
Crónica de las Fiestas Patronales San Rafael 2026, entre la alegría de un pueblo, la música de sus hijos y el privilegio de sentirse querido en la tierra natal
Por Johan Rosario
Hay mañanas en que el café sabe a gratitud y uno quisiera sacar una silla a la acera para conversar con el pueblo entero. Así amanecí, todavía con el corazón de fiesta y el recuerdo de tantos abrazos que me regaló mi entrañable Tamboril.
Las Fiestas Patronales San Rafael 2026 nos dejaron algo más que noches memorables, nos devolvieron esa vieja costumbre de encontrarnos, abrazarnos y reconocernos como hijos de una misma tierra.
Por eso, mi aplauso sonoro y decidido para el Dr. Carlos José Rosario, Icelsa Collado, José Mercader, Domingo Rodríguez, Freddy Valerio, Yasser Polanco, el alcalde Anyolino Germosén, el Concejo Municipal y todos cuantos hicieron posible unas celebraciones que seguirán contándose en las galerías mucho después de apagarse la última bocina.
¡Qué hermoso trabajo en equipo!
Pero entre tantas emociones, hubo una que me tocó las fibras más hondas, el reconocimiento que me otorgó nuestra Iglesia Católica, a través de la Parroquia de Tamboril, en vísperas del día de San Rafael Arcángel, junto a figuras de la talla de Don Pablo Henríquez, empresario legendario, con más de cinco décadas de trabajo tesonero, creando valor en la comunidad.
Todavía siento los abrazos de mi gente en la iglesia, la ternura de las miradas y esa familiaridad con que se acercaban hombres y mujeres de todas las condiciones. Con Jesucristo al fondo, cada saludo parecía devolverme una parte de la infancia que los años y las distancias nunca lograron llevarse.
Mi gratitud al querido padre Javier Báez por la distinción compartida con personalidades entrañables, entre ellas, además don Pablo, José Marcano, íconos sociales y ejemplos de simpatía, con quienes tuve el privilegio de representar dos generaciones abrazadas por el afecto de un mismo pueblo.
Dice Villalona que nadie es profeta en su tierra. Yo regresaba de África y España, con los ojos todavía llenos de paisajes lejanos, cuando mi bella Pajiza Aldea decidió contradecir al Mayimbe.
Me sentí como aquel muchacho que se marcha a conocer el mundo y descubre, muchos años después, que en su pueblo todavía le guardan un sitio en la mesa.
¡Y qué decir de la música!
Richard Jay encendió nuestra noche de regalo al pueblo con sus bachatas, mientras Wilman Peña, otro hijo de esta tierra, desató con su merengue una alegría semejante a los aguaceros de mayo. La güira y la tambora hicieron lo suyo, y Tamboril bailó como si por unas horas se hubieran jubilado todas las tristezas, bajo el auspicio de nuestra empresa Salud Dominicana.
Mirando aquellos rostros felices comprendí que la verdadera grandeza de una celebración no está en el tamaño de la tarima, sino en la felicidad que consigue sembrar en el corazón de la gente.
Ahora que las luces se apagaron y las calles recuperan su acostumbrado sosiego, quisiera que conserváramos algo de aquella fraternidad. Que no esperemos otras patronales para abrazarnos, socorrer al vecino, visitar al amigo olvidado o regalar una palabra de consuelo a quien la necesita.
Definitivamente la bondad necesita manos, el amor necesita gestos y la vida, para ser verdaderamente hermosa, necesita gente capaz de compartirla.
Gracias, Tamboril, por recordarme que uno puede recorrer medio mundo, pero hay una sola tierra donde hasta los desconocidos nos abrazan como si hubieran estado esperando nuestro regreso.
Al final, la patria más íntima de un hombre no es el lugar donde nació, sino aquel donde todavía lo quieren como cuando era niño.
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