
LA RAZÓN viaja a Jmelnitski, clave en la «guerra energética» contra Rusia. «No queremos que las muertes sean en vano», dicen sus habitantes
Unos 300.000 habitantes viven en la ciudad de Jmelnitski, a solo 100 kilómetros de una de las tres centrales nucleares bajo control ucraniano. Si esta planta genera electricidad y si puede transferirse a las grandes ciudades determinará el resultado de la guerra energética que Rusia libra contra Ucrania, mientras Moscú busca aislar las infraestructuras vitales y hacer imposible la vida en las ciudades.
Los vecinos temen lo que se avecina, pues un apagón puede durar días si Rusia tiene éxito. Sin embargo, también hay esperanza –nacida en parte de la falta de alternativas que deja una Rusia que elige la guerra en lugar de la paz– de que se pueda evitar lo peor y que un invierno amargo de cortes de luz no someta al país.
«Es incomprensible que tengamos que pensar en cómo vivir sin electricidad en el siglo XXI y cómo criar a nuestros hijos en estas condiciones», dice Stepan Kushnir, un emprendedor dinámico del sector de las renovables y padre de un niño pequeño.

Cuenta que la guerra ha acelerado la transformación del engorroso sistema energético heredado de la época soviética, mientras empresas, autoridades locales y consumidores reducen su consumo e invierten en proyectos que utilizan biomateriales para la producción de electricidad y calor.
Una red de generadores modernos garantiza que un sistema de calefacción, que depende de quemar grandes cantidades de gas de forma centralizada para calentar el agua que se transporta a los radiadores de los edificios de viviendas, pueda funcionar incluso sin electricidad.
Sin embargo, algunos cambios requieren tiempo y las grandes ciudades, en especial, van a notar los efectos de los ataques rusos contra las grandes instalaciones energéticas que abastecen a cientos de miles de personas.
El pasado invierno, Kushnir sobrellevó los largos cortes de luz con la ayuda de un powerbank que alimentaba el portátil que utilizaba para trabajar y para poner dibujos animados a su hijo. La temperatura era de 15 grados, no tan baja, cuenta.
«Lo que se avecina no puede no asustarnos. Pero esperamos poder sobrevivir al invierno, también con la ayuda de nuestros amigos extranjeros», subrayó.
«Si la gente sobrevive a los ataques diarios de Rusia en las zonas donde no queda ningún edificio intacto, entonces los residentes de las ciudades de la retaguardia de algún modo aguantarán», dice Aliona, una mujer de unos 50 años que escapó de la zona del frente en la región parcialmente ocupada de Jersón junto con su hija.
Aliona es maestra y sigue impartiendo clases en línea con los alumnos de su escuela en la localidad del frente, que se han dispersado por el país y por el mundo.
Sobrevivió a la ocupación y fue testigo de los robos y la crueldad cometidos por los soldados rusos.
Aunque está lejos de su casa, se mantiene optimista y agradecida por vivir en libertad. Al mismo tiempo, su experiencia le dice que Rusia no querrá ni respetará ningún acuerdo con Ucrania: «No nos consideran, a los ucranianos, seres humanos».
Un sacerdote al frente
«Rusia quiere sembrar el pánico y hacernos rendir», afirma el sacerdote católico Mikola Luchinski, responsable de la parroquia más grande de Ucrania. Luchinski viste un uniforme de estilo militar, ya que también viaja con regularidad al frente, tanto para entregar ayuda diversa como apoyo espiritual.
En una pequeña habitación del sótano de la iglesia, filas de fotografías de soldados cuelgan de la pared, junto con las banderas de diversas unidades y dibujos infantiles que suelen decorar los refugios del frente.

MIkola permanece disponible las 24 horas para recibir peticiones de oración desde el frente. Muchos soldados son hombres maduros, de más edad, dice, y muchos voluntarios han muerto o resultaron heridos en combate. A pesar del cansancio, siguen haciendo su trabajo porque saben que Rusia avanzará todo lo que pueda.
«En este momento, nuestras fuerzas vuelven a avanzar en partes del frente. No podemos detenernos ahora», subraya, y señala que los civiles no tienen derecho a ceder cuando las cosas se ponen más difíciles lejos del frente.
Una viuda y madre
«Rendirse ahora significaría que mi marido murió en vano», dice una mujer elegantemente vestida, Tamara Yanina. Tiene 37 años, cría a un niño de 7 y muestra un gran mural en un moderno edificio residencial que representa a un hombre sonriente con uniforme militar.
«Este es Oleksi. Estaba de vacaciones varios días antes de que comenzara la invasión. Tras llegar a Mariupol, se unió inmediatamente al combate», relata la viuda. Sitiados, pero no abatidos, los soldados ucranianos causaron elevadas bajas a Rusia en la ciudad sureña en 2022 y ganaron un tiempo valioso para el resto del ejército ucraniano. Sin embargo, durante un desplazamiento en barca, Oleksi y sus compañeros de armas murieron por el impacto directo de un lanzagranadas.
«Quiero que la gente recuerde lo que hicieron Oleksi y otros como él por nosotros», subraya Tamara.
Recuerda el frío glacial en su piso durante los largos cortes de luz del pasado invierno. Pero se prepara para afrontar los nuevos y espera que los socios extranjeros intensifiquen su apoyo a Ucrania.
«Mi marido luchó para que nuestro hijo pudiera crecer en un país libre, pudiera aprender su historia y su idioma», subraya mientras el hombre sonriente del mural sigue velando por una ciudad bulliciosa que se prepara para afrontar otra ronda más de su lucha por la existencia.
FUERNTE: La Razón







