
Por Oscar Guedez
Tras meses de expectativas y especulación, por fin llega a las salas de cine La Odisea y, más allá de los análisis históricos y cinematográficos que circulan, el poema contiene un enfoque político que Nolan no esquiva: La guerra que destruye al mundo que la justificó, convierte al vencedor en el bárbaro del mundo que la sigue.
Tal como muestra Christopher Nolan en su adaptación, en la Guerra de Troya los griegos consiguieron lo impensable. Después de diez años de asedio, una ciudad inexpugnable cayó gracias a una idea tan simple como extraordinaria: el regalo envenenado del caballo de madera.
Troya ardió hasta sus cimientos y los vencedores emprendieron el regreso, convencidos de que volverían a casa.
Pero el mundo no es estático, la vida no es estática y Homero, hace casi 3 mil años, lo sabía mejor nosotros.
La Odisea es el relato de la imposibilidad de regresar a la vida que dejamos atrás. Durante diez años más, Odiseo recorre un mundo hostil, con tempestades, monstruos, dioses furiosos y pueblos desconocidos que convierten el retorno en una empresa más difícil que la guerra misma.
La lectura tradicional atribuye esas desgracias a la voluntad de los dioses. Pero subyace una profunda reflexión política y geopolítica: las guerras no solo destruyen al derrotado; transforman el mundo entero, especialmente el del vencedor.
El patrón se repite hoy en cada conflicto activo: la guerra que se libra para defender un orden termina siendo el instrumento que lo destruye.
Al igual que sucedió con Troya, toda guerra importante modifica y sin vuelta atrás, las reglas sobre las que descansaba la seguridad de quienes la libraron. Los instrumentos empleados para derrotar al enemigo terminan alterando el equilibrio que hacía posible la paz. Y cuando esas reglas se debilitan, desaparece la seguridad de quienes decían protegerlas.
Y la historia tiene numerosos ejemplos.
Roma conquistó el Mediterráneo, pero las campañas militares que expandieron su poder concentraron riqueza, prestigio y ejércitos en manos de generales que terminaron destruyendo la República desde dentro.
Las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial derrotaron a Alemania, pero las restricciones que le impusieron en Versalles rompieron el equilibrio europeo y alimentaron un conflicto aún más devastador apenas dos décadas después.
La Segunda Guerra Mundial cambió toda la arquitectura global previa, EE.UU. emergió como arquitecto de un nuevo sistema internacional basado en instituciones, alianzas, comercio y normas relativamente estables. Durante décadas, ese orden fue una de las principales fuentes de su influencia, y más allá de su capacidad militar, muchos países consideraban que las reglas del sistema ofrecían previsibilidad y beneficios compartidos.
Pero toda hegemonía defiende las reglas mientras siente que le favorecen, cuando dejan de hacerlo, se lanza a violarlas.
En La Ilíada y La Odisea, Homero nos demuestra cuán recurrente es esto. No se trata de EE.UU., ni del imperio británico o el Otomano, fueron también la Atenas imperial, la Roma tardorrepublicana o, en el futuro, cualquier potencia que llegue a ocupar una posición semejante.
Tal como lo concebían los Incas, el tiempo parece ser cíclico y la historia repite el patrón: cuando una gran potencia empieza a considerar que las reglas son un obstáculo para preservar su predominio, termina debilitando el mismo orden que sostenía su seguridad.
Odiseo violó las Leyes de Zeus al usar la hospitalidad y la creencia religiosa de los Troyanos para infiltrarse en su territorio y destruirlos, asesinando a inocentes, destruyendo sus templos y deidades.
Por ello ganaron la guerra, pero perdieron su condición de civilizados, ese fue el “castigo de los dioses”, por eso nunca pudieron volver a casa, porque destruyeron las normas de convivencia de su mundo.
Y aquí es donde Nolan se toma la licencia de recoger algunas teorías historiográficas no confirmadas pero que tienen lógica: la confesión de que los griegos se convirtieron en los llamados Pueblos del Mar, un azote histórico que golpeó a Egipto y otras civilizaciones de su época.
Aunque Homero no relaciona aquellos dos fenómenos, ese tal vez sea su señalamiento menos directo, pero más duro de aceptar: ninguna victoria militar deja intacto el mundo que la hizo posible, Y el vencedor que destruye ese mundo, tarde o temprano, se destruye a sí mismo.





