
Por Oscar Guedez
Quien observe a Irán únicamente desde la perspectiva del país gobernado por un régimen islámico caracterizado por sus clérigos, sus consignas religiosas, y su retórica antiestadounidense, corre el riesgo de no ver a la nación que tiene delante
Irán no es solo un territorio de un millón 700 mil kilómetros cuadrados con 93 millones de habitantes, menos aún es sólo un Estado Nación más en el tablero regional de Medio Oriente.
Irán es una civilización activa, con una memoria histórica continua, una identidad nacional densamente cohesionada por valores que van más allá de la etnicidad, la lengua o la historia patria, la nación iraní cuenta con formas de organización social que desafían la lógica del poder vertical con la que solemos interpretar el mundo.

Ese error de lectura no es menor y explica, en buena medida, por qué Estados Unidos desperdició oportunidades clave para frenar el desarrollo nuclear iraní; por qué hoy está empujando a Teherán hacia una posición aún más radicalizada y con mayor ejercicio de su poder geopolítico regional y global; por qué la actual confrontación con Israel va más allá de reordenar al Medio Oriente y acelera, ojalá sea para bien, el colapso del sistema internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Para entender lo que está en juego, hay que empezar por entender la sociedad iraní.
LO PÚBLICO Y LO PRIVADO
Irán es una sociedad que vive a diario en dos registros simultáneos. El espacio público está codificado por la ideología oficial del Estado islamista y las normas morales de conducta, vestimenta y segregación de sexo o género.
Nada de ropa corta para hombres ni mujeres; nada de contacto físico intersexual en público (ni siquiera estrechar la mano en un saludo); cumplimiento del uso del “rusarí”, como se llama el hijab iraní y el “mantú”, la camisa o chaqueta que debe usar la mujer siempre para cubrirse por encima de la blusa y casi hasta las rodillas; entre otras.

El espacio privado, en cambio, es sorprendentemente libre, pragmático, moderno y en muchos casos es bastante secular. Incluso, las personas se permiten acercamientos menos rígidos de los que se producen en público.
De hecho, el ciudadano iraní ha desarrollado múltiples maneras de disfrutar en privado de “las libertades” naturales de las que se priva en público.
- Conexiones VPN: dado que la mayoría de los sitios en internet y servicios de redes sociales están bloqueados por el gobierno, la gran mayoría de las personas (por no decir todos) cuentan con servicios de VPN para acceder a esos servicios. De hecho, la sociedad iraní es mayoritariamente joven, la edad promedio de la población es de 34,6 años y la tasa de alfabetización ronda el 96%, por lo que se trata de un país cuya población se mantiene formada e informada.
- Vestimenta: Culturalmente, la sociedad iraní suele ser mayoritariamente pudorosa, por lo que pesa menos la imposición de las normas de vestimenta. Además, la mayor parte del tiempo existen márgenes de tolerancia ante el uso de sandalias en las mujeres, maquillaje cargado, rusarís (hijabs) que dejan ver prácticamente todo el cabello, mangas a 3 cuartos en los brazos y mantús abiertos que no esconden la figura y se convierten en nuevas piezas para resaltar la femineidad.
- Derechos de la Mujer: Persisten grandes desafíos en torno a este tema, por ejemplo, lo referente al código de vestimenta iraní, el derecho al divorcio, la libertad de viajar fuera del país o la custodia sobre los hijos, temas en los que el hombre tiene excesivo poder (como toda sociedad patriarcal con gobierno teocrático). Sin embargo, lasmujeres iraníes ocupan cerca del 70% de las plazas universitarias en el país, y más del 70% de los estudiantes de las carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) son mujeres.
Segregación: Aunque en la vida privada suelen producirse acercamientos personales que van más allá de lo “correcto” a nivel público, llegando incluso a superarse barreras y tabúes muy profundos. Sin embargo, la segregación sexual o de género, sí limita las habilidades sociales de los jóvenes y adolescentes con el sexo opuesto, y genera diversas distorsiones en torno a la sexualidad de las personas jóvenes.
GOBERNANZA EN RED

Queda claro que persisten desafíos en la vida pública, pero muchos de ellos son compensados por la acción individual y privada de los ciudadanos. Lejos de lo que podemos pensar quienes estamos acostumbrados a ver las sociedades de manera más transparente y predecible, esta dualidad no es esquizofrenia política ni simple hipocresía social masiva.
La civilización persa se ha desarrollado en la región geográfica de la meseta iraní, desde el año 550 A.C. aproximadamente, aunque existen registros de la existencia de su etnia en pequeñas aldeas nómadas desde mucho antes, aproximadamente desde el siglo IX antes de cristo.
A lo largo de la historia, los persas han enfrentado invasiones y ataques de muchas otras civilizaciones, con las que han tenido que convivir de un modo u otro. Árabes, mongoles, turcos, rusos, británicos, griegos y otras civilizaciones les han hecho la guerra, los han invadido, les han impuesto bloqueos comerciales y han intentado subyugarlos.
Pero siempre los persas lograron preservar su cultura y su esencia como civilización, más allá de las presiones externas e incluso, de las derrotas militares.
Desde los tiempos del Imperio Persa Aqueménida, liderado por Darío I, los persas lograron desarrollar una burocracia estatal avanzada que le permitió controlar el amplio territorio de aquel reino, con gobernadores o Sátrapas, que recaudaban impuestos, administraban justicia y mantenían el orden interno, y aunque tenían autonomía, estaban adscritos y eran supervisados por el rey.
Los inspectores imperiales, que eran “los ojos y oídos del rey”, se aseguraban de que los Sátrapas no sacaran provecho personal de los impuestos recaudados ni acumularan demasiada fuerza militar para amenazar al monarca. También eran sometidos a auditorías periódicamente para asegurar el manejo impecable de los fondos, algo que, para la época, era sumamente novedoso.
Además, se estableció un lenguaje administrativo único, en arameo, para armonizar la comunicación y registro de la gestión pública de un reino multilenguaje, en el que además se respetaban y toleraban las religiones locales para asegurar la estabilidad interna del imperio, otra rareza incluso para reinos y estados mucho más recientes que el Aqueménida.
Por eso, en medio de los vaivenes de la historia, la República Islámica de Irán instaurada en 1979 bajo el liderazgo de Ruhollah Jomeini es uno más de los muchos sistemas de gobierno autóctono que ha regido la vida de los persas en la meseta iraní, pero que ha heredado todo el caudal cultural de su civilización.
Entre toda esa herencia cultural está el complejo sistema de cortesías llamado Tarof, un pilar fundamental de la hospitalidad y la jerarquía social iraní que se basa en una cortesía que llega a ser excesiva para cualquier occidental y que en muchas ocasiones lleva a expresar ideas y emociones de manera exagerada y que sólo los iraníes pueden entender en su justa dimensión.
Estos elementos hacen intuir el por qué el gobierno iraní ha resistido ataques dirigidos contra su cúpula política y militar durante tantos años, incluso cuando han sufrido fuertes conmociones.
Por ejemplo, el 30 de agosto de 1981, apenas 2 años después de la Revolución Islámica, Mohammad-Ali Rajai fue asesinado en un atentado con bomba en su oficina, solo un mes después de asumir la presidencia iraní. En el ataque también murió el que debía ser su sucesor en el cargo, Amir-Abbas Hoveyda.
Este suceso ocurrió en plena guerra Irán – Irak, y aunque causó conmoción, no resquebrajó ni debilitó la unidad y la resistencia iraní, cómo no lo hizo la muerte del Líder Supremo Alí Jamenei el pasado 28 de febrero por los ataques de Estados Unidos e Israel.
Esa resiliencia del aparato gubernamental, que es lo que sostiene la estabilidad política del país, se explica porque la estructura del gobierno islamista iraní, al igual que sus antepasados aqueménidas, también desarrolló un sistema burocrático fuera de lo común y no se trata de un “régimen” vertical donde uno o dos superpoderosos deciden el destino de una nación de 92 millones de habitantes.
La cúpula gubernamental iraní es una red de instituciones mayoritariamente colegiadas, interconectadas, interdependientes e Intercontroladas las unas por las otras.
- El Líder Supremo: Es la máxima autoridad política y religiosa del país, el Jefe de Estado; tiene el control total sobre las fuerzas armadas y la política exterior.
- El Presidente: es jefe del Poder Ejecutivo, se encarga de la administración diaria y la economía nacional, aunque está subordinado a las decisiones del Líder Supremo. Nombra a los ministros que deben ser aprobados por el Parlamento (Mayilis).
- La Asamblea Consultiva Islámica (Parlamento o Mayilis): Es el órgano legislativo que redacta leyes y aprueba tratados, sus 290 miembros son elegidos por voto popular cada cuatro años.
- Consejo de Guardianes: Supervisa que las leyes y aprueba o veta a los candidatos a puestos de elección popular para asegurar que cumplan con la Constitución e interpretación islámica, además tiene poder de veto sobre el Parlamento. Está compuesto por 12 miembros, 6 de ellos elegidos por el Poder Judicial y los otros 6 por el Líder Supremo.
- Asamblea de Expertos: Es el grupo de 88 clérigos encargados de elegir, supervisar y, en caso de ser necesario, destituir al Líder Supremo si no cumple sus funciones. Sus miembros son elegidos por voto popular cada 8 años una vez que los candidatos son aprobados por el Consejo de Guardianes.
- Consejo de Discernimiento: Está compuesto por 36 miembros nombrados por el Líder Supremo, de quien son asesores. Su principal función es actuar como mediador en disputas entre el Parlamento y el Consejo de Guardianes.
- Poder Judicial: Administra la justicia basándose en la constitución y las leyes, todas nacidas a partir de los preceptos de la ley islámica; su jefe es nombrado directamente por el Líder Supremo y supervisa todo el sistema legal y los tribunales revolucionarios.
- Comandantes de las Fuerzas Armadas: Lideran tanto el Ejército regular como la Guardia Revolucionaria (CGRI); responden ante el Líder Supremo.

Este sistema de gobierno en red hace imposible “decapitar al régimen” como dice haberse propuesto hacer el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya que se trata de un sistema de cabezas múltiples, desarrollado y madurado por más de 3,500 años de historia.
Porque en Irán, la obediencia formal no implica sumisión absoluta, y por tanto, cada persona mitiga y disipa la sensación de opresión viviendo su vida personal con la libertad que su propia moral le dicta con muy pocas restricciones.
De hecho, la toma de decisiones reales en el ámbito político – económico suele formarse en espacios de convivencia y de colectividad para asegurar el equilibrio, a veces esa toma de decisiones se distribuye en capas: el clero, la Guardia Revolucionaria, los gremios empresariales, tecnócratas, redes académicas, familias extensas, gremios profesionales y estructuras locales.
El resultado es una toma de decisión sin sobresaltos por el compromiso de la zona central del tejido social, donde cada nodo tiene margen de acción propio incluso cuando reconoce una autoridad superior. Este es un modelo que no deja de desconcertar a los analistas occidentales porque no responde al esquema piramidal clásico del Estado-nación moderno ni a la verticalidad esperable de un sistema teocrático ni dictatorial, como suele ser descrito en occidente el modelo iraní.
ORGULLO NACIONAL

Distinto a la narrativa que suelen vendernos acerca de un nacionalismo iraní de reciente data, construido desde el sentimiento antiestadounidense que alienta el gobierno de la Revolución Islámica desde 1979, el nacionalismo iraní es el mismo sentimiento de orgullo civilizatorio persa.
Porque pese a las guerras, asedios y demás conflictos vividos en las distintas épocas, Persia es una de las pocas grandes culturas que jamás fue colonizada en el sentido clásico. Conquistada, sí; dominada culturalmente, no. Ni los macedonios de Alejandro Magno, ni los árabes, ni los mongoles, ni los turcos lograron borrar su lengua, su memoria cultural, su identidad histórica ni su orgullo étnico como civilización.
Ese orgullo es un elemento cohesionador profundo, transversal a clases sociales, ideologías y religiones. Por eso, cada agresión externa tiende a producir el mismo efecto: cierre de filas nacional, incluso entre los sectores más críticos al gobierno, o al régimen como suele llamársele en occidente.
Y aunque Irán no es una nación 100% persa, porque es multiétnica y multi religiosa, la vieja práctica persa de respetar las religiones y culturas internas facilita la integración de todos los sectores sociales a ese sentimiento nacionalista iraní.
La diversidad étnica iraní es bastante interesante, pues la sociedad está compuesta por:
- Persas: +60%
- Azeríes: 16%
- Kurdos: 10%
- Luros: 6%
- Árabes: 2%
- Turcómanos: 2%
- Baluchíes: 1%
- Asirios, Armenios, Georgianos, etc.:1%
Y en cuanto a religiones hay:
- Musulmanes: 99,4%
- Chiitas 89%
- Sunitas 11%
- Cristianos: 0,2%
- Judíos: 0,2%
- Zoroastristas:
A todas estas culturas y religiones se les respetan sus costumbres y modos de vida, incluso aquellas como la preparación e ingesta de vino (el alcohol está prohibido en todo el país); o la importación de carne de cerdo, que no es común en los países musulmanes.
Es aquí donde los hijos y nietos de Reza Pahlavi cometen el error estratégico de intentar capitalizar un conflicto con Estados Unidos e Israel presentándose como alternativa política desde el exterior, con el respaldo explícito de potencias extranjeras y chocando frontalmente con la cultura política iraní.
Porque visto así, su llegada al país no representaría una modernización o una apertura a las potencias occidentales, sino que sería percibida, directamente, como una subordinación colonial.
De hecho, la monarquía de Reza Shah (Sha de Irán entre 1925 – 1941) y, especialmente, Mohammad Reza Pahlavi (1953 – 1979), son percibidos en la memoria colectiva como gobernantes que operaron bajo tutela británica el primero y estadounidense el segundo.
Esto, en una civilización que nunca ha aceptado ser colonia, constituye una “pecado” histórico difícil de perdonar. Así, cualquier figura que aparezca asociada a intereses extranjeros será vista no como liberadora, sino como instrumento al servicio de poderes foráneos y será, por tanto, rechazada mayoritariamente en irán.
ERROR ESTRATÉGICO DE EE.UU.

Estados Unidos tuvo oportunidades reales de evitar el desarrollo nuclear iraní. El acuerdo de 2015 no era perfecto, pero funcionaba y estaba siendo cumplido por Irán, incluso antes de recibir lo comprometido por EE.UU.: se reducía el enriquecimiento de uranio, se imponían inspecciones intrusivas y se alargaban los tiempos de ruptura.
Washington decidió romperlo no por fallas técnicas ni por incumplimiento iraní, sino por cálculos ideológicos y presión política interna y externa, especialmente de Israel. Desde entonces, la política hacia Irán ha sido una sucesión de sanciones, golpes simbólicos y demostraciones de fuerza que produjeron el efecto contrario al buscado.
Hoy, Irán es:
- Más autosuficiente económicamente que hace una década
- Está más integrado militarmente en la región
- Es más consciente de que solo la disuasión dura garantiza su supervivencia, y eso podría catalizar su programa nuclear hacia el desarrollo militar.
- Tiene calibrada el arma económica de Ormuz para presionar a la comunidad internacional.
Al golpear su territorio y su liderazgo, EE. UU. e Israel han enviado un mensaje peligroso que puede cambiar la conducta de las potencias medias de todo el mundo: la contención diplomática no garantiza su seguridad si no están preparados para responder por la vía militar. En ese contexto, el incentivo para que el programa nuclear iraní cruce definitivamente la línea hacia la militarización aumenta, y, paradójicamente, la “línea roja” que Occidente intentó evitar durante treinta años se acerca cada vez que se abandona la diplomacia.
RECONFIGURACIÓN REGIONAL
El conflicto EE.UU.–Israel vs. Irán es una confrontación estructural entre dos modelos de orden, uno basado en la superioridad militar y la coerción financiera, versus el modelo basado en la resistencia, el control de rutas estratégicas (Ormuz y Bab el-Mandeb) el poder distribuido en redes, y la disuasión militar escalonada.
Independientemente del desenlace inmediato, esta guerra reordenará las fuerzas en Medio Oriente. Irán ya ha demostrado capacidad para poner en jaque los nodos logísticos globales; amenazar a todo su vecindario y sus infraestructuras vitales; condicionar la economía global; y forzar a las grandes potencias a reaccionar en sus términos.
Incluso una derrota táctica iraní no implicaría una derrota estratégica. Su estructura interna y externa en red le permite absorber los golpes y adaptarse a largo plazo. Es un modelo mucho más resiliente que los Estados centralizados que Occidente está acostumbrado a enfrentar.
Además, el público occidental coloca la vara muy alta ante una guerra protagonizada por Estados Unidos y espera verle aplastar a cualquier enemigo, pero la sola resistencia de Irán y su capacidad de responder en tantos frentes y de manera tan sólida tienden a generar conflictos internos en EE.UU., contrario a lo que ocurre desde la visión de resistencia nacionalista iraní.
NECESARIA REFORMA DE LA ONU

Este conflicto vuelve a exponer una verdad incómoda: el Consejo de Seguridad de la ONU es estructuralmente disfuncional, pues no sólo refleja el equilibrio de poder de 1945, sino que siempre ha estado al servicio de los intereses de las potencias mundiales, y en el contexto geopolítico actual, las fricciones entre esas potencias hacen que sea imposible ponerles freno o siquiera pretender su autocontención.
Potencias regionales como Irán, India, Brasil, o Turquía no tienen capacidad de influir en las decisiones de seguridad de sus regiones, mientras los Estados dominantes, algunos con poder decreciente, conservan el veto absoluto y brindan protección a sus Estados satélite.
El resultado es una parálisis absoluta de la comunidad internacional, que no logra resolver las guerras ni sancionar prácticamente a ninguna nación, por dañinas y horrendas que sean sus acciones.
Si este conflicto escala o deja secuelas de seguridad duraderas, la presión por reformar el sistema multilateral seguirá aumentando y así debe ser, porque la alternativa a la reforma de la ONU puede ser la irrelevancia definitiva de una organización que ha sido la cúspide de la civilización.
DESENLACE ABIERTO
Esta guerra ha derribado mitos por doquier, uno de ellos ha sido demostrar que Irán no es un actor irracional ni suicida. Es una civilización paciente, con raíces históricas profundas y una gobernanza interna novedosa para el mundo occidental.
Cualquier escenario de salida a la crisis, desde la negociación forzada hasta la escalada regional prolongada, seguirá reforzando la actual tendencia global de dejar atrás el orden unipolar surgido tras la caída del Bloque Soviético y avanzar hacia una multipolaridad global inestable, con potencias regionales fuertes y árbitros globales debilitados, salvo China, que cada día se posiciona más como potencia económica global.
Occidente comete un error recurrente al subestimar a Persia. No aprende de su historia, ni de su cultura, ni de su forma de hacer política. Mientras siga mirándola como un Estado más y no como una civilización que piensa y gobierna distinto seguirá tomando decisiones tácticamente contundentes y estratégicamente equivocadas. Porque como ya demostraron Vietnam y Afganistán, es posible que una nación, en este caso Irán pierda batallas, pero para las civilizaciones orientales, la guerra es una lucha de largo plazo que no se termina por la vía militar.






