
Berlín busca alternativas para mejorar un sistema de seguridad deteriorado, para lo que planea invertir cerca de 10.000 millones de euros hasta 2029
Finlandia se ha convertido en los últimos meses en una parada casi obligatoria para algunos responsables políticos alemanes que buscan entender cómo funciona una estructura de protección civil que Alemania dejó desaparecer tras la Guerra Fría. A comienzos de mayo fue el presidente federal Frank-Walter Steinmeier quien viajó al país nórdico para visitar refugios subterráneos y centros de emergencia, la semana pasada lo hicieron también tres ministros regionales del Partido Socialdemócrata, conscientes de que el debate sobre la defensa civil ha dejado de pertenecer únicamente al ámbito militar para empezar a instalarse poco a poco en la vida cotidiana alemana. Finlandia, que comparte más de 1.300 kilómetros de frontera con Rusia, se ha convertido así en una referencia incómoda para una Alemania que durante décadas dio por descontada su estabilidad estratégica y que ahora vuelve a hablar de búnkeres, reservas de emergencia o camas de campaña.
Las cifras reflejan hasta qué punto el sistema alemán quedó abandonado tras la caída del telón de acero. Durante aquellos años existían en Alemania cerca de 2.000 refugios de protección civil, hoy apenas quedan 580 instlaciones con capacidad para unas 480.000 personas, aunque la propia Oficina Federal de Protección Civil y Ayuda en Catástrofes reconoce que muchos de ellos ya no están operativos ni mucho menos preparados para ser utilizados en caso de emergencia. Como muestra, algunos barrios de Berlín donde todavía en su subsuelo sobreviven restos de esas infraestructuras.
Un pacto de protección civil
En Wedding, por ejemplo, basta bajar unas escaleras para encontrarse con literas metálicas, antiguos sistemas de ventilación y puertas blindadas que remiten más a la lógica de la Guerra Fría que a la vida cotidiana de la principal economía europea. Durante años, esos espacios quedaron reducidos a museos o recuerdos de otro tiempo. Ahora vuelven a entrar en los planes de seguridad del Gobierno germano en un giro que se aceleró en los últimos meses y que refleja hasta qué punto la guerra de Ucrania, las tensiones con Rusia o el temor a ataques híbridos han modificado la percepción de vulnerabilidad en Alemania.
En este aspecto, el ministro federal del Interior, Alexander Dobrindt, llevará este miércoles al Consejo de Ministros un amplio paquete destinado a reforzar la protección civil y la capacidad de respuesta del país ante ataques, sabotajes o grandes catástrofes. «Estamos rearmándonos en protección y defensa civil», declaró el político, que ya el año pasado anunció un «Pacto para la protección civil».
10.000 millones de euros hasta 2029
Ahora el proyecto empieza a tomar forma y el ejecutivo prevé invertir hasta 2029 cerca de 10.000 millones de euros para la compra de mil nuevos vehículos especializados, 110.000 camas de campaña o la creación de una nueva unidad de coordinación con la Bundeswehr, el ejército federal, para enfrentar situaciones de crisis. Ese giro coincide además con el discurso impulsado por el canciller Friedrich Merz, que sostiene que Alemania se acostumbró demasiado rápido a considerar la seguridad como algo garantizado y que ahora debe recuperar mecanismos de protección olvidados durante décadas.
Más allá de las cifras, el debate está modificando algo más profundo que la simple planificación administrativa. Alemania vuelve a discutir cómo reaccionaría la población ante un gran apagón, un sabotaje a infraestructuras críticas o un ataque militar sobre territorio europeo. El problema es que el país llega tarde a esa conversación. Mientras en Finlandia o en Suecia la preparación ante escenarios de crisis forma parte de la normalidad cotidiana desde hace años, en Alemania hablar de reservas de agua o de provisiones todavía genera incomodidad en parte de la población.
«Aquí todavía te miran raro si recomiendas almacenar víveres», advertía recientemente el experto en infraestructuras críticas, Manuel Atug, a la prensa alemana. El cambio resulta especialmente visible en Berlín. La asociación «Berliner Unterwelten», dedicada a preservar antiguos refugios subterráneos de la ciudad, ha decidido modificar incluso sus estatutos para participar activamente en tareas de protección civil. Sus responsables traabaja ya en la rehabilitación de algunos búnkeres y han comenzado a almacenar agua, sillas o material básico de emergencia.
Al mismo tiempo, municipios y autoridades regionales siguen esperando directrices claras del Gobierno sobre qué espacios podrían utilizarse como refugios y bajo qué estándares deberían acondicionarse. Garajes subterráneos, estaciones de metro o sótanos públicos forman parte de las opciones que se estudian, aunque muchas administraciones reconocen que todavía no saben exactamente cómo deberían funcionar esos espacios en caso de emergencia real. El debate refleja además un cambio generacional y psicológico mucho más amplio.
Buena parte de los alemanes más jóvenes crecieron en un país donde la guerra pertenecía al pasado familiar o a conflictos retransmitidos por televisión. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania y el deterioro general de la seguridad internacional han ido erosionando esa percepción con rapidez y ahora el país está redescubriendo una cultura de seguridad que durante décadas permaneció prácticamente enterrada junto a muchos de sus antiguos refugios antiaéreos.
Fuente: La Rzón







