
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Becker Márquez Bautista
Ayer me llamaron loco, hoy me llaman intelectual y pasado mañana, ¿cómo me llamarán?
Esta interrogante no nace de la duda personal, sino de la observación profunda de la hipocresía humana. En el mundo de la política y de la opinión pública, la coherencia parece ser un pecado y la adulación, una virtud. Cuando tú no dices lo que el oído acomodado quiere escuchar, cuando te atreves a incomodar con la verdad, la etiqueta más rápida y cobarde que usan para desacreditarte es la de «loco».
Sin embargo, si al día siguiente escribes o dices algo que, por justicia o coincidencia, resalta a esos mismos que ayer te crucificaron, automáticamente te conviertes en un «intelectual» brillante y un pilar que contribuye a la sociedad.
La ignorancia de los perversos
Es en este juego de doble moral donde queda al desnudo la ignorancia de los perversos. Aquellos que actúan con perversidad sufren de una ceguera voluntaria: creen, desde su arrogancia, que al cambiarte la etiqueta pueden manipular tu esencia. Su perversidad radica en querer moldear la verdad a su conveniencia, pero su profunda ignorancia no les permite entender que un hombre de principios no se define por los aplausos de turno ni se destruye por las difamaciones momentáneas.
Un día cualquiera, bajo esta misma dinámica, me tildaron de soberbio. Quien me acusó de tener soberbia jamás hizo un alto en el camino ni tuvo la madurez de cuestionarse el porqué yo, con absoluta firmeza, lo enviaba al carajo y un chin más. Prefirió escudarse en el ataque fácil antes que admitir que mi supuesta «soberbia» no era más que mi dignidad marcando un límite infranqueable frente a sus deslealtades.
El reflejo del espejo
Resulta verdaderamente penoso que la gente no evalúe tu capacidad por el peso de tus argumentos, sino por el reflejo que les devuelve el espejo en el que los obligas a mirarse. Si el espejo refleja su grandeza —aunque sea falsa o inflada— eres un genio; si el espejo refleja sus errores, sus miserias o sus traiciones, eres un desquiciado o un arrogante.
Ante esta obra de teatro de la conveniencia, me pregunto: si decido no decir nada, si un día decido abrazar el silencio absoluto, ¿cómo me llamarían entonces? Probablemente me llamarían «rendido» o «acabado». Pero lo que esos perversos ignoran es que, para quienes tenemos la visión clara, el silencio jamás es rendición; es el arma más fina para observar cómo los mediocres se destruyen a sí mismos.
El precio de no arrastrarse
No crean que me siento mal cuando intentan opacar los destellos de mi presencia y de mi nombre. No los juzgo; los comprendo. En una sociedad tan desgastada, donde habitan tantas personas con poca dignidad y con una moral muy cuestionable, a veces creen que todos somos iguales. Mantener los principios y la integridad intactos se les hace cuesta arriba, y por eso intentan demeritar a todos los que no nos arrastramos.
Arrastrarse de forma servil ante un político u otra figura de poder para conseguir un favor, un cargo o un beneficio, a través de la adulación y el alcahuetismo, es una actitud que no es digna de respeto.
La integridad y la honestidad de una persona deben cuidarse. A veces en la vida hay que cerrar algunas puertas para que se puedan abrir otras; a veces es oportuno dejar atrás el camino equivocado y reencauzar nuestras vidas.
«La lealtad es una carretera de doble vía: quien exige debe dar, y quien traiciona se debe crucificar.»







