en 1948, con fronteras nacidas de la guerra, las líneas de armisticio y decisiones diplomáticas posteriores. El Israel geográfico, en cambio, es el mapa real: el de la ocupación, las anexiones, los asentamientos y las fronteras disputadas en Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán.
La versión más expansiva del «Gran Israel» imagina un territorio que no se limita a Palestina, sino que incluiría partes de Jordania, el Líbano, Siria y Egipto —y en sus formulaciones más extremas, también zonas de Irak, Arabia Saudí y Turquía—. No se trata de un proyecto oficial consensuado por toda la sociedad israelí, pero sí de una corriente ideológica que ha ganado espacio en el debate político y en el lenguaje de algunos dirigentes. Su peligro no está solo en el mapa, sino en la legitimación de una expansión gradual presentada como defensa histórica o necesidad de seguridad.
Los países más afectados por esa lógica serían, en primer lugar, Palestina, Jordania, el Líbano, Siria y Egipto. Palestina sigue siendo el núcleo del conflicto, porque allí la ocupación y la colonización mediante asentamientos muestran con mayor claridad cómo una idea territorial puede convertirse en una política de hechos consumados. El Líbano y Siria aparecen hoy en el centro del debate porque Israel ha endurecido su discurso sobre zonas de seguridad y fronteras avanzadas, especialmente en torno al río Litani y al sur sirio.
La conexión con Irán es indirecta pero decisiva. El conflicto entre Israel e Irán se ha traducido en una guerra regional por delegación, con Hezbolá como pieza clave en el frente libanés. En ese contexto, cualquier ampliación territorial deja de parecer una hipótesis abstracta y se convierte en parte de una estrategia militar más amplia. Por eso el debate sobre el «Gran Israel» no es solo ideológico: es una advertencia sobre cómo la guerra puede transformarse en rediseño territorial.
La región no necesita más mitos de frontera, sino límites reconocidos y una diplomacia capaz de frenar la lógica de la ocupación. Cuando la memoria religiosa se usa para justificar la expansión política, el resultado rara vez es estabilidad. Casi siempre es más guerra.







