
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Marisela Gutiérrez
Es difícil aceptarlo, pero esa es la realidad que vivimos día tras día.
Durante tres días consecutivos asistí al Banco de Reservas para solicitar un servicio. En dos sucursales me informaron que no lo ofrecían y me remitieron a la oficina principal de la calle Del Sol, en Santiago.
Luego de perder tiempo haciendo una larga fila, la respuesta fue aún más sorprendente: la persona que ofrece ese servicio no trabaja los sábados, por lo que debía regresar de lunes a viernes.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede un banco del Estado dominicano depender de un solo empleado para ofrecer un servicio a sus usuarios?
No se trata únicamente del tiempo perdido. También están los gastos de transporte, las horas que cada ciudadano deja de dedicar a su trabajo o a su familia y la frustración de salir sin una solución.
Lo más preocupante fue ver una larga fila de personas buscando el mismo servicio y todas recibiendo exactamente la misma respuesta. Todos nos fuimos con las manos vacías, después de haber invertido tiempo y dinero.
Las instituciones públicas están llamadas a garantizar continuidad y eficiencia en la atención. Un servicio no puede paralizarse por la ausencia de un solo empleado. Quien paga las consecuencias es el ciudadano, que merece respeto, planificación y una atención digna.






