
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Oscar Guedez
Mientras los líderes políticos de Estados Unidos, Irán e Israel intercambian amenazas, victimismos, exigencias y discursos confiados en que obtendrán la victoria; los mercados bursátiles continúan inestables; los precios del petróleo, el gas y los fertilizantes siguen subiendo; y la economía mundial se dirige hacia la inflación y el estancamiento; el resto del mundo, incluso aquellos que están en posiciones económicas altas, queremos creer.
Y no digo que queremos creer por capricho ni porque piense que el mundo es cómo yo lo veo y que las demás personas piensan como yo, lo digo porque los síntomas del comportamiento del liderazgo económico y político global así lo indica.
Porque si no es así, ¿cómo se explica que una simple declaración de “estamos negociando” del presidente Donald Trump logre que bajen los precios del crudo? Aún a sabiendas de que el mandatario suele contradecirse o hacer afirmaciones que a veces no son del todo ciertas. Además, los iraníes niegan esas negociaciones y recuerdan que las negociaciones con EE.UU. no evitaron los ataques contra Teherán en 2025 y 2026.
¿Cómo se explica la tranquilidad que observamos en el liderazgo político latinoamericano cuando sabemos que el costo de vida se va a encarecer por el efecto dominó del aumento de los combustibles y podría generar inestabilidad social y política en todo el continente?
A mí llámenme iluso, romántico o como quieran, pero yo quiero creer y siento que todos, en América Latina, en Wall Street, en Asia, en Europa, en la bolsa de Londres o la de Hong Kong, queremos creer.
Queremos creer que el presidente Trump sí tiene un plan claro y realizable para el inicio y el fin de esta guerra, porque cuando las guerras no tienen un motivo claro de inicio tampoco se sabe cuándo deben finalizar.
Queremos creer que los Departamentos de Estado y de Defensa sí tenían objetivos y motivos realistas para iniciar esta guerra, más allá de la repetida consigna de las armas nucleares que cada vez recuerdan más a las armas de destrucción masiva de Irak, porque el prestigio de la mayor potencia militar de la historia de la humanidad no puede permitirse otra guerra basada en “fallos” de inteligencia.
Queremos creer que La Casa Blanca está dispuesta a ceder en sus históricas posiciones, si fuese necesario, para convencer a Irán de reabrir el Estrecho de Ormuz y permitir el flujo de petróleo y gas desde el Golfo Pérsico, porque intentar abrirlo por la fuerza podría tener costos humanos y económicos muy elevados para una guerra que ya cuesta miles de millones de dólares.
Queremos creer que no escasearán el petróleo, el gas ni los fertilizantes en los mercados internacionales y que los países importadores no tendrán que competir por ellos como pasó con las vacunas contra la Covid, porque eso haría que los precios sigan escalando sin importar las declaraciones del presidente Trump.
Queremos creer que no se producirán cortes de energía ni bajas en la producción de alimentos, porque ya tenemos suficiente con las altas tarifas del servicio eléctrico, con los 295 millones de personas que enfrentan hambre aguda en 53 países y con los 2.300 millones de personas que no tienen acceso a una alimentación nutritiva.
Queremos creer que la Casa Blanca no autorizará el uso de armas nucleares contra Irán porque ello causaría la muerte de millones de civiles y, por si fuera poco, generaría una nueva carrera nuclear entre naciones que costaría miles de millones de dólares que se podrían usar en educación, comida, vivienda y servicios básicos para las sociedades del mundo.
Queremos creer que prevalecerá el sentido común y que no estamos ante una guerra de esas que solo dejan muerte y destrucción a su paso y que, cuando terminan, no podemos ni recordar por qué empezaron. Queremos creer que esta no es una de esas.






