
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de au autor
Por Becker Márquez Bautista
Desde hace un tiempo hemos venido observando cómo la soberbia y el ego se han apropiado de la mente de algunos seres humanos. No hay que ir muy lejos: muchos de nosotros hemos sido víctimas del comportamiento tóxico de ciertos individuos que buscan humillar o aplastar a todo aquel que no les rinde pleitesía.
Nuestra sociedad atraviesa por una profunda crisis de salud mental. Muchas personas lidian con carencias afectivas, déficits de atención y traumas no superados del pasado que los empujan a abrazar la soberbia y a alimentar un ego desmedido como mecanismo de defensa. Sin duda, creo firmemente que un tratamiento temprano y el acompañamiento psicológico ayudarían a mejorar estas conductas, pero el problema se agrava cuando estas patologías escapan del ámbito personal y llegan a las esferas de poder.
El ego y la soberbia en el ser humano, un cáncer que mata lentamente
Para entender el impacto de este fenómeno, primero debemos llamar a las cosas por su nombre. El ego desequilibrado es una máscara; es el disfraz que utiliza una persona insegura para ocultar sus miedos y sus complejos de inferioridad. La soberbia, por su parte, es el síntoma de ese ego enfermo: es la creencia irracional de sentirse superior a los demás, perdiendo por completo la empatía y la capacidad de escuchar.
En el individuo común, la soberbia destruye familias, rompe amistades y aísla a la persona en una burbuja de falsa grandeza. El soberbio no acepta críticas, no pide perdón y prefiere perder a quienes lo rodean antes que admitir un error.
El peligro del ego en el político
Si un ego desmedido es destructivo en un ciudadano de a pie, en un político es un arma de destrucción masiva. Cuando un individuo con traumas no sanados y una profunda necesidad de validación llega a un cargo público o a una posición de liderazgo, el poder actúa como un esteroide para su soberbia.
El político dominado por el ego presenta características inconfundibles:
Exige vasallaje: No busca colaboradores ni compañeros de partido, busca súbditos. Todo el que no le aplaude ciegamente es considerado un enemigo o un traidor.
Sufre de infalibilidad: Cree que nunca se equivoca. Si una política pública fracasa o si las bases del partido se alejan, la culpa siempre es de los demás, nunca de su mala gestión.
Se desconecta de la realidad: El político soberbio deja de pisar los barrios y de escuchar a los desposeídos. Se encierra en despachos climatizados rodeado de aduladores que le dicen exactamente lo que su ego necesita escuchar.
Esta condición destructiva no es nueva, tiene raíces espirituales profundas. En el relato de Adán y Eva (Génesis 3:5), el ego humano nace cuando la serpiente tienta al hombre a decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, rechazando la autoridad divina. Asimismo, Jesús enseñó que el orgullo y la soberbia salen desde el interior del corazón del hombre y contaminan su vida (Marcos 7:21-22). La soberbia eleva el ego por encima de todos, un fiel reflejo de la actitud de Lucifer antes de caer (Isaías 14:13-14).
Las consecuencias para la política y la sociedad
Cuando la soberbia se instala en el liderazgo de una nación o de un partido político, las consecuencias para la sociedad son nefastas y prolongadas:
Desinstitucionalización: El líder ególatra no respeta las leyes ni los procesos internos, porque cree estar por encima de ellos. Las instituciones se debilitan para acomodarse a sus caprichos.
Polarización y odio: La soberbia política divide a la sociedad entre «los míos» y «los otros». Se fomenta el rencor como herramienta de control, destruyendo la convivencia pacífica.
Abandono del interés colectivo: La política deja de ser una vocación de servicio para convertirse en un escenario donde el único objetivo es alimentar la vanidad del gobernante. Los problemas reales (salud, economía, seguridad) pasan a un segundo plano.
En conclusión, la política no puede seguir siendo un refugio para egos heridos y megalómanos. Una sociedad sana requiere líderes equilibrados, empáticos y, sobre todo, humildes. La verdadera grandeza de un líder no se mide por la cantidad de personas que se arrodillan ante él, sino por su capacidad de agacharse para levantar a los que han caído. Es momento de que los ciudadanos dejemos de alimentar el ego de quienes solo buscan servirse a sí mismos y comencemos a exigir líderes con salud mental, ética y vocación real.







