
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Iscánder Santana
Zúrich, Suiza
En 1914, el historiador Christopher Clark describió a los líderes que desataron la Primera Guerra Mundial como «sonámbulos»: hombres capaces de ver, pero ciegos ante la realidad, que caminaban hacia el desastre sin darse cuenta del peso de sus decisiones. Más de un siglo después, el Occidente colectivo parece haber heredado ese mismo sonambulismo trágico ante el conflicto en Ucrania.
En una reciente y esclarecedora entrevista, el académico noruego Glenn Diesen y el analista político británico Alexander Mercouris diseccionaron una realidad incómoda que las capitales europeas se niegan a admitir: la estrategia occidental no solo está destruyendo el futuro de la nación que dice defender, sino que está erosionando los cimientos de la seguridad global al ignorar las reglas más básicas de la disuasión nuclear.
La fantasía del frente y el destino de Ucrania
Durante años, la narrativa oficial en Bruselas y Washington ha sido monolítica: Ucrania gana, Rusia se desmorona, la victoria total es la única salida aceptable. Sin embargo, la brecha entre la propaganda y la cruda realidad del terreno es ya insalvable. Como señala críticamente Glenn Diesen, en Europa se ha vuelto obligatorio «fingir que Ucrania está ganando… si uno reconoce la realidad sobre el terreno, eso se considera un argumento prorruso y se le difama por ello».
Esta disonancia cognitiva tiene un costo humano devastador. Al alimentar con armas y falsas promesas una guerra de desgaste asimétrica contra una potencia industrial y nuclear, Occidente solo ha logrado empeorar el desenlace. Los analistas advierten que la insistencia en incluir a Ucrania en la OTAN o lanzar misiles hacia el interior de Rusia para «humillar a Putin» está provocando el efecto contrario. Ante la escalada, el Kremlin ha abandonado la vía diplomática.
Mercouris explica que las ilusiones occidentales solo se traducen en una consecuencia trágica: «lo que están haciendo en realidad es asegurarse de que la derrota, cuando llegue, sea más completa y más desastrosa para nosotros… y ante todo para Ucrania». La intransigencia de la OTAN está sellando el destino del estado ucraniano, empujando a Rusia —por pura necesidad de seguridad— a expandir sus objetivos militares mucho más allá del Donbás.
El olvido de las reglas de la Guerra Fría
Quizás el aspecto más alarmante de la postura occidental es la ligereza con la que se trata el peligro nuclear. Durante la Guerra Fría, Washington y Moscú operaban bajo un código estricto de líneas rojas compartidas; existía un respeto reverencial al riesgo de destrucción mutua asegurada. Hoy, esa prudencia ha desaparecido.
Occidente parece convencido de que puede cruzar una línea roja tras otra —suministrando inteligencia en tiempo real, contratistas y misiles de largo alcance para golpear territorio ruso— sin sufrir consecuencias. Existe la peligrosa asunción de que la contención de Moscú es una debilidad o un engaño. Es una ruleta rusa geopolítica. En palabras de Mercouris, «está haciendo falta toda la determinación y la autoridad del presidente Putin para mantener ese sentido de disciplina y contención en el lado ruso». Al intentar acorralar y desestabilizar el liderazgo ruso, Occidente no busca la paz: abre la puerta a un liderazgo en el Kremlin infinitamente más belicista.
Una democracia vaciada de debate
¿Por qué Europa insiste en un rumbo autodestructivo que perjudica su propia economía y seguridad? La respuesta está en la preocupante degradación del debate democrático dentro de nuestras propias sociedades.
El establishment político y mediático europeo ha cerrado filas en un consenso artificial. Ya no se permiten preguntas racionales sobre el costo-beneficio de la escalada ni sobre la viabilidad real de los objetivos planteados. Como concluye Mercouris sobre el ambiente asfixiante en el Reino Unido y el continente: «Ya no se trata solo de que no podamos hablar con los rusos, es que ya ni siquiera podemos hablar con sensatez entre nosotros. Y ese es el verdadero problema».
Cuando un sistema político etiqueta la búsqueda de la diplomacia como «traición» y prefiere la inercia de una guerra permanente antes que aceptar la emergencia de un mundo multipolar, ha perdido el rumbo moral e intelectual. Europa no está defendiendo «valores liberales» en Ucrania —está exportando inestabilidad y, al hacerlo, importando de vuelta la censura y la parálisis política.
Es hora de abandonar el mesianismo geopolítico y recuperar el realismo. Seguir actuando como intermediarios de una estrategia de desgaste dictada desde el otro lado del Atlántico no salvará a Ucrania, pero sí puede hundir definitivamente a Europa.







