
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Becker Márquez Bautista
La sociedad contemporánea se encuentra en una encrucijada moral y analítica. Es necesario e urgente que realicemos una autocrítica profunda sobre el rumbo que hemos tomado. Si permitimos que la inmediatez siga siendo nuestro único norte, el hundimiento será inevitable. Hoy, la velocidad de un clic ha sustituido a la profundidad del pensamiento; en ese vacío, la mediocridad y el engaño han encontrado su hábitat perfecto.
La manipulación como política de Estado
Los gobernantes actuales han aprendido a capitalizar la inmediatez de las redes sociales para diseminar cifras manipuladas y percepciones prefabricadas de aceptación. Se utiliza el algoritmo para confundir a la ciudadanía, creando una realidad paralela donde el marketing pesa más que la gestión de soluciones reales.
Un ejemplo alarmante es lo que ocurre en la República Dominicana. El caso de SeNaSa representa uno de los desfalcos más graves en la historia reciente, ocurrido bajo la administración de Luis Abinader y el PRM. Sin embargo, la maquinaria de manipulación es tan efectiva que, pocos días después de revelarse tales irregularidades, el gobierno fue premiado internacionalmente por su supuesta «lucha anticorrupción». Es la cúspide del cinismo: ¿cómo puede catalogarse como lucha contra la corrupción el permitir el saqueo de los recursos destinados a la salud del pueblo?
El doble rasero: Censura y enaltecimiento
Resulta paradójico observar cómo las élites en el poder se quejan de las redes sociales mientras las utilizan como su principal herramienta de manipulación. Promueven leyes para limitar la libre expresión bajo el pretexto de regularlas, pero simultáneamente financian encuestas de aprobación diseñadas para enaltecer la figura del presidente por encima del globo terráqueo.
Intentan vender la imagen de un «perínclito varón» de la isla, un ser mesiánico que supuestamente lo hace todo bien, elevándolo por encima del bien y del mal mientras la realidad de la calle cuenta una historia muy distinta.
Premiar al engaño, castigar al talento
Vivimos en una inversión de valores donde se premia la mentira que vende sueños falsos, mientras que la sinceridad es estigmatizada como «falta de tacto» o «mala educación». En este entorno, la mediocridad es condecorada y el talento es castigado. Se censuran las mentes pensantes cuando sus ideas amenazan las estructuras de poder establecidas.
En la gestión pública, la falta de transparencia ha creado un ecosistema donde la deshonestidad se recompensa con cargos y fondos públicos, mientras que las voces honestas y coherentes son sistemáticamente marginadas o atacadas por el aparato estatal.
El escenario de la fantochería digital
La inmediatez digital sirve de plataforma para la fantochería. Se vende una imagen de éxito y pulcritud que es absolutamente ajena a la realidad operativa del país. Esta búsqueda constante de validación y gratificación instantánea a través de «me gusta» ha generado una adicción social a la apariencia.
Esta dinámica no es inocua; tiene consecuencias devastadoras para el tejido social:
Fatiga psicológica: La desconexión entre la perfección de la pantalla y la precariedad de la vida diaria genera una crisis de confianza profunda.
Salud mental en riesgo: El uso excesivo de estas plataformas está disparando los índices de depresión, ansiedad e insomnio, alimentado por la comparación constante.
Aislamiento: Paradójicamente, en la era de la hiperconectividad, los ciudadanos se sienten más solos que nunca.
No podemos permitir que la «fantasía digital» oculte la realidad institucional. La lucha contra la corrupción no se mide con galardones comprados o publicidad pagada, sino con la integridad en el manejo de los fondos de salud y el bienestar real del ciudadano. Es hora de abandonar la inmediatez vacía y regresar a los valores de la transparencia, el mérito y la verdad. Una sociedad que premia al fantoche y endiosa a sus gobernantes está condenada a ser devorada por su propia mentira.








