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Por Dr. Ramón Ceballo
Las redes sociales han dejado de ser simples espacios de entretenimiento para convertirse en poderosos agentes de influencia sobre la identidad, la conducta y la percepción de la realidad, especialmente entre adolescentes y jóvenes. A través de algoritmos, vídeos virales y comunidades digitales se popularizan fenómenos como los therians, el farmear aura y el bonesmashing.
Aunque son manifestaciones diferentes, su difusión plantea interrogantes sobre la presión social, la búsqueda de reconocimiento y los riesgos de adoptar comportamientos que pueden afectar la salud física y mental.
Cada generación desarrolla nuevas formas de expresión, pero la velocidad de las plataformas digitales permite que determinadas tendencias alcancen una difusión extraordinaria en poco tiempo.
Los therians expresan una identificación interna con animales no humanos, mientras que farmear aura alude a acciones dirigidas a proyectar carisma, prestigio o una imagen social atractiva.
Ninguna de estas manifestaciones constituye, por sí misma, un trastorno mental. Sin embargo, merecen atención las dinámicas de influencia y aceptación que pueden desarrollarse alrededor de ellas.
Una situación distinta es el bonesmashing, práctica que consiste en golpearse deliberadamente los huesos del rostro, especialmente los pómulos y la mandíbula, con la falsa expectativa de conseguir facciones más definidas. Vinculada a comunidades digitales del looksmaxxing, esta conducta carece de respaldo científico.
Por el contrario, puede provocar fracturas, lesiones nerviosas, alteraciones de la mordida, deformidades permanentes y daños oculares. La difusión de estos contenidos resulta especialmente preocupante cuando presenta las lesiones como métodos eficaces para mejorar la apariencia.
Detrás de algunas de estas conductas extremas pueden existir inseguridad, baja autoestima, insatisfacción corporal y temor al rechazo. La exposición constante a imágenes retocadas y modelos físicos idealizados puede intensificar la comparación y la necesidad de modificar el propio cuerpo.
En determinados casos, estas preocupaciones pueden relacionarse con el trastorno dismórfico corporal, caracterizado por una preocupación persistente y desproporcionada por defectos físicos percibidos. Puede acompañarse de ansiedad, depresión y aislamiento social. No obstante, ninguna conducta aislada permite establecer automáticamente un diagnóstico psiquiátrico.
Frente a esta realidad, las familias, los centros educativos, los profesionales de la salud y las plataformas digitales tienen responsabilidades compartidas. Es necesario fortalecer la educación emocional, el pensamiento crítico y la orientación sobre los riesgos de las prácticas autolesivas.
Asimismo, las plataformas deben prestar mayor atención a los contenidos que promueven conductas capaces de comprometer la integridad de los menores.
El desafío no consiste en rechazar toda nueva tendencia ni en estigmatizar las formas de expresión juvenil, sino en distinguir entre manifestaciones personales y comportamientos perjudiciales.
Las redes sociales ofrecen oportunidades de comunicación y aprendizaje, pero también pueden amplificar inseguridades y convertir la aprobación ajena en una necesidad permanente.
Ninguna moda, cantidad de seguidores o exigencia estética debe estar por encima de la salud y la dignidad humana. Educar para el uso responsable de las redes, fortalecer la autoestima y garantizar atención oportuna en salud mental son compromisos indispensables para proteger a las nuevas generaciones.







